lunes, 26 de junio de 2017

Javier Galarza: “Los análisis literarios de César Aira me recuerdan a Maurice Blanchot”. Entrevista realizada por Rolando Revagliatti


Javier Galarza nació el 27 de febrero de 1968 en Buenos Aires, ciudad en la que reside, República Argentina. Es Profesor Asociado de la Fundación Centro Psicoanalítico Argentino. Colaboraciones suyas se han difundido en diversos medios electrónicos y en soporte papel. Administró varios blogs. Además de dictar numerosos cursos en instituciones ha participado en festivales de poesía y ferias del libro. En 2001 apareció su libro “Pequeña guía para sobrevivir en las ciudades”; en 2014, en co-autoría con Natalia Litvinova, “Cuerpos textualizados” (Correspondencia 2008-2013); en 2017 el volumen de ensayos “La noche sagrada” (Editorial Audisea). Poemarios publicados: “El silencio continente” (2008), “Reversión” (Antología, Tropofonia Editorial, Belo Horizonte, Brasil, 2010), “Refracción” (2012), “Lo atenuado” (2014) y “Chanson Babel” (Editorial Buenos Aires Poetry, 2017).



          1 — Bitácora: “Cuaderno donde se reportan los avances y resultados de un determinado estudio o trabajo”

          JG — Tengo Sol en Piscis, ascendente en Tauro y varios planetas en Acuario. Marte y Saturno en Aries. Viví toda la vida en zona céntrica, tuve un paso por el barrio de Colegiales y ahora resido en La Boca, el borde industrial de la ciudad. Estudié dos años de música en la Escuela “Juan Pedro Esnaola”. Hacia 1999, en un taller de Enrique Symms, se formó la revista “Vestite y Andate”. Leí febrilmente a los existencialistas, sobre todo a Soren Kierkegaard y a Martin Heidegger. Me psicoanalicé durante décadas y encontré en el psicoanálisis una herramienta de conocimiento muy interesante. En un momento necesité unir tres cosas que me apasionaban: la poesía, la filosofía y el psicoanálisis. Entonces llegué a la Fundación Centro Psicoanalítico Argentino donde di cursos sobre Friedrich Hölderlin, Rainer Maria Rilke, Alejandra Pizarnik y varios más. En 2008 edité mi primer libro de poemas, El silencio continente”, y lo presenté dentro del Ciclo “Aera” de Alejandro Drewes. Luego fui parte del primer grupo del Festival “Poesía en la Escuela”, organizado por Marisa Negri. El festival me permitió conocer a muchos poetas con los que siento una gran afinidad, aun transitando poéticas diferentes: Silvia Castro, María Julia Magistratti, la misma Marisa Negri, Valeria Cervero, Alejandra Correa y Leonardo Martínez, entre otros. En 2012 publiqué “refracción” a través de añosluz editora. Luego, añosluz junto a otras editoriales formó La Coop, un colectivo de editoras con una hermosa librería en Almagro que, en mi opinión, es un importante acontecimiento literario, porque nos hace preferir una editorial independiente antes que a un sello grande. En 2010 había viajado a Belo Horizonte, donde me publicaron una antología, y a Noruega, para trabajar en una obra que ideamos con un amigo que vive allá. En 2014, junto a la poeta Natalia Litvinova publicamos en el sello Letra Viva la correspondencia que mantuvimos entre los años 2008 y 2013. Publiqué dos libros, uno de poemas y otro de ensayos, en audisea, una editorial formada por chicos y chicas que transitaron por mi taller y publicaron a Raúl Zurita y a José Kozer. En la actualidad el existencialismo se manifiesta como el deseo de sacar a la luz mi trabajo, no puedo especular con eso, ¿qué es el carpe diem sino vivir afrontando que el mañana es incierto, que solo existe el momento? Si afronto lo imprevisible de la vida es absurdo que en una conversación le diga a alguien “el año que viene”. Leo a Chuang Tzu y a Lao Tse, el misticismo es propio del hombre, pero como dice Heidegger: “Ya no se siente la falta de Dios como una falta”. No me interesa la ciencia, busco pensamientos más audaces y vivencias más intensas que solo el arte puede transmitir.


          2 — ¿Y algo del orden de tu niñez, de tu familia, de tus modos de despegar...? 

