miércoles, 20 de mayo de 2020

Con el Conde de Lemos. Entrevista a Abraham Valdelomar por César Vallejo

 Julio C. Gamboa, Abraham Valdelomar y César Vallejo
Salimos de las oficinas de redacción de Mundo Limeño. En el eléctrico a los parques de la Exposición.

Vamos a la orilla de verdes alamedas. El Conde sentado a mi lado, me conversa envolviendo su frase en un gris confidente y desvaído.

- Ya ve usted -me dice-, hay tantas gentes imbéciles. Yo tengo que huir de tantas...

Y sorprendiendo numerosos ojos que absortamente nos observan, agrega, como si fuera a escapar de una mazmorra oscura:

- Hoy leeremos algunos capítulos de mi libro sobre Belmonte.

Yo, después, persiguiendo todas las líneas de tan raro temperamento, le inquiero sobre su viaje al norte; le digo que esa gira será fecunda; que en especial podría aprovecharla en suscitar, rudimentariamente siquiera, el criterio artístico en esos pueblos por medio de numerosas conferencias.

En el paseo Colón, al bajar de nuevo, hay curiosos que nos atisban y cuchichean.

El Conde se lleva olímpicamente sus enormes quevedos a sus ojeras, que recientes “cuidados pequeños” subieron de tono. Y luego reanuda la charla:

- Vaya usted a ver cómo todo el mundo los admira. ¡Ah! ¡Esto es horrible!

Valdelomar al hablar así se refiere a los seudo-literatos; a esos que por su dinero o posición se creen capacitados para hacer un soneto o publicar un libro. Acalorado y derramando piedad para éstos en el desdén dannunciano de una pose trágica, me cuenta sus luchas con los prejuicios, con la obesidad ambiente, con las vacías testas “consagradas”.

Descubiertas nuestras frentes al aliento de la tarde, el autor de El caballero Carmelo se pone a leer y yo escucho con íntima fruición los primeros trozos del próximo libro que, tomando al Fenómeno como pretexto, será una de las obras más serias y más robustas de Valdelomar. Una explicación originalísima de la ley del ritmo universal, valiéndose de un pasaje pitagórico y una disecación luminosa del mito romántico del Genio sobre la base de la naturaleza orquestónica del ritmo.

- ¡Estupendo, Conde! ¡Soberbio!

Y él sonríe y yo lo emplazo. -Es necesario que usted dé a los periódicos esto antes de la edición.

Y siempre afilando un gesto de tedio en las comisuras de sus labios pálidos, me responde:

- ¡Pero si no comprenden!...

Una pausa dolorida. Los autos y los coches y las gentes, toda la grosera grita urbana llega a rasguñar el hábito sentimental de un orgullo desolado.


Entre el humo de un cigarrillo los boscajes se secan al crepúsculo amarillo; y el día estival se vuelca en el espacio infinito, como una hornada fantasmagórica y sangrienta.

- ¡Es necesario, pues, una agrupación -exclama el Conde-, una agrupación de lo mejor del país que, sintetizando las mayores energías nacionales, imponga una nueva y más sana orientación intelectual y que haga luz en la presente inmoralidad artística creada y mantenida por esos malos hombres!...

- ¡Oh, la labor de Colónida! -me disparo yo exaltado y admirativo-. Felizmente ella tuvo la virtud de crear con sus tres únicos números, un sistema de valores nuevos, triturando muchas momias y fantoches y mostrando ante el país a los verdaderos, hasta entonces negados y oscuros. Colónida hizo mucho. ¡Debería reaparecer! Seamos abnegados y sobre todo tengamos fe. Hay más de medio campo ganado; esto está en todas las conciencias. Y sabemos ya quiénes somos todos...

- ¡Ah, sí! -afirma enfáticamente el Conde-. Tal es mi propósito. Y tal es uno de los motivos de mi gira en toda la República. Formar una especie de Federación intelectual con los mejores elementos de todo el Perú, y publicar una revista órgano de esta nueva fuerza espiritual, que acaso será la misma Colónida...

Hemos dejado los jardines y regresamos. El jirón central está en su hora. La noche gana. Las confiterías iluminadas, los lujosos coches particulares, los dandys y las mujeres bonitas en el momento más amable, frívolo y elegante y, sobre todo, más democrático de la vida limeña.

