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lunes, 4 de agosto de 2008

Sobre "Cosas sin nombre" de Violeta Barrientos por Rocío Cerón

Desde lo nimio, ante los sucesos del día a día –aquellos que suponemos vacuos y no lo son: puntos blancos atados a la miseria, gaviotas-nanas-sirvientas que se ocupan del bienestar y son una gran masa no libre hasta que se quitan el uniforme. Cosas así, cosas sin trascendencia aparente. Cosas sin nombre de Violeta Barrientos es eso, un gran políptico de imágenes con situaciones aparentemente sin título, sin grandilocuencia. Situaciones que no pasarían a la Historia pero que conforman la Historia misma.

El hombre que piensa en la huida, sus múltiples desvíos imaginarios para llegar a ella, los migrantes que llegan a un nuevo país que no será su patria, el puente que ha visto caer cuerpo tras cuerpo, aquellos que no son más que una partida de nacimiento sin destino, sin futuro, una cifra del instituto de población. ¿Quién entonces les da nombre, tierra, rostro? Violeta Barrientos, desde una cierta distancia, los mira, los hace carne del poema, trabajo de imágenes y metáforas.

Barrientos mira más allá de la escena humilde o breve, ausculta en el estado, en la posibilidad. ¿Quién es, qué rostro, por qué? Tras el cuerpo, el gran cuerpo que hace el tosido de los tuberculosos, hay destinos, señas, gestos y vidas que no sólo son cifras. La autora no mira necesariamente un nombre, mira el ejercicio vital del hecho, el hallazgo de lo visto. Lo nimio, ese hecho breve, es, casi siempre, el comienzo de la revolución. La propia Barrientos apunta en su texto, 11 “Instantáneas. / Todo espacio es temporal.”, como también dice, en el texto 14 “Los grandes momentos se reservan y añejan para siglos después”, metáfora del retraso de la justicia. Temporalidad que se resuelve en que uno de esos “convalecientes” de vida, se desajusta las correas, rompe el término medio, lanza un grito y hay eco. El eso de los sin nombre, de los despojados.

Cosas sin nombre es uno de esos libros en que hay un cierto tono donde podría no estar pasando mucho. Personalmente creo que es todo lo contrario, en esa mesura de timbre, en la economía de las frases y las imágenes, se esconde un sismo. En esa “Muerte a secas”, en esa muerte que nadie ataja, en el tiempo que pierde la novia al buscar desesperadamente el más bello y barato vestido, hay un punto, una suerte de tierra sin nombre (no man´s land) donde se gesta la memoria. La punzada del dolor cotidiano es el aviso a los hombres de que siguen en pie, con vida. Dolor no brillante (opaco, tedioso, constante) que marca la historia de cada hombre y de cada mujer. Es justo desde este punto donde nacen las prosas poéticas de este título. La autora atestigua ese dolor, ese instante y de ellos, de esos muchos, que a la vez son tan pocos (las historias de los hombres son tan repetitivas…) quedará esto que nos dice la autora: “Otros volverán sobre sus huellas y así se urdirá una historia a sobresaltos, de cada cinco, uno, de cada uno, algo.”

Julio, 2008, Ciudad de México

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