jueves, 7 de mayo de 2020

"José María Eguren" y "Conversación con José María Eguren", por Ciro Alegría

Martín Adán, Alida Elguera, José Torres
de Vidaurre, José María Eguren en 1931 
JOSÉ MARÍA EGUREN

Vi por primera vez a Eguren, una tarde del año 34, mientras yo conversaba en el Jirón de la Unión con mi buen amigo Luis Valle Goicochea. Pasó un hombrecito de pequeña estatura, flaco hasta la escualidez, de cara chupada y ojos melancólicos, cubierto al desgaire con un viejo terno azul marino, unos zapatos deslustrados y un sombrero de paño de alas lacias. “Es Eguren”, me dijo Valle. Nos quedamos mirándolo hasta que desapareció entre la turbamulta de las siete.
Supe por Valle que, hasta hacía pocos años, Eguren no vestía así. Algo peor andaba. Y el caso es una expresión formal de la existencia cotidiana del mejor poeta simbolista de las letras hispanoamericanas. En pasados tiempos y ayudado por su pequeña estatura y su recortado bigotillo negro, Eguren se había parecido a Chaplin en gracia de un tongo y un terno, y unos zapatos negros, todos muy viejos, que sobrellevaba por pobreza. Esa noble pobreza de los grandes poetas, que es dramático lugar común de la literatura universal y especialmente de la peruana.
De pronto produjese en la vida de Eguren el milagro del ministro escritor que quiso ayudarlo. El asunto no es tampoco para tomarlo a la ligera. En el mundo de las letras piénsase a menudo, con tan grande como pueril esperanza, en la conveniencia de que un escritor llegue al menos a ser ministro, con la idea de que ejercite una supuesta acción benéfica sobre las mismas y sus cultores. Y más a menudo ocurre que, si un escritor llega a ser ministro, no hace nada de eso. Estando entre políticos profesionales, quedará compelido a ser “realista”. De acuerdo con la filosofía de cierto personaje de Stendhal, pensará que la gente inteligente es peligrosa, pues siempre tiende a hacer o propiciar reformas. Y los escritores y artistas tienen fama de ser inteligentes, cosa incierta del todo. Esa de esperanzarse en los ministros es una prueba. La dejadez hacia sus colegas del escritor que llega a ser ministro débese también, y principalmente, a una sencillísima razón, pues, ¿qué cosa es ser ministro? Es ser más que genio. Pregúntenselo a los escritores-ministros que miraron con indiferencia a César Vallejo, por ejemplo. Ellos habían llegado alto y el cholo Vallejo no servía para nada. Era solamente genio.
Pues Eguren tuvo la suerte, una muy ocasional suerte en su vida de adversidad, de que hubiera un escritor que fue una vez ministro y a la vez distinto. Hecho insólito y casi legendario: tal ministro se acordó de que había un notabilísimo poeta desvalido, naturalmente hambriento. José Gálvez, cuando ocupó el Ministerio de Educación el año 31, llamó a José María Eguren para que desempeñara la dirección de Bibliotecas Infantiles o algo así. Allí estuvo el visionario de La niña de la lámpara azul menos de un año, el tiempo que don Pepe duró también en su respectivo cargo. Con el sueldecito, el breve y grande Eguren yantó a gusto; como era honesto pagó sus deudas y en verdad tenía muy pocas, por lógica falta de crédito financiero; y se compró ese sombrero de paño, ese terno azul marino, esos zapatos que todavía le duraban el año 34, cuando lo vi pasar aquella tarde estival, por el Jirón de la Unión, con la mirada un tanto vaga que le era peculiar, tal si estuviera andando en sueños.
Había dejado después de años su vetusta indumentaria negra, que dábale semejanza con Chaplin, para adquirir la otra que llegó a ponerse también vieja a su turno. No le resultaba fácil mudarse. Andar de tal manera fue parte de su tristemente egregio destino de poeta. Y es también parte de la historia de la cultura nacional, muy sintomática, que el gran artista diestro en símbolos sutiles llevara durante luengos años una indumentaria raída, áspero símbolo de su existencia desamparada1.

1. “Eguren, un ministro y una simbólica indumentaria”. El Comercio, Lima, 26-11-60.