Tomamos ya con otro tono. Valdelomar trae una cara más lozana bajo su grueso sombrero de invierno. Al llegar al Palais volvemos a los talleres de Mundo Limeño. Y me advierte el Conde de Lemos con una sonrisa de fina ironía, que acaso es un lamento:

- Cuánta gente que no piensa, ¿no?


César Vallejo
La Reforma, Trujillo

18 de enero de 1918.


viernes, 8 de mayo de 2020

Le château de grisou de César Moro, por Xavier Villaurrutia, Alice Paalen y Emilio Adolfo Westphalen

Xavier Villaurrutia y César Moro.
Fuente: Tenerife espacio de las artes
Archivo André Coyne
Xavier Villaurrutia:
Le château de grisou*

El título de este libro anticipa una sensibilidad muy afinada o muy naturalmente aguda. También, desde otro punto de vista, confirma la predilección de los poetas sobrerrealistas que pusieron en juego el famoso ejemplo de los objetos disímbolos que se desplazan y se dan cita en un lugar que la razón común encuentra inadecuado. El castillo de grisú es, en verdad, un título poético y peligrosamente explosivo. Ni a simple vista ni conforme a la lógica usual, el grisú es una materia adecuada para construir un castillo. El gas que se desprende de las profundas minas de hulla y que hace explosión cuando encuentra un cuerpo inflamado, me parece, no obstante, como a César Moro, joven poeta peruano que escribe en francés, un gas decididamente poético, y no a pesar de sus cualidades, sino, justamente, gracias a ellas. Un castillo de grisú resulta un enlace de ideas y materias que sitúan al lector, de pronto pero ya para siempre, dentro de una mina de lo poético. La lectura de los poemas que forman el conjunto editado por las increíbles ediciones de Tigrondine nos afirma en nuestra primera impresión. Los inesperados encuentros de objetos y palabras, las frecuentes y finas aliteraciones; las imágenes que a menudo sorprenden por una novedad que no sabemos si está lograda por la vigilia propia del poeta o por un abandono también premeditado, confirman la idea de que los poemas de César Moro  poeta que colaboró en París con los sobrerrealistas y que ahora vive entre nosotros una personal existencia, de voluntario inadaptado– merecen una atención verdadera.

* En: El Hijo Pródigo, año I, vol. II, n° 7, México, 15 de octubre de 1943, p. 59.

Índice de la revista El Hijo Pródigo 

Alice Paalen:
Le château de grisou*

En aquel punto equinoccial que lo humano alcanza a veces bajo el choque de las grandes mareas de la desesperación y del amor, se levanta “el castillo de grisú” de César Moro, que ostenta a guisa de lema, como una conjuración a todas las potencias de la luz y de la sombra:

Una sola agua para borrar la sangre;
Un único camino para la dicha
De despertar en el sueño resplandeciente:
Tu rostro de castillo hirviente en la noche.

Este fuego grisú salido de tierra para que, al mismo tiempo, nos sea familiar y peligroso como el ángel anunciador no bajado del cielo, sino, más bien, del fuego primordial.
Los poemas de César Moro son las grandes señales que intercambian los viajeros de tierras abruptas. Llamadas luminosas a quienes como él están en aquella cima brillante y cruel donde el gozo es la semejanza de la desesperación, donde la más cerrada noche es portadora de la luz más restallante. 
César Moro habla un lenguaje admirable:

Apenas un grito
Y todo vuelve a ser ese gran silencio ritmado y voraz,
en el que las piedras, las estrellas arrojan chispas; en el que el agua de todo
destino siente la nostalgia de su origen.

“Hablo a los tres reinos”, escribe el poeta y su conjunto sobrepasa los tres reinos para unirse al inaccesible sueño que los envuelve en una sombra tenaz.
Un auténtico, un verdadero poeta se revela en este libro, trayendo un mensaje a aquellos que no esperan de la poesía juegos rimados y fáciles, sino la palabra que desde el fondo de las edades permanece el gran canto de amor donde lo humano es un solo ser indiferenciado y perfecto.

* En: Novedades, México, 7 de noviembre de 1943; reimpreso en La Prensa, Lima, 20 de febrero de 1944, p. 8.