          JG — No suelo hablar mucho de la infancia, no idealizo esa etapa ni creo que haya sido feliz. Era un chico atemorizado, me daban miedo cosas extrañas, por ejemplo, las palabras que no entendía. Recuerdo mi terror cuando escuché la palabra “bujía”, por dar un ejemplo. Tenía crisis de nervios ante ruidos fuertes como los truenos o los aviones o cuando veía a una persona con discapacidad. Mi madre tomaba apuntes de todo lo que leía y a mí me fascinaban esas notas, esa caligrafía, las lapiceras a pluma Parker, los cuadernos. Entonces comencé a escribir. Mi padre tenía una imprenta y tardé veinte años en entender que su oficio estaba relacionado con el mío. Cuando cumplí dieciocho me regaló Cartas a un joven poeta” de Rilke. Él no había leído a Rilke; de alguna manera me estaba diciendo que el joven poeta era yo, y aun no imaginaba la importancia que tendría Rilke en mis trabajos, en mis cursos y ensayos. Tengo dos hermanos varones y una hermana que tiene mellizos. Yo soy el mayor y creo que los hermanos mayores nos reconocemos unos a otros.


          3 — Has estudiado periodismo con una leyenda, aquel que dirigiera la revista “Cerdos y Peces”. Y la revista que co-dirigiste, entre 1997 y 2000, con Fernanda Simonetti, “Vestite y Andate”, no se ha quedado atrás en cuanto a proponerse de una cierta manera provocadora desde el título.

          JG — Sí, es cierto. Enrique es una leyenda y yo lo tomé como tal. Él puede desarticular cualquier discurso. Yo lo comparo con los sabios taoístas, para mí es un Chuang Tzu de bares. Enrique, hasta donde yo sé, no tiene propiedades, ni dinero ni libros ni posesiones, ni siquiera sé si tiene amigos duraderos. Un maestro debe provocar y sería un error tomarlo al pie de la letra. Yo siempre tomé sus “enseñanzas” como provocaciones. Si vos ibas a un recital él te preguntaba si te gustaba ver un tipo arriba del escenario mientras vos estaba abajo. “¿Y encima pagaste?” te preguntaba, y se reía. No hay argumento válido contra esas rupturas del discurso imperante. Así eran sus monólogos, improvisaciones fulgurantes que no podían ser repetidas ni conceptualizadas ni representadas. Una vez me acerqué a él, tenía la mirada perdida hacia el Parque Lezama. En su mente estaba escribiendo un poema y me lo recitó, como se lo podría haber recitado a cualquiera. Era algo maravilloso. Pero yo, que memorizo poemas enteros de San Juan de la Cruz, no podría repetir una sola palabra. Allí va él, escapando de la cárcel del concepto.
           Vera Land, la jefa de redacción de “Cerdos y Peces”, también es una leyenda y, aun con todo su vuelo, fue el cable a tierra para que esa revista fuera posible. La recuerdo tan dulce como sacada, siempre estaba linda, nos enseñaba los aspectos técnicos del periodismo y sus ojos tenían un brillo que seducía y asustaba. Como las personas que descubren la verdad del mundo, están allí para darte indicios, pero a la vez te dicen “yo no te voy a mostrar nada, construí tu maldito sentido”.
          Y también quiero nombrar a alguien muy diferente pero que considero un maestro: César Aira. Me bastó asistir a las cuatro charlas que dio en el Centro Cultural Rojas sobre Alejandra Pizarnik para entender cómo se podía pensar la literatura: relacionando, derivándose, desarmándola como un artefacto y atacando todos los presupuestos. Sus análisis literarios me recuerdan a Maurice Blanchot, otro de mis favoritos, pero con esa dosis de ironía tan propia de Aira, que también tiene algo de maestro oriental. 


