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domingo, 16 de octubre de 2011

RICARDO QUESADA: EL POETA INMOLADO [Testimonio de Roger Santiváñez]

CONOCÍ a Ricardo Quesada en la bohemia del restaurant-chifa Wony del jirón Belén en el centro de Lima hacia 1982. Por aquel entonces Quesada era un funcionario público en un Ministerio del estado y solía llegar por el Wony después de su trabajo. La pasión por la poesía y el arte ya estaban muy metidos dentro de su alma, al punto que –muy pronto- renunció a su chamba (con la aprobación de Hilda, su valiente Hildichi de toda la vida) para dedicarse íntegramente a la poesía. En esos días usaba una especie de impresora-mimeógrafo denominada Dito con cuyas letras azules empezó a publicar sus poemas en hojas sueltas, las que repartía entre sus amigos de la poesía y diversos concurrentes al bohemio Wony.

ERAN las épocas del Movimiento Kloaka y Ricardo Quesada se acercaba a nuestra mesa para compartir y/o criticar las variadas manifestaciones o actitudes del Movimiento. Tenía una especial amistad con el narrador Mario Wong (hoy radicado en París) con quien –pronto y con Armando Arteaga- publicaron Maestra Vida, una de las más importantes revistas de poesía de los 1983-84 y 85. A partir de entonces entré a trabajar en el semanario OIGA y me alejé de la bohemia del centro. Dejé de ver a Ricardo Quesada por un tiempo.

PERO pronto volví a ella. En efecto, hacia fines de 1988 empecé a regresar –esta vez a Quilca- ya que el Wony había desaparecido. Empezaron los eventos de arte callejero total denominados Quilca Shows o más peruanamente hablando Killka Chou ideados –originalmente- por Piero Bustos, Jorge el Negro Acosta, Pancho Alcázar y quien redacta este testimonio. Allí volví a encontrarme con Ricardo Quesada, quien era siempre uno de los puntales a la hora de leer poesía. En esos tiempos había estrechado su relación con Piero Bustos y la banda Delpueblo de modo que Ricardo era una especie de co-ideólogo de las distintas performances que Piero realizaba por calles y plazas, así como centros culturales, teatros y galerías de Lima, la esponja. Esto es lo que ellos llamaban Un Acto. Desempeño performático que implicaba una acción radical, en un cuestionamiento frontal al orden establecido.

ASI fue como el 19 de Julio de 1989 durante el Ciclo de Poesía Peruana Contemporánea que organizó Cesáreo Martínez en el Instituto Cultural Peruano Soviético de la Av. Salaverry, Ricardo, Piero y quien escribe este documento realizamos una Performance de poesía y rock-fusión de índole abiertamente comunista y en homenaje a los diez años de la Revolución Sandinista. Allí debutó con una danza personal portando el rojo y negro Sandinista Pamela Quesada, la cuasi púber hija de Ricardo, quien hoy es una connotada ballerina de danza moderna residente en Norteamérica. Podría decirse que en esos inolvidables días Ricardo y yo, éramos los poetas del grupo Delpueblo. Es decir leíamos poesía –eventualmente también nos acompañaba Dalmacia Ruíz Rosas- en muchas de las presentaciones musicales de la banda.

A FINES de 1989 varios de los que habíamos sido militantes del Movimiento Kloaka decidimos organizar un evento al que llamamos Thanatos Go Home y lo llevamos a cabo en Las Campanas, escuela de teatro y oratoria que Hudson Valdivia (uno de los más grandes actores e intérprete de Vallejo que ha habido en el Perú) tenía con Grover Gamnbarini (ex Presidente de la Federación Universitaria de San Marcos y discípulo y amigo íntimo de José María Arguedas) –ambos bohemios de Quilca- en los altos del cine Le Paris en La Colmena. Este fue el origen del Comité Killka, colectivo de arte integral que lideró las actividades públicas callejeras en Quilca hacia 1990 y 91 bajo la batuta de la poeta Mary Soto. Ricardo Quesada fue uno de los más conspicuos participantes del Comité Killka. En esta época estuvo cerca también del grupo teatral Kuerpo (ex Ulkadi) junto a Miguel Blasica, Slim, y Martha Gutiérrez. Igualmente leía poesía en algunos conciertos subtes como los que organizaba Raúl Montañez y su banda Cabaret Rojo y era frecuente verlo en Quilca (ya sea Queirolo, Las Rejas, Bar de los Recuerdos, Tino’s Bar, Mamamani Pub o Galileo en Amargura) enfrascado en la noche interminable de una conversación pura –digamos- con Juan Ramírez Ruíz o el legendario subte Edgar Barraza, Kilowatt.