Emilio Adolfo Westphalen:
César Moro: Le château de grisou*

“Eternidad de la noche” titula Moro una de las partes de su libro y esa denominación nos sirve bien para dar la sensación de angustia y desesperanza, de delirio y sueño, y de un “cierto encanto incomprensible” que baña con sus amargas olas este libro de poemas, cuyas imágenes deslumbrantes cual puñales de luz cruzan “un mundo de olvido”, “un tiempo desierto”. Siempre me ha sobrecogido esta aparición del auténtico poeta, asegurando poema tras poema una visión primigenia de un mundo sellado e inaccesible, que gracias a él de pronto, se nos abre con su misterio persistente y su belleza desolada. La voz de Moro, desnuda de toda retórica, como firme cincel golpeando en los justos ángulos que dan la forma precisa inscribe el dominio conmovedor donde su amorosa insistencia aprisiona un ser (“divino y duro rostro fijo a altura invariable”), que es también por necesaria coincidencia el mismo que a él devora:

Bastaría con un soplo
Para que el incendio retorne
y el bello cataclismo sea la extensión encantada
Donde a despecho de todo se juega
Tu presencia esencial.
          (“Pour avoir un visage froid”)

Es pues la de Moro, la voz que no se escucha a sí misma, que no busca resonancias melódicas, ni halagar el oído según el artificio o la fórmula de la pereza consagrada: lo que trata es de incluirnos en su mundo tenebroso, iluminado nada más que por presagios. Tenemos, sobre todo la violencia de la apelación, el sombrío asalto a “la torre de nieve” por quien se sabe condenado de antemano:

Hablo a los sordos de orejas tumefactas
A los mudos más imbéciles que su silencio impotente
Huyo de los ciegos que no podrían comprenderme
Todo el drama ocurre en el ojo y lejos del cerebro
          (“Adresse aux trois règnes”)

Esas “lágrimas horadadas”, que Moro nos muestra, en qué profundos veneros de dolor y desolación nos han brotado; y aunque a veces el humor negro insinúe su rictus atroz y en otra oportunidad, en el “Tratado de los Astros”, las imágenes por una vez sean más apacibles a la orilla “de la mar primera, nodriza del ojo”, la nota desgarradora es la que se parece por todos los confines:

Guíame nube hacia las tierras desiertas
Donde el mar pueda romperse sobre mi tumba,
          (“Buisson)

De la aventura no queda cuando habría que salvar los restos
Sino polvo y sombra de polvo
Y sed de tierra barrida por el hastío
Para que una vez se eleve al fin el reflejo sin encanto
De una muerte sin enigma.
          (“Le domaine enchanté”)

En la poesía de César Moro que “tiende la mano en la noche a los torbellinos”, nos es dable observar a la pasión inconmovible, aterradora, “manantial arborescente”, corriendo por su escenario de tiernas tinieblas, bajo el estallido de los astros erigiendo su castillo inaprehensible y doloroso, no elevado piedra sobre piedra, sino gota sobre gota de preciosa sangre.

* En: La Prensa, Lima, 20 de febrero de 1944, p. 8.


Las tres notas del libro han sido reproducidas de César Moro. Obra Poética Completa. Edición crítica: André Coyné, Daniel Lefort, Julio Ortega (Coordinadores). Colección Archivos, Alción Editora, Córdoba (Argentina) / Universidad de Poitiers, 2015.




jueves, 7 de mayo de 2020

"José María Eguren" y "Conversación con José María Eguren", por Ciro Alegría

Martín Adán, Alida Elguera, José Torres
de Vidaurre, José María Eguren en 1931 
JOSÉ MARÍA EGUREN

