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viernes, 20 de julio de 2012

Modernidad poética en el Perú circa 1970: Cinco libros emblemáticos, por Roger Santivánez


En 1968 una serie de sucesos mundiales cambiaron la faz de la historia. La historia que vivimos actualmente. O mejor: la historia que heredamos y en la cual crecimos. América Latina estuvo presente en el Gran Pachakuti y en el Perú su icónico símbolo fue Tupac Amaru. Un dolor político para las masas populares explotadas se arrastraba desde la crisis de 1930.  La curación para ese dolor fue el intento guerrillero del ELN y el MIR.  Desde la inmolación de Javier Heraud (1963) “entre /pájaros y árboles” -como él propiamente profetizó-  y los levantamientos campesinos armados  de Hugo Blanco en el interior del Cuzco la utopía guevarista de la guerrilla se había convertido en un mito fascinante para decenas de miles de jóvenes en el Perú –y  Latinoamérica. En poesía la situación concreta se expresó en Crónica de Chapi, 1965 de Antonio Cisneros en su celebrado libro Canto ceremonial contra un oso hormiguero: “Y abajo / entre las ramas barbudas y calientes: / Héctor. Ciro. Daniel, experto en huellas. / Edgardo El Viejo, El Que Dudó 3 Días / … / Todos los duros. Los de la rabia entera”. Exacta fotografía poética de la columna guerrillera del ELN jefaturada por Héctor Béjar y en la que militó y murió heroicamente después el también poeta Edgardo Tello.

Pablo Guevara (Lima 1930-2006) compuso los poemas de su libro Hotel del Cuzco y otras provincias del Perú bajo la influenza de este entorno en el Perú de la misma época.  Dada su cercana relación personal con Guillermo Lobatón (“Compadre Guillermo” lo llama) escribió desde el corazón sobre la experiencia armada que quedó como un hermoso sueño inalcanzable para sus protagonistas. Y para los poetas fue el motivo de su reflexión –en términos poundianos- con el tono invocativo de un lenguaje enlazado al habla cotidiana: “Más solemne que la Libertad, que las inciensadas Iglesias; / estoy asustado pero espero, / la Historia es mi de puñal de Amor/ al fondo de mil estrellas del Corazón, / la Historia también es el Perú,”. Por primera vez dicho país entra al concierto de la historia mundial en los términos de la Modernidad.

Mas realmente –en poesía- el Perú entra a la Modernidad -tardía por cierto- con el poemario Contra Natura (1971) de Rodolfo Hinostroza. En efecto, dos son las instancias en que se manifiesta claramente dicha situación. El movimiento hippie nacido en Estados Unidos y propalado por todo Occidente encarna su versión latinoamericana en el joven poeta que habiendo empezado más bien con un tono órfico –en su primer libro Consejero del lobo (1965) por la línea de Westphalen y Eielson- ahora cifraba su técnica en la dicción del Ezra Pound de los Cantos. De este modo Contra Natura significa la incorporación de la poesía peruana al consorcio de la neo-vanguardia internacional hispánica, con sede en Barcelona hacia 1968-70 -Le gauche divine-  como se refirió a ello - en encuentro personal- el propio Rodolfo Hinostroza.  Pero más allá de las pretensiones legítimamente intelectuales y políticas, la juventud de aquella generación de 1968, consiguió –universalmente- la inclusión de la poesía y de su manera de sentir  –de una u otra forma – hippie rock- de los años 60 en el espacio de la Modernidad.

