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jueves, 11 de enero de 2007

Zoom de León Plascencia Ñol por Ángel Ortuño

El libro Zoom fue Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2005 en México

“Cuando alguien reconocía que yo, en ésta o en aquella página había conseguido describir ciertos rasgos extraños, yo hubiese preferido encontrar la anafilaxia”. Con esta frase remata Henri Michaux uno de los escritos reunidos bajo el título Emergencias-Resurgencias. Un texto donde contrasta las posibilidades de “rusticidad” entre el dibujo y la escritura. Concluye que para la segunda son nulas, que cuando se escribe “en bruto” es a pesar de la escritura misma. De ahí que se valga de un término propio de la biología para presentar el horizonte deseado: no sólo se trata de “describir ciertos rasgos extraños” sino de producir la anafilaxia, es decir: “la sensibilidad exagerada del organismo debida a la acción de ciertas sustancias orgánicas, cuando después de algún tiempo de haber estado en contacto en él, vuelven a hacerlo aun en pequeña cantidad, lo que produce desórdenes varios y a veces grandes”.

¿Cuáles son, para el caso, estas sustancias? Michaux mismo las enumera líneas antes: “La lengua, enorme estructura que se transmite de generación en generación obliga a serle fiel y continuarla, empuja a demostrar su gran categoría”. La lengua, pues, está “saturada por la abundancia, el lujo, la cantidad de inflexiones y matices”. He aquí las sustancias referidas.

Eduardo Milán ha dicho sobre Zoom que su escritura “es un coloquio interferido secretamente por un escamoteo”, también que en este libro: “Por primera vez veo en la poesía mexicana a la elipsis practicada sobre el habla que se habla en la calle o en la alcoba al alba”. En ambas afirmaciones hay, me parece, palabras clave: escamoteo y elipsis. Por tales debemos entender operaciones que se ejercen sobre ese elemento de saturación, sobre esa obligación respecto a la gran categoría de la lengua en tanto que depositaria de toda una tradición.

¿Qué es lo que ocurre en Zoom? Propongo que León Plasencia opera por sustracción, no en el afán de quintaesenciar al que obedecería una línea afín a los postulados de la propia tradición, sino dentro de un vigoroso ademán a contrapelo.

Veamos: la destinataria explícita —podríamos decirle “protagonista” sólo a condición de violentar, ¿y por qué no?, tal noción narrativa— de los escritos es “la flaca”. El lado flaco, pues, es la cara de acceso al poliedro del libro. Y dicha flaca, si no perdemos de vista el Diccionario es un “defecto moral o afición predominante en una persona”.

¿Qué determina el escamoteo? Un defecto y una afición predominante. Si seguimos por esta línea, un defecto específicamente moral es aquel que se opone a las buenas costumbres. ¿Qué determina la bondad o no de dichas prácticas? El inconmensurable acumulado, la enorme estructura transmitida de generación en generación: la lengua. Pero ya hemos dicho que aquí se sustrae, se escamotea, se practica la elipsis: se le busca el lado flaco a la escritura. Todo lo cual no discurre hacia el objetivo de la depuración sino —como lo declara sin ambages uno de los textos finales— hacia obviedades repletas de inocencia. El movimiento de zoom in, el acercamiento, nos pone por delante a la obviedad y la inocencia —escarnecidas como defectos, como asunto de la mala literatura— pero no bien llegamos, somos retirados por un subsecuente zoom out: una escritura que interfiere el habla so capa de una flaqueza, de una afición predominante, aparente continuidad del asunto cómodo de la lírica amorosa; que la interfiere y la interviene en el sentido más gratamente agresivo de ciertas intervenciones en el terreno de la plástica: no el extrañamiento sino la disolución de una familiaridad —el habla— que al no ser tal nos entrega —tal vez freudianamente— al placer de lo siniestro, al disfrute de la avería de la costumbre.

De ahí que “la flaca” —la afición predominante— devenga “la posesa”, con la furia y deleite de quien realiza malas acciones: un alegre sabotaje. (Nada se dice aquí de los zapatos de “la flaca”, pero doy por sentado que son etimológicamente los que al caer en el engranaje del habla producen la avería de la escritura.)

No obstante lo anterior, y desde su avería, la escritura de Zoom se reconoce en esta tradición a la que más que negar, potencia: opera para lograr las pequeñas cantidades de aquello que antes saturaba el sistema, y produce con ellas los desórdenes “varios y a veces graves” que, siguiendo con la metáfora de las consejas populares sobre la salud, permiten que Zoom traiga a la poesía mexicana la “corriente de aire fresco” que Milán le atribuye.

Lejos del aspaviento —esa demostración excesiva o afectada que suele reclamar para sí el privilegio de lo nuevo—, Zoom se presenta a sus lectores con la certidumbre de la invención, del descubrimiento: si algo ya estaba ahí —como es, además, de suponerse— se nos hace presente en su dimensión más nítida gracias a este libro o aparato de óptica, “aunque nunca / el nombre es lo correcto”.