Vi por primera vez a Eguren, una tarde del año 34, mientras yo conversaba en el Jirón de la Unión con mi buen amigo Luis Valle Goicochea. Pasó un hombrecito de pequeña estatura, flaco hasta la escualidez, de cara chupada y ojos melancólicos, cubierto al desgaire con un viejo terno azul marino, unos zapatos deslustrados y un sombrero de paño de alas lacias. “Es Eguren”, me dijo Valle. Nos quedamos mirándolo hasta que desapareció entre la turbamulta de las siete.
Supe por Valle que, hasta hacía pocos años, Eguren no vestía así. Algo peor andaba. Y el caso es una expresión formal de la existencia cotidiana del mejor poeta simbolista de las letras hispanoamericanas. En pasados tiempos y ayudado por su pequeña estatura y su recortado bigotillo negro, Eguren se había parecido a Chaplin en gracia de un tongo y un terno, y unos zapatos negros, todos muy viejos, que sobrellevaba por pobreza. Esa noble pobreza de los grandes poetas, que es dramático lugar común de la literatura universal y especialmente de la peruana.
De pronto produjese en la vida de Eguren el milagro del ministro escritor que quiso ayudarlo. El asunto no es tampoco para tomarlo a la ligera. En el mundo de las letras piénsase a menudo, con tan grande como pueril esperanza, en la conveniencia de que un escritor llegue al menos a ser ministro, con la idea de que ejercite una supuesta acción benéfica sobre las mismas y sus cultores. Y más a menudo ocurre que, si un escritor llega a ser ministro, no hace nada de eso. Estando entre políticos profesionales, quedará compelido a ser “realista”. De acuerdo con la filosofía de cierto personaje de Stendhal, pensará que la gente inteligente es peligrosa, pues siempre tiende a hacer o propiciar reformas. Y los escritores y artistas tienen fama de ser inteligentes, cosa incierta del todo. Esa de esperanzarse en los ministros es una prueba. La dejadez hacia sus colegas del escritor que llega a ser ministro débese también, y principalmente, a una sencillísima razón, pues, ¿qué cosa es ser ministro? Es ser más que genio. Pregúntenselo a los escritores-ministros que miraron con indiferencia a César Vallejo, por ejemplo. Ellos habían llegado alto y el cholo Vallejo no servía para nada. Era solamente genio.
Pues Eguren tuvo la suerte, una muy ocasional suerte en su vida de adversidad, de que hubiera un escritor que fue una vez ministro y a la vez distinto. Hecho insólito y casi legendario: tal ministro se acordó de que había un notabilísimo poeta desvalido, naturalmente hambriento. José Gálvez, cuando ocupó el Ministerio de Educación el año 31, llamó a José María Eguren para que desempeñara la dirección de Bibliotecas Infantiles o algo así. Allí estuvo el visionario de La niña de la lámpara azul menos de un año, el tiempo que don Pepe duró también en su respectivo cargo. Con el sueldecito, el breve y grande Eguren yantó a gusto; como era honesto pagó sus deudas y en verdad tenía muy pocas, por lógica falta de crédito financiero; y se compró ese sombrero de paño, ese terno azul marino, esos zapatos que todavía le duraban el año 34, cuando lo vi pasar aquella tarde estival, por el Jirón de la Unión, con la mirada un tanto vaga que le era peculiar, tal si estuviera andando en sueños.
Había dejado después de años su vetusta indumentaria negra, que dábale semejanza con Chaplin, para adquirir la otra que llegó a ponerse también vieja a su turno. No le resultaba fácil mudarse. Andar de tal manera fue parte de su tristemente egregio destino de poeta. Y es también parte de la historia de la cultura nacional, muy sintomática, que el gran artista diestro en símbolos sutiles llevara durante luengos años una indumentaria raída, áspero símbolo de su existencia desamparada1.

1. “Eguren, un ministro y una simbólica indumentaria”. El Comercio, Lima, 26-11-60.

