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martes, 25 de agosto de 2015

Eduardo Chirinos. Treinta y cinco lecciones de biología (y tres crónicas didácticas), por Paul Guillén

Eduardo Chirinos. Treinta y cinco lecciones de biología (y tres crónicas didácticas). Lima: Paracaídas Editores / Animal de Invierno, 2015.

El otro día andaba en un auto por una avenida, cuando de pronto una ardilla trató de cruzar la pista; como esa presencia insólita en la urbe se me figura este nuevo libro de Eduardo Chirinos. Treinta y cinco lecciones de biología (y tres crónicas didácticas) me sirve para preguntarme sobre la presencia de animales en la poesía peruana. Por cierto, este libro ha sido publicado en México por La Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) y Textofilia Ediciones.

En la poesía peruana es común asociar este uso de animales con dos autores ya fallecidos como Antonio Cisneros y José Watanabe (por ejemplo, y por decir algo, quién no recuerda la ballena de “El poema sobre Jonás y los desalienados” del poeta miraflorino, o el lenguado o la mantis religiosa del poeta nisei), incluso, el propio Eduardo Chirinos en sus anteriores poemarios también manejaba un bestiario constante; y no hablemos de la presencia del caballo que es más decidida dentro de nuestros poetas como son los casos de César Vallejo, José Santos Chocano, José María Eguren, Jorge Eduardo Eielson, Washington Delgado, Jorge Pimentel, etc. Para ser justos no debemos olvidar que dentro del post2000 un poeta como Miguel Ángel Sanz Chung aborda el tema de los animales en su inicial La voz de la manada. Si hablamos de bestiarios en Latinoamérica no podemos dejar de mencionar los libros Manual de zoología fantástica de Jorge Luis Borges y Margarita Guerrero; Bestiario de Juan José Arreola; La oveja negra de Augusto Monterroso; Álbum de zoología de José Emilio Pacheco; entre otros. Pero para hablar de bestiarios tenemos que retroceder a la época medieval, donde en distintos géneros literarios se recogían reflexiones sobre animales y plantas con un carácter moral.

El escritor Fernando Iwasaki afirma, en el prólogo de Coloquio de los animales, —antología donde se reúnen los animales que pueblan los anteriores libros del poeta de Cuadernos de Horacio Morell— que Eduardo Chirinos “se ha convertido en lo que tantas veces soñamos: un naturalista”. El propio Chirinos en una nota para ese mismo libro refiere que el título de su antología se vincula con una escena de la última de las Novelas ejemplares de Cervantes, donde dos perros —Cipión y Berganza— se asombran de su capacidad comunicativa y empiezan a hablar.

En Treinta y cinco lecciones de biología (y tres crónicas didácticas), libro ilustrado por David Miles Lusk, Chirinos hace hablar a estos animales, pero no con un carácter moralista, de fábula o para darnos una parábola; apunta un hecho guiado por el cuerpo del animal, no se trata de tomar a los animales como metáforas culturales, sino de darles voz y real existencia.

En el primer poema del conjunto es el dodo, quien reclama: “Lujo costoso las alas. / En dos siglos nos borraron de la tierra. / Nadie se acuerda de nosotros”. Es la extinción de las especies, pero también el desplazamiento migratorio de las mismas como en: “Vinimos caminando / de África o de la India, de Madagascar / o de la Antártida” (poema “8”, se trata de “el moa, ave gigantesca que proliferaba en las dos islas de Nueva Zelanda”). En el poema “9 (Cicada orni)” se hace una abierta crítica a la fábula y sus cultores (Esopo, La Fontaine y Samaniego), puesto que estos autores le hacen “mala prensa” a ciertos animales: “Comprendo que se trata de una fábula, que / mi canto [el de la cigarra] no merece ninguna recompensa, / que soy alegoría de la conducta humana. / La verdad es que yo no canto”. En el poema “20 (Geococcyx californianus)” se trata de relacionar al correcaminos con el de los dibujos animados: “Mis patas / no son tan alargadas, tampoco tengo / ese penacho tan gracioso en la cabeza. / Qué le voy a hacer, se trata de dibujos / animados”, aquí el poeta se sirve de la mención a los mass-medias y entra en un tono diferente a los demás poemas —el resto de poemas tiene más bien un tono documental y descriptivo—, lo cual lo hace más refrescante en ese remate irónico:

“Cosas del equilibrio ecológico:
yo me alimento de culebras, insectos,
lagartijas; el coyote se da un banquete
con los míos. Mi única venganza son
los dibujos animados. Ver al coyote
rajado, herido, maltrecho y chamuscado”.

El poema “22 (Sacculina)” nos da una paradoja de la interacción biológica: “de adulto / me transformo en un saco blando, / así me acomodo en el vientre del / cangrejo y hundo mis raíces a lo / largo de su cuerpo. Luego lo castro”, lo interesante es que esta acción también puede ser una metáfora de la escritura, del lenguaje, de la política, etc. El poema “24 (Rhinoceros unicornis)” es claramente un poema ecfrástico, es decir, se crea el poema a partir de una obra visual (Durero, Longhi). El poeta trata de reconstruir con palabras una imagen. El poema “32 (Struthio camelus)” tiene un final más ligado al lenguaje científico, casi un apunte, una descripción, una “leyenda” sobre el avestruz: “Grupo: rátidas. Carne: roja / y comestible. Altura máxima: tres metros”.  

Por su parte, las “tres crónicas didácticas” poseen otro estilo y se refieren, las dos primeras, a catástrofes naturales: sobre la extinción de los dinosaurios y la erupción de volcanes. La tercera es “Crónica de Chernobyl” y hace un justo balance entre la Historia, la política y la suerte de los animales:

“La evacuación de Chernobyl supuso la ausencia de habitantes,
el abandono de sus casas, de sus campos, de sus fábricas
de acero y sus plantas nucleares.
Así librada la naturaleza, volvió el castor a su guarida, el águila
a sus nidos, el lobo a controlar la explosión
de conejos y venados. Y volvió el bisonte a punto de extinguirse
para enfrentarse con la nieve cruda del invierno y el calor
insoportable del verano”.

Es triste saber de la extinción de una especie, lo cual ocurre en varios textos del conjunto, y en este último que cierra el conjunto: “El último bisonte del Cáucaso murió en 1919, en plena / revolución rusa, y en Bialoweska quedaba medio centenar / antes de la segunda guerra. Y aquí se acabó la historia”.  

Eduardo Chirinos aporta datos curiosos, incluso hace gala de erudición en sus temas, reflexiones sobre la naturaleza de los animales, paradojas de la evolución, etc., pero en “5 (Vicugna vicugna)”, creo que comete el exceso de la obviedad. El tratamiento que le da a la vicuña cae en el lugar común: “En el Perú, sin / embargo, nos consideran un símbolo. / Una de nosotras figura solitaria en el / escudo nacional, junto al árbol de la quina”. A mi parecer desentona con la manera tan fluida y conmovedora en que trata a sus otros animales. Creo que si Eduardo Chirinos intentara salir, más seguido, de esa zona de sosiego desde donde escribe sus poemas lograría porosidades y fisuras como las que se perciben en los poemas 20, 22, 24 y 32. Pero, de todas maneras, este gran coloquio de los animales suma así una nueva e importante estancia en la poesía Eduardo Chirinos.

1 comentario:

Luis dijo...

Descanse en paz Eduardo Chirinos

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