POSTALES PARA UNA POSIBLE GUÍA POR BERNARDO ESQUINCA


¿Por qué escribir un libro de viajes? ¿Por qué creer que algo que es profundamente íntimo y personal puede interesar a alguien más que los amigos o los compañeros de aventura? En el prólogo de su Apuntes de un anatomista de ciudades, León Plascencia Ñol da una clave al respecto, tras enumerar una serie de imágenes atesoradas de país en país: viajar es una de las maneras más próximas de encontrar la felicidad. Escribir un libro de viajes sería entonces una forma de extender esos hallazgos a quien quiera que esté dispuesto a compartirlos, a contagiarse de la mirada que descubre a cada paso, a cada vuelta de esquina, un mundo extraño que es vital compartir porque, como se sabe, ningún hombre es una isla pero tampoco ningún hombre es una sola ciudad.

León se asume como un investigador --el diarista o cronista como detective, explica al inicio del libro--, que husmea aquí y allá siguiendo las huellas no sólo turísticas sino también literarias que cada destino contiene. Witold Gombrowicz, Adolfo Bioy Casares, Borges y Ricardo Piglia en Buenos Aires; Sebald, Robert Waltzer, Kafka y Sergio Pitol en Praga; Vila Matas, Marsé y Bolaño en Barcelona; Tabucchi, José Cardoso Pires, John Doss Passos y Pessoa en Lisboa.

Si León se refiere al viaje como una manera de la felicidad, tiene el acierto de también describirlo como una adicción, un padecimiento. Y da otra pista del por qué de su libro: “Esto debe ser la enfermedad: hacer literatura”, escribe casi con resignación.

Álvaro Cunqueiro decía que las ciudades suelen tener nombres secretos y que quien los conoce puede dominarlas. Por lo tanto, cambian su nombre constantemente. Esto parece comprenderlo muy bien el cronista-detective de Apuntes de un anatomista de ciudades. En el texto sobre Praga reflexiona: “Praga es lo que no se ve. Algo se nos oculta a los extranjeros, a los turistas. La verdadera ciudad está por debajo de los ojos. He caminado alrededor de doce mil nombres que se ocultan”.

También las ciudades son amores fieles. Como León escribe, “hay ciertos lugares que inoculan lentamente su virus para que ya nada sea igual”. Así, la niebla y la tristeza de Lisboa se vuelven un vicio, como bien advierte Flaubert en esas mismas páginas. Los ajenjos bebidos en el barrio gótico de Barcelona descubren un brillo distinto en las cosas. En Buenos Aires, hay que perderse entre cientos de mujeres extraviadas. El té de coca bebido en Cusco no logra conjurar el mal de altura ni, lo más importante, el mal de Montano, el mal de Vila Matas, el mal del que León se confiesa afortunado depositario: la enfermedad del paseante.

En consecuencia con eso, el cronista-detective se reconoce como un hombre de ideas y no como un hombre de acción. Después de una expedición por aguas caribeñas abordo de una lancha, donde las olas amenazantes le hacen pensar que acabará en las mandíbulas de un tiburón de un momento a otro, confiesa: “Mi máximo riesgo es mover rápidamente los hielos con el dedo índice de un vaso cubierto de whisky”. Y está bien que así sea. León no es Hemingway lanzándose de cabeza para atravesar la puerta de su avión en llamas en plena sabana africana. Todos sabemos cómo acabo Hemingway. León escribe, en cambio: “Lo importante es que sigo enfermo y feliz”. En lugar de aventuras desaforadas, nos regala su ojo literario, que encuentra historias en todo momento, micronarraciones dentro de su propio relato, como la magnífica postal de la mujer vendada que acaricia a su gato en una ventana de la convulsa Bogotá.

Del panteón de La Recoleta con sus fantasmas literarios a Boca de Iguanas, del mercado de la Boquería con sus langostas que aún se mueven inquietantemente al Puente de los Suicidas en Lima, de la Plaza Bolívar merodeada por yonquis que se inyectan a ritmo de vallenato a la avenida Chapultepec (el regreso a Ítaca del cronista-detective), la mirada de León Plascencia Ñol nos descubre las contraseñas para penetrar mundos que no nos pertenecen. Es la visión de quien llega a sitios de los que no quiere irse y de los que nunca se irá, porque este anatomista de ciudades quedó atrapado para siempre en las páginas de su propio libro. Y, lo más relevante, sus lectores con él. Por eso hay que escribir libros de viajes: para que el eco de nuestros pasos en esas calles ajenas no se apague nunca.

Apuntes de un anatomista de ciudades
Consejo Estatal para la cultura y las Artes de Jalisco
2006

Cinco poemas de Odette Amaranta Vélez Valcárcel

  Fuente: Andina                                 al borde la arcilla                                 hurgas humedad                         ...