domingo, 10 de febrero de 2019

Algunos textos de Daniel de los Ríos




De El laberinto ilustrado:

 

ABRIL


Día 26
11:00 a.m.
Buscando el mínimo atisbo de lo que aparente ser una prueba irrefutable de la existencia de Dios con que conmover el aparato astroso de mi alma, me vi atrapado en la frenética agonía de la efectividad del bien, esto es, de la posibilidad del mal. Me detuve, quiero decir, ante el generoso límite en que se enseña el amor o el desprendido espacio en que se exhibe el odio, lo que —entiendo— no es decir demasiado.


03:00 p.m.
He pensado: el cielo sangra del terrible filo que presumo al meditar esta pereza y el cielo es terco como costra y como amaño y me conmueve con sus pausas por mis ecos, por mi rencor, por mis nociones, pues si estas groseras consecuencias envejecen lo bastante o si al punzar sobre estas planas, sistemáticamente, remordiera mis principios, ¿no sería el temor, acaso, quien, finalmente, maniobre el amasijo de mi cuerpo?


04:00 p.m.
El hebreo se vale del término rah para referirse al desierto lo mismo que a la vaca famélica o a la batalla perdida, a la vergüenza pública, al hombre sin fe o al higo que se pierde por maduro. Cierro los ojos. De la impresión al cuerpo devoto marra el mármol una culpa. ¿Aquel que no ve a Dios puede soñar con pastores que se ven en sueños fornicando con ovejas enloquecidas?


Día 27
10:00 p.m.
Aunque sensible, cuando niño, disfrutaba el espectáculo de lidiar gallos y cazar palomas. Luego, Jean-Baptiste Oudry me instruyó en la enumeración, y en el lamento, al nombrar al faisán, faisán y a la liebre, naturaleza muerta.
Ergo:
He acariciado algunas noches la tentación de saludar en Marcos aquella lacerante inmisericordia de amor al prójimo.
He vacilado en seis horas un latido o asomo o demanda o floración.
He practicado un consuelo hasta prendarme al deseo de lo simple.
He acumulado en tres objetos todo el pasado del que era capaz para sufrir las consecuencias impalpables e irrenunciables de la sombra.
He silenciado mi odio en piedra fría.


10:05 p.m.
¿Quién, sinceramente, percibe a Dios como Acto Puro, como algo ajeno a una ventisca, a un estornudo, a una sorpresa postergada por demasiado tiempo?
(Me sentía como si la nostalgia irreprimible del mar urdiera un eco de penitencia).


Día 28
05:00 a.m.
Con el primer destello, he intentado diseccionar la primavera tímida espigando, ataviado de claro y con sandalias, la herencia ígnea de su diáfana extrañeza.


05:30 a.m.
Observo el cielo a través de los cristales. Entre él y la urbe dos jóvenes juegan al ping pong con espontánea torpeza. Intento gobernar mis pensamientos o demorarlos una cifra. Lo que obre en mi mente obrará en mi carne, me repito cuando quisiera preguntar —por ejemplo, a la joven viuda y perturbada que va y viene por la calle y cuyo nombre es Gladys o a la anciana rubia que frota sus anteojos contra el doblez de su falda y cuyo nombre ignoro:¿dónde está, allá en lo vago, la placentera tez de la locura? ¿Acaso en los pezones, en el sangrado irregular o en el temblor inconmovible y fronterizo de la nada? ¿Dónde reposa aquello que he opinado sobre el delirio del amor o la amistad o la violencia? ¿Dónde, si en cada nada cifran dos capullos, dos incógnitas, dos cuerpos independientemente ungidos de nocturnos como los duros bloques calcinados de Max Beckmann?


05:35 a.m.
¡Dios Santísimo!


05:36 a.m.
¡Dios Santísimo, me aferro a Ti como a un valle embellecido por las flamas!


05:37 a.m.
¡Dios Santísimo! Ayúdame a inflamarme con tu espíritu y a: 1) sentir que algo me odia por las mañanas y me depreda por las noches; 2) entender que una pelota de pig pong es un objeto para el viaje, un objeto que marcha y que retorna; 3) someter en la desdicha mi vieja pretensión de repatriarme tras la noche, pero no de: a) ver en el lenguaje la escultura del aliento; b) sorber a la distancia el eco como un hilo; c) juzgar el beneficio de los ojos ante el nombre.