Saúl Yurkievich ha señalado que si alguna ideología podríamos otorgarle a Contra Natura, esa sería la del hipismo. En realidad se trata de un planteamiento de raigambre anarquista, refrescado por las teorías comunales y la propuesta política de la rebelión estudiantil de París, mayo 1968  - en franco cuestionamiento del Estado y el orden burgués-  y escrita en un español renovador, inspirado en la prosodia poundiana y también en la imaginería de Octavio Paz, hábil usuario –para variar-  de la elipsis poundiana. Es decir lo que Marjorie Perloff –hablando de TS Eliot- denomina “modo asociativo secuencial”: “Oh Señor de Gran Poder / mi poesía acabará conmigo / animal mortal/ hecha por un animal mortal / pero será leída por jóvenes tan jóvenes / que creerán que es un viejo el que escribe para ellos / no deteriorados por la barbarie del poder / nítidos / mejores /esperan en enormes grupos el Metro de las 6 / andróginos y bellos / la noche fue de amor y marihuana / vienen del Norte y del Este/ quién necesita una patria /los insultos no pueden contra ellos / semejantes al alba /Oh Cesar / ignorando el Poder”.

Como se sabe, Ezra Pound encabezó la revolución del lenguaje poético a principios del siglo XX, durante su estadía en Londres circa 1911, bajo la influencia de su amigo el poeta Ford Madox Hueffer, quien le habría dado la confianza necesaria para “escribir de las cosas no como algo remoto frente a la vida sino de una manera objetiva y en un lenguaje natural”. A partir de aquí Pound llegaría al famoso Manifiesto imagista de marzo 1913 ‘A Few Dont’s’ cuyo primer punto reza “Tratamiento directo de la ‘cosa’ ya sea subjetiva u objetiva” y con más claridad respecto a la escritura prosódica el tercer punto básico: “Sobre el ritmo: componer en la secuencia de la frase musical, no en la secuencia del metrónomo”.  Esta es la clave de toda la poesía moderna: El habla cotidiana y la calidad del fraseo. Con esta dicción Rodolfo Hinostroza configuró un singular manojo de poemas -reunidos bajo el no menos poundiano título de Contra Natura, extraído del Canto XLV: “CONTRA NATURAM / They have brought whores for Eleusis / Corpses are set to banquet / at behest of usura” [CONTRA NATURAM / Han traído putas para Eleusis / Cadáveres se sientan al banquete / a pedido de la usura] - colocándose como el poeta más influyente y respetado en todo el ámbito hispánico después de 1970. Sobre este asunto, no es casual –así mismo- que Pablo Guevara incluyera en su Hotel del Cuzco como Epílogo al poema del mismo nombre (y que es el dedicado a Guillermo Lobatón, Jefe del MIR) una breve composición estructurada con fragmentos –traducidos libremente por él mismo- entresacados del mismo Canto XLV, conocido como ‘Contra la Usura’. Feroz requisitoria poundiana contra la plusvalía, como sabemos, base del enriquecimiento del gran capital.

En este entorno de renovación por la vía del llamado británico modo, Mirko Lauer publica en 1972 un libro sui-generis, desconcertando a la crítica de aquella época: Santa Rosita & el péndulo proliferante cuya primera página reza de este modo: “Un sueño libera las imágenes. Bajo el sueño que libera las imágenes el sueño que libera los tejidos & en el subdiscurso de la pesadilla interior la sensación de ser una mujer-afiche íntegramente armada de sinapis emitiendo sensaciones sonoras que son su propio contenido onírico: apotheosa delola tercio pelada lancla velada bajel agua marida merodías angélica trinitaria & luego un hombre agotado al que bañan unos mares de lenta mielina transmitiendo: cabal anvereso corriente rodar coronaria cormoránide tertulio keakel día concluyó la guerra perpetua & quedé solo” . Bajo la notoria influencia de Nova Express del gran beatnik William Bourroughs –otro de los Apus tutelares de los 60s- Lauer trabaja esta sostenida prosa poética con el método de corte y plegado, siguiendo una cierta escritura automática cuyo tema central sería el enfrentamiento entre Occidente –la guerra Tecnolatina- contra la cultura nativa autóctona –La Mancha India- ensamblado a la profética visión apocalíptica de Santa Rosa de Lima. Con un lenguaje que adopta –y adapta- los recursos cibernéticos Lauer parte de la inspiración producida por un cuadro de Gastón Garreaud –sobre el cual diseña Jesús Ruíz Durand la tapa de la edición original de la obra- para romper todos los convencionalismos literarios establecidos –siendo incluso irresponsable con los lectores- en un alucinante fluido verbal que llama la atención sobre sí mismo y sin embargo se asienta en lo cotidiano: “ya que otra realidad, kaleidoscópicamente más poderosa, entra finalmente a subyacer la totalidad de lo captado por la percepción & los sentidos. & entonces el delirio contiene las claves del discurso racional, & el cubo es barroco, & bueno, Ud. comprende, una chica respetable no puede no puede seguir hablando de estas cosas” . Se trata pues de una ruptura similar a la de Guevara e Hinostroza, en el sentido de aportar una escritura nueva, al ritmo de la modernidad, con presupuestos inéditos hasta el momento. La dicción poundiana y el ensamble bourroughsiano aclimatados a la experiencia peruano-latinoamericana, por la vía de un lenguaje propio, expresando realidades de nuestra América con un español que aparece fresco y prístino, brindando una epifanía universal de la Modernidad, pero con marcas netamente locales y/o nacionales.

