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domingo, 11 de septiembre de 2016

JUAN OJEDA, UNA SOMBRA ARDIENTE, Por Hildebrando Pérez Grande (UNMSM)

Aún no sé bien porque extraña razón o vigencia de algún pacto secreto me ha tocado el duro oficio de hablar, una vez más, a pesar de mis reticencias, sobre los poetas de la Generación del 60. Créanme si les digo que no es una tarea fácil, sin embargo alguien debe asumir este desafío y, al parecer, tan sólo por el privilegio de haber disfrutado de sus amistades o haber compartido con algunos de ellos el oscuro esplendor de alguna sucia madrugada, tengo una suerte de responsabilidad ineludible y debo hacerlo, a sabiendas de que Javier Heraud, César Calvo, Luis Hernández, Antonio Cisneros, Hernando Núñez, Juan Ojeda y, acaso,  yo mismo, no están o no estamos más en el reino de este mundo.

I saw the best minds of my generation destroyed by  madness…, así empieza  “Howl” / Aúllido, aquel impresionante poema de Allen Ginsberg, Y qué mejor ocasión para decirlo con la misma furia de los poetas beat: “He visto las mejores mentes de mi generación destruidos por la locura… (Yo he visto)” A quienes pasaron por las universidades con ojos radiantes y frescos…A quienes fueron expulsados de las academias por locos, por publicar odas obscenas… A quienes comieron fuego en hoteles coloreados o bebieron trementina…A quienes se encadenaron a sí mismos a los subterráneos para el viaje infinito…A quienes estudiaron a Plotino, Poe, San Juan de la Cruz…A quienes caminaron toda la noche con sus zapatos llenos de sangre… A quienes condujeron una visión para encontrar la eternidad…”.

Me he tomado la licencia de compartir con ustedes algunos versos de Ginsberg porque su desolación vehemente, bien lo sé,  era la misma que la de Juan Ojeda, poeta que hoy, gracias al libro de Javier Morales Mena, estoy  tratando, como lo hizo Vallejo con su héroe miliciano, de restituirlo a la vida, a su vida y a su destino de hacedor de una escritura que nos ilumina en estos tiempos sombríos.

Bien visto, el discurso expresionista de Ojeda no tiene precedentes visibles en la poesía contemporánea de nuestro país, como bien señalan en sus tesis universitarias Rafael Dávila-Franco Cavero, Javier Gálvez y, recientemente, Javier Morales Mena, a quienes, con la mayor dedicación posible puse en las manos de cada uno de ellos, toda la papelería de textos éditos e inéditos que aún conservo y también mis apreciaciones personales que compartí con  algunos estudiosos de la poesía peruana como Alberto Escobar,  Edmundo Bendezú, Ricardo González Vigil, Carlos López Degregori, entre otros, quienes han estudiado la obra lírica del autor de Ardiente sombra.

A mi modo de ver, sus raíces y zapatos para caminar por este mundo están, por encima de  “este horrible viento que baja de las colinas próximas / arrastrando el hedor de los muertos” en la poesía atormentada y en las visiones estremecedoras de William Blake, así mismo en la soledad y el silencio y la conmovedora autodestrucción de George Trakl y en el escándalo que producía el autor de “Sebastián y otros poemas” y sobre todo en ese aire profético que emanaba de sus versos claveteados de dolor por un amor imposible, versos que tan sólo compiten en lo sombrío y aterrador con la poesía del Conde de Lautréamont, pues, Isodore Lucien Ducasse y sus Cantos de Maldoror, eran textos que producían una rara delectación en Ojeda, pues,  advierten nuestra vertiginosa deshumanización y se duelen por  el deterioro irremediable de la condición humana. La tierra dura y no la The waste land es de donde emana la poesía de Ojeda.  Todo su quehacer lírico viene del humus de Blake, Trakl, Lautréamont, Kafka, Camus y si se trata de mencionar a alguien cercano a nosotros, diría que de la mismidad de Martín Adán.

Esos aires metafísicos que ahora se señalan como rasgo distintivo de la poesía de Ojeda, están ligados, pues,  a la resonancia de aquellos dioses, que, lo decimos sin temor, fueron sus pares, sus iguales. Recuerdo que alguna vez, bajo el cielo mezquino de Lima, vi que en el parque universitario, a mi costado izquierdo, caminaban dos sombras luminosas conversando de la manera más animada después de haber estado silenciosos, huraños,  lejanos toda la noche uno frente al otro en una taberna de media mampara. Vi que una sombra, sepultada por un sobretodo oscuro coronado por un sombrero ya sin color definido, le decía con una voz que venía de los rompe muelles barranquinos: “Dime, Johann, dime, qué piensas de José de la Riva Agüero?” y de inmediato escuché que la otra sombra le respondía con una voz de vidrios rotos y más hiriente aun: “Ah, Martinica, Martinica, ya te lo he dicho: poesía no dice nada, poesía se está callada”. Y las dos sombras, entremezclando sus manos, se perdían, radiantes, en las calles confusas de Lima.

Martín Adán disfrutaba diciéndole Johann a Juan Ojeda. No le decía Juan, le decía Johann y éste, halagado hasta el delirio por el autor de Escrito a ciegas, le decía solemnemente Martinica, nada menos que a Martín Adán. No sé bien qué sombra era la más joven, la más irreverente, la más iconoclasta, la más santa. Lo que sí sé es que los dos compartieron más de una vez la orfandad y la  libertad inefables como una cotidiana dosis de misticismo y mortalidad muy suyas.

Juan Ojeda. Poesía metafísica, de Javier Morales Mena, edición que aparece ahora con el sello de la Academia Peruana de la Lengua al alimón con la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de nuestra universidad, es un libro que todos-as debemos celebrar porque su rigurosa  y meridiana exposición recrea y perfila la poética de Juan Ojeda, a partir de una lectura inteligente que sabe analizar, interpretar y valorar, más allá de los “oscuros promontorios” y los “cráneos vacíos”, la palabra redentora de un poeta que supo soportar una “implacable soledad” y “un mundo ajeno a los sentidos”.


Gracias, Lima, 04 de octubre, 2013.

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