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jueves, 21 de abril de 2016

Hermann Broch por Salvador Mendiola

 Mil novecientos ochenta. ¿Por qué tienes que hacer poesía? Para bajar de la luna e instalarnos en la luna, quizá.

En alemán, ese idioma que igual se ha prestado para hacer filosofía que para elaborar discursos hitlerianos, la palabra Dichter designa, confunde al poeta con el pensador. Así, la escritura del poeta (Dichter) es aquella que nos habla del mundo tal como no ha sido, tal como lo desea quien, sin dudar, accede por el sentido de la posibilidad al grado supremo del hombre sensible (según lo indicara Friedrich Leopold Freiherr von Hardenberg —Novalis). Y Hanna Arendt, en su digno ensayo acerca de Hermann Broch, nos advierte que éste fue poeta a pesar suyo.

¿Quién es poeta por su propio gusto?

Broch, nacido en Viena (la de Freud, Musil y Kraus, entre otros), en el seno de una acomodada familia de origen hebreo, vivirá, padecerá, intentará comprender, superar la paradoja de ser un pensador y un poeta. Dedicado a la literatura, la filosofía, las matemáticas y la psicología, Hermann Broch encarna al hombre de nuestro siglo; el hombre que, enfrentado a la totalidad del Ser, elige la poesía (metáfora, significancia, lucha y unión de los contrarios), la obra de arte como continente esencial del infinito y la nada; pero que, a un mismo tiempo y por el mismo deseo, recurre (quizá por temor a la posibilidad) a la ciencia (esencia del Absoluto productivo del capitalismo) como medio para transformar lo real. Es decir, Broch —escindido por el siglo— le pedirá a la ciencia lo que sólo la poesía puede dar, y dudará de la poesía porque no es capaz de superar las improbabilidades de lo científico.

Al contrario de los románticos del siglo xix (sus hermanos, sus prójimos), Broch conocerá la fuerza, el poder del déspota totalitario (llámese Dios, Hitler, Stalin, los Aliados o lo que sea); padecerá la violencia de la guerra como modo de reproducir la angustia, el temor del Amo, lo que el Poder produce para subsistir; o sea, para erigir al Estado por encima de los cuerpos, el Leviatán burgués no dudará ante la masacre. Porque Leviatán mira a la cara a los más altos, es rey de todos los hijos del orgullo (Job. 41, 26).

Hermann Broch, como el justo, sufrirá cárceles y persecuciones, vivirá la agonía del exilio, la certidumbre de que este mundo (como es) no es para el hombre sino para quien derrama la sangre del hombre. Y su respuesta, su voz, se moverá —indecisa— entre el silencio y la verdad; pues desea llegar a ese punto donde las palabras ya no son los puentes sino la meta, el punto final, la emancipación de los hombres. Viejo sueño romántico: hacer que las voces regresen a la Voz, llegar al lugar donde decir Yo es decir Nadie y es decir Todos. Voces que se levantan contra la mano del verdugo; el poema como anhelo de “conversión”, propósito de enmienda, puerta que el hombre abre para negar esa ausencia llamada Dios y afirmar la presencia de quien lo inventa, o la desesperanza de ser yo quien funda la imagen y la semejanza.

Ya lo dijo Cortázar, Broch, como Musil y Lezama, no puede ser popular, no puede estar en manos de todos porque hay manos manchadas de sangre; no todos son inocentes, no todos están libres de culpa. Por eso Villaurrutia (ese famélico Goethe de nuestra post-revolución) exigía, suplicaba que lo del “pueblo” fuese sólo para unos cuantos. Lo cual me parece justo, a condición de que “unos cuantos” sean todos los justos; y esto ocurrirá el día en que el corazón y la cabeza hagan cierta la posibilidad de ser libres para la libertad.

Voces es un largo poema dividido en tres partes (1913, 1923 y 1933), escrito por Broch para que sirva de contrapunto a su novela Die Schuldlosen (Los Inocentes), publicada en 1954.

Novela del desengaño, Los Inocentes marca el retorno de Broch a la poesía; es el gesto desesperado de quien, habiendo renegado de su condición de poeta, descubre que, aun a pesar suyo, debe hacer poesía. Si la obra de arte es “el destello del absoluto que arde y se renueva en el hombre”, la voz del poeta es indispensable. Y con gran dolor Broch cumple los deseos de su editor, Alfred A. Knopf, quien le había solicitado un nuevo libro; reúne una serie de novelas cortas publicadas en los años veinte y treinta, y tras una ligera vacilación, consigue uniformar el sentido y ambiente de esas narraciones breves, convirtiéndolas en la novela que intentará reflejar la totalidad de un mundo, la vida global de los personajes que representa. Y como el mismo Broch aclara: “La novela describe tipos y situaciones de la época prehitleriana. Los personajes escogidos son completamente apolíticos (apocalípticos, diría yo, S. M.); en cuanto a ideas políticas, flotan en terreno vago y nebuloso. Ninguno de ellos es directamente culpable de la catástrofe hitleriana, por eso se titula el libro Los Inocentes. Ahora bien, el nazismo adquirió su fuerza —la experiencia lo ha confirmado— en estas situaciones espirituales y anímicas”. Hitler será la encarnación de estos burgueses medios.

Voces puede ser leído aparte de la novela. El libro arranca con la “Parábola de la Voz”, donde el rabino Leví bar Chemjo, que hace muchos años vivía en el Este y fue muy famoso, le revela a sus discípulos el porqué de la voz del Señor, cuyo lenguaje es silencioso y Su silencio es Su lenguaje. Pero, ¿qué cosa es a la vez silencio y voz?, se pregunta el rabino; y responde: “Evidentemente, de todo cuanto yo conozco, es el tiempo el que reúne esta dualidad. Y aunque nos abarca y atraviesa, es para nosotros silencio y mudez. Sin embargo, al hacernos viejos, si tendemos el oído al pasado, oiremos un suave murmullo. Es el tiempo que acabamos de vivir. Y cuanto más escuchemos el pasado, más capaces seremos de oír la voz de los tiempos, el silencio del tiempo…”

Voces es lo que Hermann Broch, a los cincuenta y siete años, escucha en el murmullo del tiempo; es su lectura de la época prehitleriana, su versión de los hechos y su desengaño ante la incapacidad del poema para detener la mano del asesino; pero al mismo tiempo es la voz de quien, desarmado, mudo, aún desea hacer que la creación se cumpla en nosotros.

Broch ha muerto, de alguna manera ahora descansa del odio y del amor; pero su voz se ha sumado a las voces del tiempo. Es tarea de nosotros, los todavía vivos, escuchar el llamamiento de la creación, que pugna por ser del hombre.

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