También hacia 1972 el entonces joven poeta Enrique Verástegui, quien había deslumbrado a la opinión pública de poesía con un manojo de textos reunidos bajo el título de En los extramuros del mundo –de impronta ginsberiana y conversacional, emblemática del Movimiento Hora Zero en su etapa fundacional de 1970- ahora empezaba a componer un nuevo libro que se constituiría –en una línea que vendría de Lauer e Hinostroza- en el tercer momento de la eclosión moderna que venimos diseñando para la poesía peruana contemporánea. En efecto Monte de goce, publicado recién en 1991 debido a que el manuscrito se extravió en una conocida imprenta de Lima, pero escrito entre 1972 y 1974, sintetiza en su vasta polifonía el clímax de la avanzada experimental desatada  desde los early 60s –digamos- con las lecturas y las aplicaciones eliotianas de Javier Heraud y los hallazgos coloquialistas radicales de Manuel Morales y Luis Hernández, cuyo punto más alto sería el Canto ceremonial contra un oso hormiguero de Antonio Cisneros, premio Casa de las Américas 1968, libro aludido al comienzo de este artículo.

Monte de goce principia con una dicción poundiana vía el tono de Hinostroza en Contra Natura: “un hombre contempla la noche / y esos ruidos lejanos: / y se deja acariciar la mejilla / como las flores son acariciadas / por la brisa de marzo / y esa luz de la luna aquí arriba / es una luz como flor imprecisa / una orquídea en los dedos de Buda / gas transparente esparciéndose en el espacio”. El sujeto del poema es San Juan de la Cruz, súbita y suavemente transformado en Martín Adán-Allen Ginsberg-Juan Gonzalo Rose-Rimbaud por la magia del ritmo y de la elípsis: “‘Hotel Comercio, año 1960: alucinación / dipsomanía / psicósis.  // …//Allen se enamoró del viejo Adán vestido como gacela // bajo el crepúsculo rosa // Allen & Adán // o Allen & el joven amante de Leda // caminan embriagados con licor de cerezos // el silencio traza palabras de flama en el aire // J. Gonzalo vio una sombra como de Rimbaud // escabulléndose tras la malla de lluvia/ & la nausea”. Como puede notarse la atmósfera del texto –en una sola pincelada-romántica, maldita, bohemia y hippie es plasmada por una música coloquial que pronto se disgregará – a lo largo del libro- sobre un despliegue de poesía visual y conceptual plena de vectores, semas y lexemas armónicamente organizados en una notable ondulación órfica del lenguaje.

