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jueves, 19 de noviembre de 2009

Hora Zero, cuarenta años después por José Carlos Yrigoyen

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Tengo sobre mi escritorio uno de los libros más destacables de esta década que corre y ya pronto acaba: Hora Zero, los broches mayores del sonido, publicado por Tulio Mora hace apenas pocos días. El amplio volumen es un acontecimiento en varios sentidos. Puede leerse como el legado del Movimiento en todas sus facetas: la poética, la narrativa, la pictórica, la activista; como una especie de balance de los activos y pasivos de la Revolución lírica e institucional que hace cuarenta años Jorge Pimentel y Juan Ramírez Ruiz resolvieron llevar a cabo al considerar que los poetas anteriores a ellos “no escribieron nada auténtico, no emprendieron ninguna investigación, no descubrieron ni renovaron nada” como inscribieron en su célebre manifiesto Palabras Urgentes; y, finalmente, se puede proponer como la historia oficial y definitiva del colectivo, realizada por quien es su teórico principal desde el inicio de su Segunda Fase, en 1977, hasta hoy.

Antes de continuar, quiero dejar algo en claro: en mi opinión, Hora Zero es el movimiento poético más importante del siglo veinte peruano, el que concitó de lejos mayor atención del público lector iniciado y no iniciado, y, además, el que gozó de mayor alcance nacional e influencia en las generaciones siguientes, tanto en la manera de escribir poesía como en la de organizar un grupo literario, generando en ambos sentidos numerosos epígonos. Luego de Hora Zero, muchas características de la poesía peruana cambiaron radicalmente para todos.

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Dicho esto, volvamos al libro. Más de dos tercios de sus páginas están ocupados por el apartado “La reflexión trágica”: una vasta muestra de poemas de prácticamente todos aquellos que alguna vez pasaron por Hora Zero, incluidos sus aliados infrarrealistas y los poetas franceses, latinoamericanos y africanos que firmaron las declaraciones del casi imaginario Hora Zero Internacional, con sede en París. Aquí hay pocas sorpresas. La selección de Mora nos confirma lo que ya todos sabíamos: Hora Zero es un grupo con seis poetas de primer orden imprescindibles para entender la poesía de la segunda mitad del siglo pasado, y varias decenas de abnegados militantes con mucho menor vuelo lírico, algunos de ellos llegando a las mismas puertas de la nulidad. Solo un anquilosado o un ultramontano puede negar la alta calidad y excelencia de Jorge Pimentel, Juan Ramírez Ruiz, Enrique Verástegui, Carmen Ollé, Tulio Mora y José Cerna; pero a la vez es muy difícil defender poemas como los de Sergio Castillo, Bernardo Rafael Álvarez o Donald Sánchez, por nombrar tres de los muchísimos poetas incluidos en la muestra que pueden ser convencidos horazerianos y gente muy noble, pero que como poetas no agregan nada al gran aporte que Hora Zero significa para nuestra poesía. La muestra también me confirma una vieja impresión: que con las notables excepciones de Roberto Bolaño, una parte de la obra de Mario Santiago y algunos poemas de Pedro Damián Bautista, el Infrarrealismo es un movimiento excesivamente sobrevalorado: de sus demás miembros lo más rescatable es la buena onda que derrochaban y derrochan.

Entre los descubrimientos de esta muestra destacan el muy interesante Elías Durand, autor del hermoso libro Días de Blues (1979) y Rubén Urbizagástegui, cuyo poemario Del amor y la muerte en el matadero (1978) traslada con fortuna la cuestionadora retórica de Hora Zero de la ciudad hacia las áreas rurales de Lima. Las secciones dedicadas a la pintura y a la narrativa horazeriana, con la salvedad del apreciable pintor Carlos Ostolaza, son bastante pobres, en especial la segunda. Seamos sinceros: los narradores horazerianos nunca estuvieron al nivel de sus correligionarios poetas.

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Mucho más afortunada es la sección dedicada a recopilar los más importantes manifiestos del Movimiento, titulada con acierto “Las pedradas del escándalo”. Este es sin duda uno de los puntos altos del libro de Mora. Comienza, como es natural, con la partida de nacimiento del grupo, Palabras Urgentes, uno de los más brillantes y violentos manifiestos de la literatura peruana en general; con los años su fuerza impugnatoria y sus invocaciones destempladas y luminosas a la vez no han envejecido un ápice, sino todo lo contrario: basta leerlo, y leer luego la compilación de poesía peruana publicada este año por José Miguel Oviedo para darnos cuenta que nuestra indignación ante ciertas retardadas maneras de entender nuestro devenir poético es idéntica a la que recorría las mentes de esos airados jóvenes de aquel lejano año setenta. Lo cual también es prueba suficiente de que para un sector de la crítica, conservadora hasta la caricatura, las cosas en las últimas cuatro décadas no han cambiado absolutamente nada.