CONVERSACIÓN CON JOSÉ MARÍA EGUREN

Como venía diciendo. Desde la vez en que conocí de vista a José María Eguren, señalado por el índice admirativo de Valle Goicochea, encontré varias veces al poeta, por esas calles de Dios y de bruma. No me arriesgaba a acercármele. Ese hombre pequeñito y como quebradizo que era Eguren me inspiraba cierto temor. ¿Qué podría yo decirle? Acaso no quisiera hablar conmigo. Su excelencia artística estaría afirmada en un pedestal inaccesible. La realidad probó que tales suposiciones, propias de un muchacho, no eran ciertas.
Fue allá por octubre de 1934. Divisé a Eguren una tarde, cuando se hallaba un poco más allá del arco morisco que había a la entrada de la avenida Arequipa. Me habían dicho que viajaba a pie, no recuerdo bien si a Barranco o Miraflores, por encontrarse en una inopia casi permanente. Con anterioridad lo vi alguna vez desde el ómnibus, haciendo tal jornada. Yo efectuaba en aquella ocasión el mismo viaje a pie, hasta Miraflores, por inopia ocasional debida al cierre del diario en que trabajaba. Como Eguren iba delante un buen trecho, aceleré el paso hasta alcanzarlo.
Con el sombrero en la mano, saludé al poeta muy respetuosamente. Pareció sorprenderse un poco, sin duda porque nadie nos había presentado. Detúvose para mirarme desde la frente a las plantas, con cierta extrañeza. Su actitud cambió de inmediato cuando le dije:
—Yo lo admiro mucho a usted, don José María. Pensé que como llevamos la misma dirección, podíamos seguir juntos. . . Si me lo permite, será un honor para mí. . .
Me estrechó la mano blandamente, mientras sonreía con unos labios finos que se distendieron bajo un bigotillo entrecano. Su piel, de un color blanco pálido, estaba entrecruzada de finas arrugas. Las sienes y cejas grisáceas parecían hacer juego con los ojos, dos puntos de melancolía. En conjunto, el rostro de Eguren era suave y tenía una distinción sin arrogancias.
Echamos a andar. Eguren dijo:
—Supongo que usted es también poeta. Solamente los artistas, y en especial los poetas, pueden admirarme. . .
Admití que hacía versos, aclarando a la vez que los consideraba malos. Agregué que yo cultivaba más la prosa.
—En la prosa también hay poesía  —aseveró Eguren, con una voz apagada que, sin embargo, no carecía de convicción. Agregó luego:
—En todo hay poesía, salvo en lo vulgar. Saber qué cosa es vulgar y no puede ser objeto de trabajo artístico es el don del poeta y el prosador. . .
Tal planteo podía ser discutido. ¿Hasta qué punto existía un asunto precisamente vulgar como material artístico? Había ejemplos en los clásicos y en Joyce, de novedad reciente entonces. Pero yo tenía talento bastante para entender que, con tales palabras, Eguren me había mostrado parte de su propia concepción del arte. Ante todo, debía seguir escuchando.
Durante un buen rato, Eguren estuvo haciéndome reiteradas preguntas, a las que debí responder con amplitud, acerca de la provincia en que nací y otros lugares que fui mencionando. Le interesó mucho saber que anduve por la hoya del río Marañón.
—Yo sé muy poco de ríos —explicó— y aun los imagino con dificultad. ¿Qué cosa es un gran río? Un mundo salvaje que viaja. Un cerro, una colina, un guijarro son más armoniosos.
Tal apreciación tenía que ver directamente con su poesía. Y ya iré dando más detalles de esa conversación, que para mí fue memorable. Entre otras cosas, habló después Eguren de las palabras y su valor, en relación con la poesía. No entendía a César Vallejo1.
Avenida adelante, José María Eguren se puso a disertar, con un cuidado que me extrañó por ser puesto en una conversación tan informal, acerca del valor de las palabras en la poesía.
—Las palabras tienen un valor en sí mismas —dijo— aunque uno crea que las maneja. Tienen su manera de ser, su propia psicología, y no podemos siempre adaptarlas. Yo estaba escribiendo un poema al que una sola palabra interrumpió. El poema se refiere a un niñito dormido. Necesitaba describir el leve ruidillo de su respiración. Al mismo tiempo, presentaba la carita sonrosada y cándida del niño. Pues, cuando escribí nariz, la palabra resultó grosera para expresar lo que yo deseaba y destruía, además, todo el poema. Recurrí entonces a escribir nariz en francés, nez, y la palabra no quedaba entonces del todo mal, pero introducía una nota de exotismo también inadecuada. Nariz, después de ese accidente, me ha llevado a ciertas reflexiones. No es que yo estuviera prejuiciado. He visto narices de todas clases y he escrito nariz muchas veces. Dentro del poema, sin embargo, no iba tal palabra, sin que fuera cuestión de rima ni de ritmo. Es que resultaba irremediablemente grosera. Y me tiene usted con un poema inconcluso, que en mi mente se ha vuelto un problema. “Nariz”, “nariz”, me digo. La he cambiado de lugar en esos versos, varias veces, y no va. Las palabras tienen, pues, su propia psicología. En gran parte, el arte de la poesía consiste en encontrar las palabras adecuadas. Parece muy sencillo y no lo es. Las palabras son un grande misterio.