Natalia Litvinova y Javier Galarza

          Con respecto a la “Vestite y Andate”, yo la veo como una experiencia artística. Cuando se unió mi amigo, el diagramador Gastón Pérsico junto a su pareja, la talentosa Cecilia Szalkowicz, el proyecto tomó una nueva forma. Cuando llegaban las notas, Gastón y Cecilia las repartían entre diversos diagramadores. El resultado era sorprendente. Entonces, el formato periodístico que le imprimía Fernanda Simonetti o el giro más literario que le hubiera dado yo, se transformaba en ese conglomerado de cosas que fue la revista. Juan Pablo Liefeld aportaba una mirada política que a la larga hubiera podido desarrollarse mucho más, Juan Manuel De Cillis acercaba su versión sobre las raves o sobre los hechos hacia donde la vida lo llevaba y Analía Romeo traía siempre notas bien hechas, que tenían un estilo propio. Hicimos doce números. Participamos en dos exposiciones en el Centro Cultural Recoleta y ganamos un premio a mejor revista alternativa en un evento. Con tensiones internas, por supuesto, pero también con la alegría de haber vivido esa época y terminar antes de la debacle económica del 2001 y de la hegemonía de la web. Recuerdo el bar “El Mirador”: Tom Lupo hacía el Cabaret Poético y en el sótano estaba la redacción de “Cerdos y Peces”. Con los chicos de “la Vestite” armábamos la grilla o la cuadrícula de cada número en las mesas de ese bar frente al Parque Lezama. Después empezaron las ferias de revistas, y en la Casa de la Poesía “Evaristo Carriego” conocí a Santiago Vega (ahora ya muy conocido como Washington Cucurto), a Fabián Casas, a Griselda García y a Daniel García Helder. Mucha gente circulaba por allí o por “Belleza y Felicidad” y el pop hotel “Boquitas Pintadas”.


          4 — Noruega. No serán muchos los poetas argentinos que hayan visitado ese país. ¿En qué obra trabajaste con el amigo tuyo que vive allá? Y, de paso: ¿qué otros países europeos conociste (en el mismo viaje o en otros)?


          JG — Solo conocí Noruega. Con mi amigo Luis Della Mea ideamos una obra que se llamó “Cuerpos Posibles”: reunía danza, música y literatura, la armamos aquí y viajamos subsidiados por Noruega, no sé concretamente por qué entidad, pero mi amigo obtuvo varias becas allí. Yo todavía vivía en el barrio de Colegiales y teníamos largas charlas Trondheim – Colegiales. Empezamos a trabajar con las diferencias aparentes entre Argentina y Noruega. Caos y orden, por ejemplo, para luego, en los ensayos, junto a dos bailarinas de allá armar la obra y presentarla en los dos países. El primer día paseamos por la peatonal. En un momento me aparté del contingente, caminé hacia una iglesia y había un coro cantando. Sentí que el peso de los siglos caía sobre mí. De pronto entendí los milenios de la historia europea. Recuerdo a una mujer policía pintándose los labios en medio de la calle. Yo abría la ventana de mi cuarto de hotel para dejar entrar a la nieve. La inmensa catedral gótica donde había un teclado de Richard Wagner y detrás el museo de los vikingos. Es un pueblo que desconoce la ironía, les resulta natural caminar kilómetros en la nieve para llegar a sus casas. Son gente bella, si vos mirás a una chica, sonríe. En un café yo dejé mi mochila lejos y en un acto reflejo quise ir a buscarla y mi amigo me dijo: “Estás en Noruega, a nadie le importa tu mochila”. En la catedral gótica vimos un concierto de Felix Mendelssohn y yo no podía parar de llorar. A las cinco de la tarde era de noche. Nunca quise usar guantes ni gorro porque necesitaba vivir ese frío del aire cercano al mar y de la nieve cubriendo las bicicletas en la calle. La obra “Cuerpos Posibles” unía danza, teatro, poemas y música, todo autogenerado por el grupo. Mis poemas se proyectaban en una pantalla o eran recitados por una de las chicas noruegas que desconocía el idioma y entonces en vez de decir “ventana empañada” decía “ventana empanada”. Yo tenía una silla desde donde miraba todo y hacia el final agarraba la guitarra y cantaba la canción “Heaven” de Talking Heads (“El cielo es un lugar donde nunca pasa nada”). Hicimos cinco funciones en Buenos Aires y cuatro en Trondheim. Éramos como un “Big Brother” cósmico porque convivíamos dos bailarinas y una vestuarista de Noruega, una bailarina argentina, dos músicos y un escritor (que era yo). Cuando nos despedimos, lloramos; entendí el sentido de la distancia entre dos países, pero también el dolor de esas alegrías que nos son dadas y tienen un plazo, no solo porque se terminan en el tiempo, sino porque después de cada experiencia no volvemos a ser los mismos.