06:00 a.m.
Todo vómito principia en el lenguaje.
La dignidad nos predispone, mediante el cuerpo, a la comedia. — He aquí
que un cuerpo ha muerto.
(Los pastos patinados humedecen cuanto la sombra ha sido:
su nombre duele, lejano su esplendor sospecha,
corroe su deleite cada espasmo,
cada palmo de yacer, cada minúscula, pues todo tránsito florece en alarido).
Camino de la mar el horizonte ofrece un límite sonoro
y añejos remanentes irisados susurran un laurel sobre la espuma
bajo la espuma, con el viento, junto a los pasos.
Acerca de los actos, el efesio condenó la permanencia,
aun si nos domina la palabra,
pues no hay palabra, ni segmento, ni vacío,
que no se busque en el reflejo conmovido
como no hay fuego, ni fiebre ni pavesa, que no transgreda su luz
y sea genuino amante de extraviarse y ser del aire.
La sombra que refluye extasiada de humedad,
la sombra de aridez,
la sombra que es reflejo o semilla de su muerte,
oquedad para fugaz incandescencia,
murmullo entre la arena,
segundo en que lo habita alguna espuma delirante,
pues todo cae en el temblor o la pavesa, en el segmento despojado o el romance
hasta tornar doloso espectro,
diálogo infame entre las costas del consuelo,
palabra bajo el puño, alarde sobre el puño
                        tan solo para arder sobre la mar!


Día 29
05:00 a.m.
Hondo en el desierto la huella del extranjero accede como una espina y el beso es áspero reflujo. Bajo mi piel, la dulce bendición del odio y el milagro de la muerte palpitan concordantes. Persisto en el reposo de mi habitación. Mis jóvenes vecinos continúan manipulando sus sólidas paletas. Descorro las cortinas y elijo recrear el mundo con especial embeleso, gobernarlo, maniatarlo con el gesto rápido y grosero de mis manos.
El despertador.

  
05:10 a.m.
Finalmente he desistido. En esta precaria brusquedad —la del ruido del despertador que me regresa desde un trance de miedo—, he decidido perseguir alguna ruta a través de la novísima y preclara epistemología de mi época.
Apelo a la huella entre mis sueños.
Amanece.
Ha huido el milagro.


FEBRERO, SEGUNDA SEMANA

Antes hablé de cuerdas y otras herejías. El monje Linji, natural de Haze, era frecuentado por montañas y pequeñas grietas. Ante la brevedad de las moscas, perfeccionó la hostilidad como su método. La tradición lo ha perpetuado, irónicamente, como un anciano delgado, cuya calvicie contrasta con una extraña frondosidad que puebla su rostro gemebundo; unido a esto, aquellos ojos desorbitados de intransigencia, lo finalizan por envolver dentro de un aura de rudeza y suspicacia, acaso señas de su real aspecto. Nunca respetó la autoridad. Nunca pidió. Cada vez que se acercó hasta las orillas del Zhaowang, ante su pálido reflejo, sintió que apenas una cuerda bastaría para evitar la incómoda elegancia de la ancestral y venerada cimitarra.

Como el recuerdo,
una vasija de porcelana acoge húmedo el vacío,
atesorando lo que fue, ante el atisbo de su albor,
algún dorado ovillo de existencia.
(Alguna tímida muchacha que ensayara el alegato de su afecto,
puesto que alguien le ha revelado que el amor
no es más que un cuenco en que la chicha se fermenta
).
En otro lado del mundo
se aprecia en la difícil porcelana
esa frondosa alegoría de nubarrones pasajeros
que les imponen sus resquicios calculados.
Me explico:
Valiéndome de una astilla he asesinado a cuatro dioses.
            (De esta manera interactúa una vasija con el ruido).
            Sobre mis palmas, una sospecha de la luz que peregrina.
                                    (De esta manera interactúa una vasija con el sueño).




De El supermercado al mediodía:

 

NATURALEZA MUERTA CON FRUTOS PERFECTOS


«Estas granadas que se agrietan y hieren labios exaltados no consideran abarcar la arquitectura ni ser insólitos emblemas de alguna mente perturbada; ellas pretenden el sabor que las prolonga, apenas lo nutricio»—, para olvidar mi fatigoso desamparo me detengo ante este cálculo, esta noción de permanencia que admite el fruto. ¿Quién recordaría esta demora como la escena familiar en que las moscas ejecutan su conmoción o terquedad de dinamismo?
Un niño reclama a su madre. Le dice que ha encontrado las granadas mucho antes que ella. La madre asiente sorprendida. Quiero decirle que su hijo las ha imaginado mucho antes que ella—«Su pequeño ha pincelado estas granadas»—, pero me limito a sentenciar en el contacto, a vulnerar en la fricción como buscando esa rutina del defecto que se dispersa en lo creado. Percibo algunos frutos de aroma y de textura delicados como una joven enfermiza. Creo ver en ellas geometrías rigurosas, aislamientos refinados, sentir el alegato del intruso, la variación jurásica, el mecanismo darwiniano entre partículas cautivas.
Quiero entregarme a la esperanza del reencuentro y a la emotiva corrupción de la violencia. El pequeño da brincos alrededor de su madre. Las granadas me sugieren el principio del temor: SI ALGO SE EXPONE, ENTONCES TEME POR TU VIDA.
Quiero creer en el psicópata frente a la imagen que se expande desde un punto, en el hombre ante la fe o ante el reporte matutino de personas extraviadas. «Ha sido un juego solamente—le diría a su víctima—. En unas pocas horas estarás de nuevo en casa».