CONVERSACIÓN CON JOSÉ MARÍA EGUREN

Como venía diciendo. Desde la vez en que conocí de vista a José María Eguren, señalado por el índice admirativo de Valle Goicochea, encontré varias veces al poeta, por esas calles de Dios y de bruma. No me arriesgaba a acercármele. Ese hombre pequeñito y como quebradizo que era Eguren me inspiraba cierto temor. ¿Qué podría yo decirle? Acaso no quisiera hablar conmigo. Su excelencia artística estaría afirmada en un pedestal inaccesible. La realidad probó que tales suposiciones, propias de un muchacho, no eran ciertas.
Fue allá por octubre de 1934. Divisé a Eguren una tarde, cuando se hallaba un poco más allá del arco morisco que había a la entrada de la avenida Arequipa. Me habían dicho que viajaba a pie, no recuerdo bien si a Barranco o Miraflores, por encontrarse en una inopia casi permanente. Con anterioridad lo vi alguna vez desde el ómnibus, haciendo tal jornada. Yo efectuaba en aquella ocasión el mismo viaje a pie, hasta Miraflores, por inopia ocasional debida al cierre del diario en que trabajaba. Como Eguren iba delante un buen trecho, aceleré el paso hasta alcanzarlo.
Con el sombrero en la mano, saludé al poeta muy respetuosamente. Pareció sorprenderse un poco, sin duda porque nadie nos había presentado. Detúvose para mirarme desde la frente a las plantas, con cierta extrañeza. Su actitud cambió de inmediato cuando le dije:
—Yo lo admiro mucho a usted, don José María. Pensé que como llevamos la misma dirección, podíamos seguir juntos. . . Si me lo permite, será un honor para mí. . .
Me estrechó la mano blandamente, mientras sonreía con unos labios finos que se distendieron bajo un bigotillo entrecano. Su piel, de un color blanco pálido, estaba entrecruzada de finas arrugas. Las sienes y cejas grisáceas parecían hacer juego con los ojos, dos puntos de melancolía. En conjunto, el rostro de Eguren era suave y tenía una distinción sin arrogancias.
Echamos a andar. Eguren dijo:
—Supongo que usted es también poeta. Solamente los artistas, y en especial los poetas, pueden admirarme. . .
Admití que hacía versos, aclarando a la vez que los consideraba malos. Agregué que yo cultivaba más la prosa.
—En la prosa también hay poesía  —aseveró Eguren, con una voz apagada que, sin embargo, no carecía de convicción. Agregó luego:
—En todo hay poesía, salvo en lo vulgar. Saber qué cosa es vulgar y no puede ser objeto de trabajo artístico es el don del poeta y el prosador. . .
Tal planteo podía ser discutido. ¿Hasta qué punto existía un asunto precisamente vulgar como material artístico? Había ejemplos en los clásicos y en Joyce, de novedad reciente entonces. Pero yo tenía talento bastante para entender que, con tales palabras, Eguren me había mostrado parte de su propia concepción del arte. Ante todo, debía seguir escuchando.
Durante un buen rato, Eguren estuvo haciéndome reiteradas preguntas, a las que debí responder con amplitud, acerca de la provincia en que nací y otros lugares que fui mencionando. Le interesó mucho saber que anduve por la hoya del río Marañón.
—Yo sé muy poco de ríos —explicó— y aun los imagino con dificultad. ¿Qué cosa es un gran río? Un mundo salvaje que viaja. Un cerro, una colina, un guijarro son más armoniosos.
Tal apreciación tenía que ver directamente con su poesía. Y ya iré dando más detalles de esa conversación, que para mí fue memorable. Entre otras cosas, habló después Eguren de las palabras y su valor, en relación con la poesía. No entendía a César Vallejo1.
Avenida adelante, José María Eguren se puso a disertar, con un cuidado que me extrañó por ser puesto en una conversación tan informal, acerca del valor de las palabras en la poesía.
—Las palabras tienen un valor en sí mismas —dijo— aunque uno crea que las maneja. Tienen su manera de ser, su propia psicología, y no podemos siempre adaptarlas. Yo estaba escribiendo un poema al que una sola palabra interrumpió. El poema se refiere a un niñito dormido. Necesitaba describir el leve ruidillo de su respiración. Al mismo tiempo, presentaba la carita sonrosada y cándida del niño. Pues, cuando escribí nariz, la palabra resultó grosera para expresar lo que yo deseaba y destruía, además, todo el poema. Recurrí entonces a escribir nariz en francés, nez, y la palabra no quedaba entonces del todo mal, pero introducía una nota de exotismo también inadecuada. Nariz, después de ese accidente, me ha llevado a ciertas reflexiones. No es que yo estuviera prejuiciado. He visto narices de todas clases y he escrito nariz muchas veces. Dentro del poema, sin embargo, no iba tal palabra, sin que fuera cuestión de rima ni de ritmo. Es que resultaba irremediablemente grosera. Y me tiene usted con un poema inconcluso, que en mi mente se ha vuelto un problema. “Nariz”, “nariz”, me digo. La he cambiado de lugar en esos versos, varias veces, y no va. Las palabras tienen, pues, su propia psicología. En gran parte, el arte de la poesía consiste en encontrar las palabras adecuadas. Parece muy sencillo y no lo es. Las palabras son un grande misterio.

De pie: Gilda Larrea, José María Eguren y Marcela Gibson.
Sentados: Percy Gibson, Ernesto More y ?