De pie: Gilda Larrea, José María Eguren y Marcela Gibson.
Sentados: Percy Gibson, Ernesto More y ?


Recuerdo bien que Eguren dijo “grande misterio”. Compréndese que una conversación tan remota corno la que vengo rememorando, no puede ser reconstruida exactamente. Pero sí estoy seguro de que proporciono una versión fiel a los conceptos del poeta. Sería cuestión de buscar en los papeles que seguramente dejó, el poema aquel donde la palabra nariz comportó un descalabro. Este es de un carácter estético netamente egureniano. Deduje entonces que Eguren se encontraría a gran distancia de César Vallejo, por lo cual le pregunté qué opinaba del autor de Trilce.
—Me es muy difícil entenderlo —respondió discretamente. Caímos en un largo silencio. Comprendí que eso no era todo. Para no salirnos del tema, le conté que yo había sido alumno de Vallejo, cuando el recién aparecido poeta dictaba el primer año de primaria, en el Colegio Nacional de San Juan de Trujillo. Relaté algunas anécdotas.
—Vallejo es un hombre de gran sensibilidad —dijo por fin Eguren, franqueándose— pero no traduce esa sensibilidad de manera poética. Cuando yo leo versos suyos en los que dice “poto de chicha” o algo por el estilo, me desconcierto. Eso no es poesía. Es difícil imaginar nada menos poético. “¡Poto de chicha!”, “¡poto de chicha!”. Suena vulgar e inclusive es antipoético. Si no siempre dice cosas como “poto de chicha”, por ahí van las otras. La verdad es que no entiendo a Vallejo.
Yo estaba en desacuerdo con la apreciación de Eguren, pero la estimé como otro fenómeno egureniano. Vallejo y Eguren son dos universos poéticos distintos, con características propias y diferencias absolutas. No iba a discutir con don José María por eso. Me cabía sólo respetarlo. Tiempo después, releyendo la obra de Vallejo, encontré que dice chicha varias veces, pero no poto de chicha, aunque mi examen sobre el caso no ha sido muy prolijo. Quizás Eguren quiso extremar el ejemplo o, por un fenómeno inconsciente de rechazo, le parecía que Vallejo dijo así.
¿De cuántas cosas más hablamos en aquella caminata? Omito algunas y seguramente he olvidado muchas. Eguren me contó que había construido un castillo feudal con palos de fósforo.
—¿No le habría gustado hacerlo mejor de cristales?— pregunté.
—Desde luego que sí —respondió sonriendo Eguren, para añadir poco después: —¡Un castillo feudal de cristales! El foso sería azul; el puente, dorado; las murallas, bermejas. Para las almenas y la atalaya, necesitaría de nuevo cristal azul, pero de un azul celeste casi blanco, ya muy teñido por las nubes. . .
A propósito de colores, me dijo que recientemente había visto un hermoso atardecer violeta, gualda y azul. Ahí estaba lo original y su privilegio. Contra lo que ocurre ordinariamente, los colores rojo y rosado no se presentaron. Destacó la suerte que había tenido, fijándose en la rara tonalidad de tal crepúsculo.
A esa altura de la charla, nosotros estábamos frente a otro atardecer, que por cierto tenía abundancia de los colores que al únicamente contemplado por Eguren faltaron. El poeta se quejó de la molestia que le producían los ómnibus y autos, por ser ruidosos, estar feamente pintados muchas veces y malograr el paisaje siempre.
Me despedí de José María Eguren a la entrada de Miraflores. Cortésmente dijo que esperaba volver a verme. Él siguió por una avenida donde crecían pinos y otros árboles. Caminando con paso menudo y ágil, su cuerpo enteco trajeado de azul, se perdió a lo lejos, entre los añosos troncos y la oscuridad creciente de la noche2.

1. “Conversación con José María Eguren”. El Comercio, Lima, 4-III-60.
2. “Eguren versa sobre palabras, poesía vallejiana, colores”. El Comercio, Lima, 11-III-60.





Estos dos materiales periodísticos han sido reproducidos del libro de memorias de Ciro Alegría titulado Mucha suerte con harto palo (Buenos Aires, Editorial Losada, 1976).

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