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domingo, 16 de octubre de 2011

COMENTARIO A LA TRANSFORMACIÓN DE LOS METALES DE PAUL GUILLÉN, POR REYNALDO JIMÉNEZ

Todo en la escritura de este libro convoca a una experiencia de transformación, justo en la dimensión propicia a la recreación del lenguaje: al aflorar los fraseos como en un magma envolvente, extralúcido, que vaga o navega en aventura (ese probar constantemente los sabores y consistencias de las combinatorias, de las referencias súbitas y las pautas musicales del entrelazo de la composición) y va creando una especie de espacio mental, a su vez análogo a un rumor (¿enemigo?), al liberar, como quien dice de una sustancia, este fluir somático-semántico (no sé cómo anudar mejor esta entreluz). Pensamiento, en fin, pero de la incantación, es decir fabla salvaje (según ya sabés quién), pero salvaje, no “buen” ni “adaptado”, sino en el sentido de una poética que, entre otras cosas, se define por los sutiles deslizamientos del hechizo, que no paraliza ni busca fijar a un espectador ni a un médium sino que, al revés, se desvía de todo espectáculo (así fuera el de la inteligencia en sus peripecias o piruetas conceptuales) y de toda consignación. Una elegante furia atraviesa su ironía. Ya ves: dije analogía y dije ironía, ya tenés ahí dos elementos capitales a la afinidad romántica, no refiriéndome aquí a ese aspecto puré en que convirtió a ese movimiento en un rebaño de llorones sensibleros, no, no al prejuicio ése, sino a ese otro aspecto, lunar, del otro lado de la cara, digo, de las cosas, del ir pensando en estado de escritura, de reescritura, de transmisión, conectoramente, conectivo irradiar y dejarse atravesar, romántico es tu libro en aquello de restituir la pasión, o la intensidad tonal de lo apasionado, sobre todo en un tiempo (acá el arco de los hechos a la vista nos sitúa contemporáneos de los románticos alemanes) en que la vida parece rebajarse a unos automatismos, a unas claves de repetición, a una separación entre palabra y verdad (consistencia de una experiencia en unanimidad con las palabras-alma, quiero decir). Sobre todo en estos tiempos y lugares en que lo humano ha devenido en infinidad de humanismos, sin perder un ápice de su horroroso solipsismo, cegando incluso (sobre todo allí) a nivel de las palabras. Restituir o reinventar, qué más da, aunque no sea lo mismo, claro, esa intensidad tonal, ya es para mí un empuje liberador. y no es, ni lejos, la única de las cosas que encuentro en tu poesía. Debo seguir leyendo y de a poco, pues sabés que así como voy rápido a un nivel a otro voy despacito, soy más relector que lector, qué se va a hacer. La edición del libro también me parece lindísima, Loyola es un capo y todos sus trabajos son de una gran limpieza, favorecedora de la lectura. Es el tuyo (hablo ahora como objeto a los otros sentidos) un libro que dan ganas de leer, está bueno todo visualmente: clásico de alguna manera, por sobriedad, pero a la vez lleno de esos guiños titilantes de las palabras que la tipografía y el papel permiten ver, y no sólo eso, acompañan con nobleza. Me extrañó lo magro de la edición, será sin duda muy pronto un libro muy “codiciado” por los amantes de la poesía.

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