Recuerdo bien que Eguren dijo “grande misterio”. Compréndese que una conversación tan remota corno la que vengo rememorando, no puede ser reconstruida exactamente. Pero sí estoy seguro de que proporciono una versión fiel a los conceptos del poeta. Sería cuestión de buscar en los papeles que seguramente dejó, el poema aquel donde la palabra nariz comportó un descalabro. Este es de un carácter estético netamente egureniano. Deduje entonces que Eguren se encontraría a gran distancia de César Vallejo, por lo cual le pregunté qué opinaba del autor de Trilce.
—Me es muy difícil entenderlo —respondió discretamente. Caímos en un largo silencio. Comprendí que eso no era todo. Para no salirnos del tema, le conté que yo había sido alumno de Vallejo, cuando el recién aparecido poeta dictaba el primer año de primaria, en el Colegio Nacional de San Juan de Trujillo. Relaté algunas anécdotas.
—Vallejo es un hombre de gran sensibilidad —dijo por fin Eguren, franqueándose— pero no traduce esa sensibilidad de manera poética. Cuando yo leo versos suyos en los que dice “poto de chicha” o algo por el estilo, me desconcierto. Eso no es poesía. Es difícil imaginar nada menos poético. “¡Poto de chicha!”, “¡poto de chicha!”. Suena vulgar e inclusive es antipoético. Si no siempre dice cosas como “poto de chicha”, por ahí van las otras. La verdad es que no entiendo a Vallejo.
Yo estaba en desacuerdo con la apreciación de Eguren, pero la estimé como otro fenómeno egureniano. Vallejo y Eguren son dos universos poéticos distintos, con características propias y diferencias absolutas. No iba a discutir con don José María por eso. Me cabía sólo respetarlo. Tiempo después, releyendo la obra de Vallejo, encontré que dice chicha varias veces, pero no poto de chicha, aunque mi examen sobre el caso no ha sido muy prolijo. Quizás Eguren quiso extremar el ejemplo o, por un fenómeno inconsciente de rechazo, le parecía que Vallejo dijo así.
¿De cuántas cosas más hablamos en aquella caminata? Omito algunas y seguramente he olvidado muchas. Eguren me contó que había construido un castillo feudal con palos de fósforo.
—¿No le habría gustado hacerlo mejor de cristales?— pregunté.
—Desde luego que sí —respondió sonriendo Eguren, para añadir poco después: —¡Un castillo feudal de cristales! El foso sería azul; el puente, dorado; las murallas, bermejas. Para las almenas y la atalaya, necesitaría de nuevo cristal azul, pero de un azul celeste casi blanco, ya muy teñido por las nubes. . .
A propósito de colores, me dijo que recientemente había visto un hermoso atardecer violeta, gualda y azul. Ahí estaba lo original y su privilegio. Contra lo que ocurre ordinariamente, los colores rojo y rosado no se presentaron. Destacó la suerte que había tenido, fijándose en la rara tonalidad de tal crepúsculo.
A esa altura de la charla, nosotros estábamos frente a otro atardecer, que por cierto tenía abundancia de los colores que al únicamente contemplado por Eguren faltaron. El poeta se quejó de la molestia que le producían los ómnibus y autos, por ser ruidosos, estar feamente pintados muchas veces y malograr el paisaje siempre.
Me despedí de José María Eguren a la entrada de Miraflores. Cortésmente dijo que esperaba volver a verme. Él siguió por una avenida donde crecían pinos y otros árboles. Caminando con paso menudo y ágil, su cuerpo enteco trajeado de azul, se perdió a lo lejos, entre los añosos troncos y la oscuridad creciente de la noche2.

1. “Conversación con José María Eguren”. El Comercio, Lima, 4-III-60.
2. “Eguren versa sobre palabras, poesía vallejiana, colores”. El Comercio, Lima, 11-III-60.





Estos dos materiales periodísticos han sido reproducidos del libro de memorias de Ciro Alegría titulado Mucha suerte con harto palo (Buenos Aires, Editorial Losada, 1976).

miércoles, 6 de mayo de 2020

7 POEMAS DE ALEX SUYO




Viaje sin retorno

Cuando desemboco
              cual salvaje velocidad inmutable
color lágrimas de niebla
              adoquines entumecidos
              proyectan
longeva voluntad de los demonios
                                           luz que condensa un halo vacío
                                                         y el hambre es mi seudónimo

                                                 Aromas pisoteados por palomas
                                       pululando en puertas desfondadas
                          pies sobre ruedas     lejanías    abismos

Cuando retorno
              en la curva del sueño
   mis palabras cortan el viento
                     una visible neblina se enumera
                     mil canciones retruenan
                     florecen tibias en el frío
y una sonrisa lo desaparece todo
                          esparciendo finos hilos luminosos
cortando rostros                       parada tras parada
                desafía                        gravita                    cae

Cuando espero la curva
              corazón circular como desigual intento de llegar
                            placenteras llagas
                            recubiertas de melodía y vestigios
                                                    alumbran parpadeos de dolor
                borran alma ahogada en caña
                               oscilan las horas          tu voz latente
                               lluvia /cae sobre vidrio petrificado    gélido/
                                siempre fértil

¡LLUVIA!