HE VIAJADO A 300 KM/H PARA VERTE BAILAR SOBRE EL CAPÓ


La muchacha que completa, en el anuncio, la delicada circunstancia familiar, como segmento, o agregado, por fuerza, ha de entender que su figura no ha de sestear, con aparente solidez, sobre el capó de algún audaz y repulido Rolls-Royce 1900, 71. Esta mujer piensa: «Empujar el carrito de las compras me sitúa en algún punto de la cadena alimenticia». Y entonces se conduce con el placer legítimo de los compromisos bien remunerados, y vincula su postura al artificio, deseando ser una estatuilla delicada sobre el capó de un refulgente Rolls-Royce viajando a 300 km/h sobre la Panamericana Norte. Toda la ligereza del paisaje emancipado de su forma sin apenas un cabello liberado de su asalto. Bajo su falda, la estela de un galeote. Así, cuando la noche cubre su espíritu de calma, espera el dulce desahogo de un indicio. ¿Acaso el camisón que la fatiga y, obstinado, sus tetas compromete, abrigue esa alegría del consuelo como un tacto? ¿Se comprende adelantada o mascarón de proa en cuanto hurga el mecanismo exasperado de sus pechos? Esta mujer es una imagen de la felicidad, una imagen provechosa que reproduce la fortuna: empujar el carrito de las compras a velocidad constante, anclarse al porte de los entredichos con una mueca comparativa, estar a la espera, obedecer al prójimo, obligarse al apetito. Un Rolls-Royce 1971 viaja a 300 km/h para ofrecerle a esta mujer aquella firme calidez de un corazón imperturbable.



AHORA QUE LOS JÓVENES Y LAS BOTELLAS SUSPENDIDAS

Ahora que una A circulada ornamenta las paredes de esta gran ciudad y rememora el frenesí de la belleza que participa de los libros, pero que nadie se molesta en presumir, tomar las calles como perros delirantes para roer, en el secreto de la rabia, sus más pulcras avenidas, configura la estrategia de una noble juventud entusiasmada—furiosamente, para ornados— con el prójimo. Y aquí estamos.
Un anarquista deambulando por los pasillos de un supermercado al mediodía es toda la estética de la que es capaz el anarquismo: el parche que luce esta persona guarda una severa relación con la amargura de estos tiempos.
Aunque asumamos que este hombre es bello porque cede el paso, porque se abrasa en las mejillas, porque conmueve, nada de esto nos podría prevenir ante la primera arruga que, al herir su bendecido rostro, desatara una pasión pendiente, muy similar a la apatía, porque si bien este hombre es bello y cede el paso, también es una bestia conmovida, un argumento rebatido por el tiempo.
Cualquier manual de arte da por sentado que la experiencia nos desborda, que nos despoja de la línea eterna y nos entrega al empellón del horizonte. (En el sistema de masas, una falla es un fenómeno al que podemos sacar provecho de alguna u otra manera).
Este joven anarquista representa el desenfreno de los años insurrectos de la razón. Este muchacho es una caja desglosable.
                      ¡Están llamando a la acción directa!
                                                          ¡Oigo sus voces acercarse!
Y asaltamos las calles para dibujar el grafiti curvado de la libertad y todo arde por un segundo porque correr cuando las botas no pesan más que la esperanza del retorno es una aspiración contra los frutos más pesados de las ramas del presente y toda aspiración contra las ramas del presente es aplaudida por los cuerpos perseguidos, por su propia inclinación a ser retumbo de la carne, fisura imperceptible del presente.
                      ¡Están coreando los sermones en las plazas!
                                                                                  ¡Capullos de Proudhon!
Un joven anarquista merodea por los estériles pasillos del supermercado. De pronto, estira un dedo y lo balancea como dibujando el símbolo de su desengaño, una A circulada sobre la imagen esplendente de una bonita caja de cereales: la pauta del humor en un fanzine anarcopunk.
                      ¡Están llamando a la acción directa!
                                                                      ¡Escucho a sus corceles acercarse!
Pero alguien, entonces, nos consuela: «¡Hacia la resistencia, camaradas! ¡Están curvando las figuras!» —Esto es hermoso.