Sigamos. La selección de manifiestos es rigurosa y cumple con el cometido de mostrarnos la épica trayectoria del Movimiento desde los días donde germinaba la propuesta del Poema Integral (planteada en el documento El punto sobre la I, de Ramírez Ruiz), pasando por esa acta de reafirmación, autocrítica y apuesta total por la poesía que es Contragolpe al viento, con la que se inicia la Segunda Fase de Hora Zero. Se trata de un vibrante manifiesto que merece ser rescatado como ejemplo para los grupos actuales, aquellos que utilizan la poesía como coartada para obtener publicidad, o lo que es peor, impulsar una execrable nostalgia por el terror. Leyéndolo ahora, más de treinta años después de su publicación, es fácil comprender que las relaciones de Hora Zero con el poder velasquista y con la izquierda, más que acomodaticias, fueron compromisos con una época en que se exigían ciertas actitudes y acciones que sus miembros asumieron con más coherencia de la que se cree, y nunca de manera incondicional. Considerar que Hora Zero tuvo un periodo velasquista o un periodo trotskista es absurdo. Insisto: más que un compromiso con el poder de turno o una ideología determinada, el de Hora Zero fue con una época de cambios que consideraba intrínsecamente suya.

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Podría seguir comentando otras secciones del libro, como el vasto prólogo donde Mora analiza las etapas y fundamentos teóricos del Movimiento (es un texto pletórico de aciertos, aunque también víctima de algunos juicios ligeros como el sistemático ninguneo a la poesía de los sesenta) o la imperdible selección fotográfica de las páginas finales; pero prefiero terminar este comentario refiriéndome al apartado más conmovedor y novedoso de Los broches mayores del sonido: un conjunto de cartas personales, testimonios y crónicas reunido bajo el título “Otras dimensiones de la memoria”. Los aficionados a la historia de la poesía peruana contemporánea tenemos una deuda impagable con Mora por la publicación de estos documentos inéditos que ha rescatado de disímiles cajones, archivos y baúles, entre los que se cuentan joyas como las declaraciones que Jorge Pimentel escribió para Estos 13 y que el desconcertante Oviedo se negó a publicar, escandalizado; varias cartas del maestro Manuel Morales desde Brasil, donde habla de la amistad, la poesía y el oficio de escribirla en el Perú (“algo que no se lo deseo ni a Supermán”, solía decir), además del rescate de sabrosos testimonios del impredecible Eloy Jáuregui o de Enrique Verástegui.

Tulio Mora asumió con la concepción de Los broches mayores del sonido un reto sumamente ambicioso: el de retratar de manera coral una época y una actitud a las que todos los que escribimos poesía les debemos tanto. Y lo ha conseguido: mas allá de mis eventuales reparos, es un libro notable. Hay que tenerlo.

1 comentario:

rodolfo ybarra dijo...

A qué o a quiénes se refiere Yrigoyen con "grupos actuales que usan la poesía como publicidad o para impulsar una execrable nostalgia por el terror". Y conste que dijo casi lo mismo que el señor Thays en un pasado entuerto (sigo sin entender cómo se puede sentir nostalgia hacia algo repugnante o repelente, salvo que exista una patología, en todo caso estaríamos hablando de una enfermedad, pero de nada literario, mucho menos político).
No sería mejor para todos decir las cosas directamente. ¿Por qué cuando se trata de alabanzas o loas literarias se acostumbra nombrar a los implicados; pero cuando se habla mal de alguien o se suguiere un insulto grave simplemente se apela al eufemismo o a las medias palabras? ¿A qué grupo literario se refiere Yrigoyen? ¿Quiénes son los que usan la poesía como coartada para obtener publicidad? ¿Quiénes son los que se valen de la literatura para "impulsar una execrable nostalgia por el terror"? Ojalá el mismo José Carlos Yrigoyen pueda develarnos estas interrogantes y dar un ejemplo digno de que no todos los peruanos (o latinos en general) hablan entre dientes o se valen de eufemismos para atacar (¿gratuitamente?) a alguien.

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