Cuando el llanto sufre tanto como la persona dislocada
                                                                  un albor presente nos devuelve la cordura
                                                    como instantáneo desatinado deseo
                                     reprimida locura sinsentido
                                     pienso en tu madrugado palpitar  
                                     no sé si es /tiempo/     /incoherencia/     /sentimiento/
                                     o se piensa dentro alguien más
                                     dejando revuelta la existencia

Cuando confluyo / desemboco / retorno / espero / llanto
              cual hondonada fluidez interior
              espero reencontrarte
                          “cual mar      cielo    amor”
                           antes que la mañana se despida de nosotros





All is just an Illusion in your fragile mind


Todo es solo una ilusión en tu frágil mente
                                                            
Silencioso el viento
                                agolpa impotencia tan discreta y dolorosa

                      ojos quebrantan      la lluvia
                 por el augurio malestar del presente
    
                 lastimeras en un dulce quiebre de labios
                                                      como tratándose de un juego
                   cuyo recuerdo repite

Todo es /  //  //  //  /     /  //  //  / ilusión /  //  /     /  //  / frágil mente

Y hastiados se adormecen
bajo luces navideñas en enero febril
se descomponen tras la llegada nocturna de una Voz sin retorno

tarde con sabor a desprecio
titubeante desenlace      jugoso placer      el de la nada                                    
                  abrir esta noche
                 las extenuadas almas cayendo como cascada
                 en un cielo aglutinante de melancolía
                                                                             esperaremos el nuevo amanecer
                                                          porque
  todo es solo una ilusión en tu frágil mente







Corazón del cielo


Tus ojos en el corazón del cielo
                      tinieblas que el azul del alma
                                               busca cobijar
                            peces moviéndose bajo nubes longevas
      pétalos de vida
                             caen sobre naturaleza feroz
                         otoño como invierno sumergido
en líneas de tiempo que son iluminación
                  nuestra iluminación melodiosa
                  noche y silencio absoluto        indeterminado
                  ahorcado por resurrección de pesares
voces se sumergen en el corazón del cielo
                  ojos que giran imaginando toda la faz
                  nos extinguimos en un solo beso
                 un solo deseo nos ausculta
                 desde la ventana de mi ensueño
tu figura inunda el corazón del cielo


19 de junio de 2019                                      






 Quién sabe     AB


Nuevamente bajo las mismas nubes
que se cuajan todo el tiempo
            en esta alma polifónica
mutativa de deseos     sinestesia
              y espero tu voz en el latido de la llamada
como fuerza inconmensurable del ser
                espejo de ideas        sonidos
long hair moviente     iluminado por el tiempo

        nuestro acompasar es una llamarada de luces
        buses que van a parar al abismo
        donde nos fugamos una vez
        para no retornar jamás
        a la realidad        tremendamente gris
                            en Lima que nos ahuyenta
        devolviéndonos a las ruinas
nunca exploradas
        colosales abismos de imaginación caminante
ahí conocimos el verdadero amor
      con todas sus palabras de idas y venidas
inconceptuales e indefinibles palabras

      Tu faz resuena en mi piel
sabor a mar de viajes e infinitudes
      tengo un alma llena de ti
en cada brotar de mis sentidos
      supernova de mi luz que no se extingue
voy ahora
/este lugar es solo nuestro/
repite la pensadora en la tarde
      junto a la Virgen y la casita del terror
/solo nuestro/

Nuevamente bajo las mismas nubes
que se sumergen todo el tiempo
            en esta alma polisémica
             de esta gris Lima
nutrida de versos compuestos para ti
            quién sabe que nos depara
la fugaz melodía de las miradas de la mar
             quién sabe AB


13 de junio de 2019



  
Cuarentena


Quizás en el trascurrir del viaje
            nuestras almas se aúnen al infinito sonido
y el hermoso discurrir omnisciente
que late     brutal     atómico
en el declinar brioso de la tarde
pierda su esencia en la nada