AZUL PRUSIA


Juraste amar nuestro retrato: «Lo juro, Amor. Adoro urdir nuestros retratos». Pero el ocaso nos impidió albergar esa consciencia fresca que prometía transformar nuestra codicia renovada en anticuadas contracciones del percance.
No hay nada más hermoso que una mujer un poco colocada deslizándose por los alrededores estridentes de Plaza de Armas. Tomar su cabellera por una pétrea paradoja y maniatarla con una extraña melodía de rogativa en tregua, en cesación de encargo, en relativa pausa de su patrocinio. Acariciar despreocupadamente su regazo con un ardor sutil que lo obligara a desprenderse bajo la tela irrespirable de la noche. ¡Pues tomaremos las palabras cotidianas, en el sagrado orden cotidiano, para desmantelar el dadaísmo! «Lo juro. No hay nada más hermoso que el retrato».
                                                                                   —Si bien tu piel es el reflejo                                               de una antorcha bajo el amparo de su instinto,
                                                                      tu sexo es la sospecha de una noche
                                              aún más vaporosa que la noche—.
Encogidos de correspondencia, la madrugada nos sepulta entre las mieses de la aurora e interpretamos la resina del silencio, porque en el orden nuestros cuerpos se desatan confundidos al arder desde un estímulo remoto, desde una chispa, desde una fuga de la nada. «Cariño, estás ardiendo —me dices—. Somos apenas dos astillas contrapuestas». Puedo sentir el olor del quitaesmalte sobre tu llaga reciente. ¡Algo me dice que un espíritu más grande sí es posible y que tomemos las palabras cotidianas, en un orden virtuosamente sobrehumano, para blandir una farola! «Cariño, estoy ardiendo. Somos apenas dos brochazos superpuestos del otoño».
Conjeturo que un listado definitivo de la envidia ha de incluir la disyunción como premisa confidente, pero es posible que mi razón vague perpleja bajo el efecto agitador del quitaesmalte. En tales condiciones, valerme del cadáver de una rosa me obligaría a compararla con un falo. «Cariño, deja para después todas las rosas». Escucho tu voz cuando escuchar tu voz reprime el canto que venera el orden necesario de la fe (Espacio Vacío Retrato) como una roca abandonada de su oficio entre la fibra. «El quitaesmalte que alimenta mis retornos, también eclipsa aquel rumor endurecido del letargo que nos pierde».
Ven a decirme que el silencio es una llaga humedecida o que la madrugada es el calvario, pero que no importa. Ven a mostrarme cómo la noche se desliza entre tu cuerpo y cómo el crepúsculo repuja una pestaña inabarcable entre tus manos. Te recuerdo adormecida sobre una banca hedionda en Plaza Elguera. Eran los años en que el vigor se confundía con el anzuelo de la sed y la venganza era el feroz retrato de una muchacha abandonada contra el día, sobre la piedra roja, junto al falsete de su mal, bajo sus pechos.
—Como la plácida violencia
de una pluma correctora
sobre los montes azulinos de la mecanografía;
así, como este escrúpulo de nube,
luces hermosa al aplicarte,
                      desgarradora, meticulosamente,
          la hipnosis líquida del quitaesmalte—.
Al recurrir a un crisantemo, o flor cualquiera, nos preguntamos por el código viciado del disfraz. ¿Por qué elegir el silencio cuando tanto anzuelo nos reclama? «El color del té de crisantemo al mediodía me recuerda a la sospecha del dolor que es el cortejo entre dos aguas». Te he observado al alejarte, irregular y reflexiva, como evitando a las extrañas marejadas de mi sombra. «Cariño, ardemos. Somos apenas dos banderas sobre el vezo de la rabia», te revela el eco.
La vecindad es una bota tumefacta sobre mi cabeza;
el quitaesmalte nos suspende en su maniobra
          hacia el retiro,
                      porque la soledad nos compromete en el desvelo,
nos predestina al sueño que transita la distancia
          entre el amaño del amor y el apetito.
«Que no transita la distancia…», alguien nos burla, «…entre el amaño de mi amor y el apetito». Pero la posesión de nuestros cuerpos perforados palidece como lejanos promontorios de arenisca cuando lo dicho y el retrato, en una curva, se devanan.






Daniel de los Ríos. Cursó estudios de Filosofía en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Poemas suyos forman parte de Recitales Ese puerto existe. Muestra poética (2010-2011). Ha publicado Exhibición permanente (2013) con la editorial Paracaídas y ha sido finalista en el VIII Concurso Nacional de Poesía Premio José Watanabe Varas 2013, la XVII Bienal de Poesía Premio Copé 2015 y el X Concurso Nacional de Poesía de la Asociación Peruano Japonesa Premio José Watanabe Varas 2017.

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