POR supuesto que –igualmente- era un poeta insoslayable en las lecturas de los Lunes del Sapo, organizados por Piero Bustos en Las Rejas, con rock and roll y poesía. En estos momentos de los tempranos 90s ya era conocido como Charly García por un look cercano a la imagen del rockero argentino en su delgadez, pelo largo y –sobre todo- una clara actitud rock de procedencia hippie y aún beatnik. En esta época Ricardo popularizó sus collages, conjugando imagen y texto, trabajando con recortes de diarios y revistas que armaba de una manera singular para producir un efecto altamente poético. Ya a mediados de los 90s editaba sus poemas en hojas denominadas El Creyente y finalmente sería Desakato, el membrete bajo el que hizo circular infinidad de poemas por todo Lima.

EN EL 2001 salí del Perú y perdí el contacto con Ricardo Quesada. De pronto en 2004 recibí una comunicación suya contándome que se encontraba en Louisville, Kentucky, Estados Unidos, visitando a su esposa Hilda y a sus hijas Pamela y Penélope –eximia flautista clásica-. Reanudamos nuestra vieja relación. De los correos electrónicos que me mandaba le sugerí configurar un libro y así salió ‘Blue moon of Kentucky’, editado en Lima por Hipocampo. Después –a su regreso a Lima- se dedicó a viajar por distintas partes del país y acuñó la frase: Una manera de vivir es vivir sin detenerse con las que cerraba los poemas que enviaba –vía internet- a sus amigos. En su periplo llegó hasta Buenos Aires. Por el 2008 nos encontramos en Huancayo y él organizó con la ayuda de los poetas Sergio Castillo, César Gamarra y Marx Espinoza Soriano la lectura que realicé en dicha ciudad.

EN los últimos tres años, andando completamente solo por la ciudad, Ricardo Quesada permaneció incólume su rebelde y orgullosa decisión de entregarse a la poesía. Viviendo a salto de mata –auxiliado por algunos pocos amigos- marginal en esencia [Sólo una vez fue reporteado en un diario de Lima por Ricardo Ramírez de la Riva] se mantenía fiel a su vocación por la creación poética. Sobrevivía luchando contra viento y marea. En los recientes meses se había trasladado –otra vez- a su valle del Mantaro querido [donde pasó una cómoda y alegre niñez en La Oroya, lugar donde su padre –ingeniero de profesión- se desempeñaba como alto funcionario de una importante empresa]. Fue desde allí que me escribió sus últimos mensajes electrónicos siempre con un poema. Las misivas finales así como los poemas eran abrumadoramente melancólicos y depresivos, con una dominante sensación de acabamiento final. Alejandra Pizarnik y Amy Winehouse fueron sus temas, así como morir en primavera.

Y así fue. Sin haber comido bien y sin el abrigo necesario para la sierra, el poeta Ricardo Quesada buscó refugio una noche en una chocita del camino a Huancayo. Y la helada de la madrugada se lo llevó con una pulmonía fulminante. El extraordinario Ricardo Quesada se inmoló por la poesía. Es el nuevo icono en esa estirpe trágica y solitaria donde moran Javier Heraud, Juan Ojeda, Luis Hernández, Josemari Recalde, Juan Vega, Carlos Oliva y Juan Ramírez Ruiz. Todos ellos quienes hicieron de su propia vida la poesía. Ricardo hermano, nos vemos en Quilca del cielo. Siempre.

[Collingswood, New Jersey, otoño boreal, 2011]

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