Quizás                 atolladas de concreción
      nuestro ser calcinado de infinito amor
muera al anochecer del día catorce
      delirante
                    frente a un cielo encapotado


Quizás                 atiborrado de botas militares     pesares
                            la luna quiera brillar
pero el cansancio
        torne las aceras en ríos de lágrimas
        pérdida      juventud      tormento     enfermedad
y soñemos con que el viaje
        sea nuestro     nuevamente
       
Algún día cercano
        cuando se pulvericen las puertas
                                           y la sonrisa
sea nuestra arma más longeva
                    en una extinta melodía del tiempo
                    la piel disfrutará del viento
                    e iremos lejos      tan lejos
donde el sol florezca en nuestros corazones
y el tiempo nos funda en un solo latido
una mañana de octubre febril


Viernes 20 de marzo de 2020





Wind whispers in the gaze of the trees


Viento susurra en la mirada de los árboles

     plátanos     higos     nísperos     cables
     que en la oscuridad crean     pavores     sombras distantes
idílicas en la fantasmal ciudad agonizante
con perros amos y dueños del mundo
se buscan     amantes en la escalera cincelada en espiral
una mañana que quizá no vuelva más

Wind whispers in the gaze of the trees

Desliza su esbeltez un hilo plomo
peludo     vagabundo     nocturno     obnubilado
           desciende el horizonte encapotado
en mis ojos metafísicos     incendiados
lo observo y me observa el búho
frente a frente desde el balcón
y un místico vacío
    penetra mi alma     explosión     feroz     tiempo inacabado

Wind whispers in the gaze of the trees

Pienso en mi pasado
ardor     campo     sonrisa     llanto
intermitentes luces que en mi corazón filtrado
                              quizá volver a ver no pueda
                 mas el amor     latido manantial pulsante
     inicia siempre     una propia batalla profunda     expurgante     

Wind whispers in the gaze of the trees

Música febril de geranios colgantes
casi hojarasca en gravedad perpetua
       mi voz ahora es un silencio perturbado
por un aroma intangible de laceración

Viento     susurra en la mirada de los árboles
Wind      whispers in the gaze of the trees
y el alma                          otra vez el alma


San Juan de Miraflores
25 de marzo de 2020




Pampachay (perdona)


Observo en infinita cadencia
                cómo se apaga el cielo cual reflejo de la mar
                y blande sus colores
    aroma a silencio sempiterno
                    crece en mi alma ahora longeva
               
Observo en finita anticadencia
                 cómo se encienden las estrellas de la ciudad
                 rumori della notte

     La faz es una línea amorfa     abisal
     pienso en mi cano padre y me veo triste     melancólico

SIRENA     ECO TORCIDO AL VIENTO     ALGUIEN MÁS EN DETENCIÓN

Se extiende el tiempo imperecedero

Los mismos ruidos del averno en mi cabeza
                             son mi claustro y extrañar
                                             nameless street
Mismos ambientes de limpieza
Mismas miradas y acciones     laceran
                   un enrejado sin puerta hacia otra dimensión

¡Música ancestral      mayestática     adolorida     lejanísima!
              devuelve a tu pueblo los mitos     el renacer
              cuántas historias flagelantes     trascendentes     inimaginables
cuyo amauta te llevaste de sus propias manos
              ahora que estamos huérfanos de pasos y su pluma
es la misma que siempre en nuestros corazones
Coca quintucha, hoja redonda
muéstrame aquel mejor sendero donde nacen las flores
sangre indemne perdona nuestros errores

  
29 de marzo de 2020




Alex Suyo (Lima, 1990). Docente y escritor. Egresado de la Universidad Nacional de Educación Enrique Guzmán y Valle, estudió Ciencias de la Educación, especialidad de Literatura y Lengua española (2013-2017). Ganó el Primer puesto de Poesía en la Revista Hispanoamericana de Literatura “El parnaso del nuevo mundo” (2014). Participó en la publicación de la plaquette de poesía “Estirpe Etérea” y su difusión (2015). Voz sin retorno (junio, 2018) es su primera publicación de poemas con imágenes.

Cinco poemas de Marcela Robles

  I DE DONDE NADIE NUNCA A donde nadie quiere A ese lugar donde las Aguas Desde el fondo Donde los arrecifes y tu voz en la esquina del ...