Toda la obra está configurada sobre una vasta base intertextual que va de Marcuse a Norman Brown, pasando por Kandinsky, Paul Klee y Henry Pourcell. Sus presupuestos  filosóficos se asientan en un anarquismo de nuevo cuño, cifrado en un poderoso erotismo libertario y en un anticapitalismo de raigambre utópico-hippie: “mares de cerveza en las tabernas celebran la destrucción de las ideologías/…/las fábricas no producen más objetos de consume sino orgasmos (orgones) azulados/…/las ciudades no son más un campo de concentración con horarios fijos /…/ palabras como ‘castidad’, ‘matrimonio’, ‘moral’, ‘dinero’, ‘trabajo’, ‘decencia’, ‘familia’ , ‘honor’, empiezan a borrarse del léxico de los pueblos, y otras empiezan a revalorizarse/…/ la palabra ‘orgía’ es el máximo valor de la comuna/…/en vez de claxon se tocan melodías barrocas”. Estamos pues ante el paraíso artístico de las sociedades modernas sugerido por Herbert Marcuse, tótem filosófico de la revuelta juvenil de París, mayo de 1968. Es el comunismo como ideal de una organización social humana superior el que informa esta poesía. Lo mismo que la de Hinostroza, Lauer, Cisneros y Guevara.

Cerrando el círculo aparece en 1978 el libro Vida perpetua de Juan Ramírez Ruíz, uno de los fundadores –el otro es Jorge Pimentel- del mítico Movimiento Hora Zero del Perú.  Después de toda la acumulación de frustraciones para el pueblo peruano –como queda dicho desde la crisis de 1930- y su rebrote significando la nueva esperanza en los 60s, en el campo de la poesía, tras los distintos avances citados al principio de esta nota, será el Movimiento Hora Zero el encargado de hacer eclosionar el orden establecido con la aparición en enero de 1970, de su famoso manifiesto Palabras urgentes, donde tras criticar a toda la poesía peruana anterior por considerarla circunscrita a “formas poéticas incipientes”; Hora Zero planteará una poesía integral “con todos los ritmos de la ciudad”, promoviendo la tan anhelada modernidad pero con un perfil indio, cholo y popular en el concierto de las artes. En efecto, libros como Kenacort y valium 10 de Jorge Pimentel, En los extramuros del mundo de Enrique Verástegui y Un par de vueltas por la Realidad de Juan Ramírez Ruíz, así lo demuestran.

Haciendo un paralelo podríamos decir que la transformación de la sociedad peruana, ocurrida después del golpe militar reformista del General Juan Velasco Alvarado el 3 de octubre de 1968 –año clave como venimos sosteniendo- tuvo su expresión poética en la insurgencia del Movimiento Hora Zero. Es decir, los fórceps con los cuales la vieja oligarquía terrateniente semifeudal –descendiente de los encomenderos de la conquista española- había oprimido a las masas peruanas –básicamente indias y populares- ya no dieron más. Se trataba de una modernización que se venía postergando desde principios del siglo XX –orquestada desde los aparatos políticos del poder y del Ejército- de allí que sorprendiera al mundo que un grupo de coroneles izquierdistas liderados por el General Velasco tomara el control del país e iniciara una Reforma Agraria que -de hecho- expropió los latifundios, entregó la tierra a los campesinos y de esta manera destruyó la oligarquía, cambiando la faz del país, el cual entró por fin a la modernidad. Una modernidad de rostro cholo, o sea, mestizo, que es la que vive hoy el Perú.

El proceso social –que bien puede ilustrarse en la avalancha andina y provincial que emigró en masa a Lima y a otros enclaves urbanos importantes- cuyo pico se situaría entre 1960 y 1975- tuvo su pronunciación estética en la poesía del Movimiento Hora Zero. Las rupturas coloquialistas de los 60s llegarían a su punto de radicalización extrema en libros como los citados de Pimentel, Verástegui y Ramírez Ruíz.

Ahora, esta modernización –digamos chola y local- ocurrió casi simultáneamente a la propuesta por Rodolfo Hinostroza en un libro como Contra Natura aunque situado fuera del contexto estrictamente peruano y con un alcance diríamos universal. De allí que Monte de goce segundo libro de Enrique Verástegui se apropie y abreve de la dicción poundiana traída por Hinostroza al ámbito peruano e hispánico y también de la versión bourroughsiana enhebrada por Mirko Lauer en Santa Rosita & el péndulo proliferante, aunque quizá incidiendo más en el salvajismo sexual del Naked Lunch [Almuerzo Desnudo] del monstruo beatnik. Un paso más adelante en este sentido lo daría Juan Ramírez Ruíz con su Vida perpetua singular creación trabajada entre 1974 y 1978.

En una entrevista concedida al peruanista alemán Wolfgan Luchting hacia 1974, Juan Ramírez Ruíz declaró que estaba empezando a escribir un nuevo libro que sería “un cortejo de formas, una sinfonía de significaciones. Formas de ninguna manera repetitivas y así armónicas en su ubicuidad. Cada página será un ritmo-fema-grama-sema situado dentro del Gran Ritmo del Libro. Un libro como aquél, verbal, visual, táctil, etc. un libro para todo el cuerpo”. Semejante y mallarmeano proyecto fue concretado en la construcción final de Vida perppetua, siendo insoslayable la dicción poundiana que viene a través de Hinostroza y con vectores enlazando significaciones leemos en el poema inicial titulado Post Festum: “3) desde el suelo seco> 1) A Cinosura > 2) expuesto / mortal, mortal, silencioso astro que rueda / por la espumosa sombra de las veredas suaves, / en sesgo, hacia los llanos, / una grieta / una grieta más fina que cabello / y pasará fácil este cuerpo. No está sobre mi pulgar / la huella de Cristo, / ni en mi pulso los latidos de Heracles o Tiresias, / nadie tiene juventud para calcar otra. / Sismo dócil, vértigos veloces guiando con la sonrisa, / húmedos ritmos que amarías cuidadosamente con los labios / cuidadosamente / ordenan mi respiración. Soy uno cuidadosamente no doce”. Esta especie de reconocimiento y declaración de existencia, digamos, en coordenadas culturales occidentales, poco a poco se va transformando en una reivindicación étnica pre-colombina: “Huari, claro que sí / y un latido milenario mis ojos limpia”. Y luego con resonancia del hinostroziano “ Proyectaré slides sobre la nuca de mis contemporáneos?” Ramírez Ruíz dice: “el susurro del viento en las mañanas frota las estrellas / y el ojo que peruanea el horizonte propaga / Trazaré la cartografía de ese susurro universal? /Compraré tiempo escondido de la locura los proyectos?” .

Pues bien, esa locura del proyecto poético de la Modernidad es lo que alumbra la poesía contenida en la obra de estos poetas peruanos que hemos visitado –someramente- en esta alocución. De un lado el río del Modernism anglosajón –Pound & Eliot- refrescó la anquilosada expresión de raíz hispánica o los derivados del simbolismo francés, fusionándose con la honda aspiración nacional de lograr carta de ciudadanía para los millones de indios o cholos –como dijo Gonzalez Prada en su célebre discurso del Politeama en el crepúsculo del siglo XIX- dispersos al otro lado de la banda oriental de la cordillera andina- en una guerra interminable que hasta hoy continúa. Para esa revolución histórico-política se requería un nuevo y fino instrumento: el modo conversacional hispanoamericano, abrevado en la poesía cotidiana y el habla coloquial –lejos de toda solemnidad retórica- que la estética norteamericana ofrecía al compás de la modernidad y que eclosionó –con la difusión del American way o life en los 60s en toda Latinoamérica. Podría decirse que con la obra de los poetas aquí tocados, se vislumbra una respuesta preñada de belleza a ese imperio, desembocando en una propuesta de lenguaje que hasta hoy nos convoca, nos enriquece y nos conmueve.

[Orillas del Cooper River, New Jersey, Julio 2012]    

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