          5 — ¿Cuáles fueron las circunstancias, las condiciones que se generaron como para que Natalia Litvinova y vos concibieran, desarrollaran, sostuvieran durante seis años el epistolario?

          JG — Cuando Natalia llegó a mi taller en Colegiales, era una joven bielorrusa que vivía en Vicente López, muy tímida y sensible; tenía un blog pero no había pensado en publicar. En ese taller también estaba Leli Busquet, que hoy integra Audisea Editora. El primer día, Nati llegó unos minutos antes, como era su costumbre. Le mostré un poema de Adrienne Rich, le dije que me interesaba la literatura rusa y le conté que la poesía de Ósip Mandelshtam estaba siendo revalorizada a través de Paul Celan. Le pedí que nunca se apartara del arte. Me respondió que nunca podría hacerlo. Así comenzó la comunicación, mediante correos o mensajes de texto. Durante las clases yo leía a Yves Bonnefoy y ella lloraba en silencio. No quería llamar la atención, pero sus buenos modales, su extranjería y su pelo larguísimo producían el efecto contrario. Durante el 2008 surgieron muchos de los poemas que fueron a parar a su primer libro, “Esteparia” (hoy reeditado en varios lugares, incluso en España y en Colombia). Cuando presenté “El silencio continente” leyeron Natalia y Paula Gordillo. En el taller, Paula decía bromeando que eran la criollita y la princesa rusa. La comunicación a través del correo electrónico es la forma que asume hoy en día la correspondencia y eso creció durante años. En esas líneas que nos escribíamos había sueños, mucha literatura y nos contábamos cosas que tal vez nunca habíamos hablado con nadie. Yo me responsabilicé, es decir, intenté acompañarla en su crecimiento, todavía hoy cuando tiene algún problema me preocupo. Años después dimos un curso virtual y el escritor y editor Nicolás Cerutti, de “Letra Viva”, nos propuso que editáramos un libro juntos para una colección que dirige. Con Natalia coincidimos en que tenía que ser un libro dialogado. Esto nos llevó a compilar nuestras cartas. A nosotros nos gusta mucho el epistolario entre Rilke, Marina Tsvetáieva y Borís Pasternak, por ejemplo. Editamos nuestras cartas para la publicación, pero eso es lo que nos escribíamos. Y la idea de un epistolario nos pareció buena. Nos seguimos escribiendo durante casi dos años más luego de la edición del libro. Después dejamos de hacerlo, seguramente se cumplió una etapa. Pero para mí la pregunta es si las cartas son parte de la obra de un escritor. Mucho de lo mejor de Franz Kafka o de Rilke está en las cartas. En una conversación coloquial uno pregunta “¿Cómo estás?” o “¿Qué andás haciendo?”. Pero una carta es un grado más alto de la comunicación, una confesión, un testimonio.


          6 — ¿Y “Reversión”?... ¿Es una antología personal? ¿La edición es bilingüe?

          JG — La edición de Tropofonia tiene de un lado a la poeta brasileña Tania Alice, y revirtiendo el libro está mi antología. Es decir, la parte del libro que corresponde a Tania está en portugués y mis textos en castellano. Pero tuve la fortuna de que el poeta Leonardo de Magalhaens tradujera mis poemas al portugués, y en una lectura en el Palacio de las Artes de Belo Horizonte, Wilmar Silva los leyó conmigo y dijo que parecían escritos en ese idioma. Para la antología elegí algunos poemas de “El silencio continente”, con otros del libro que estaba en camino, que era “refracción”, junto a algún otro poema que ha quedado allí.


          7 — Más o menos deduje que “Diario de abstinencia” llegó a ser el título de un libro anunciado en algún Sitio de la Red pero que no llegó a publicarse.

          JG — No es un libro aún, quedó como un proyecto pendiente. Nació de una nota que hice para la revista. Creo que la anécdota detrás de ese proyecto, que algún día retomaré, vale la pena. Mi psiquiatra había fallecido y yo seguí tomando altas dosis de ansiolíticos. Al tiempo tuve varias crisis de asma y llegué tres veces a la guardia, casi sin respirar, arrastrado por mis padres. La tercera vez quedé internado, me suspendieron los ansiolíticos de golpe e inyectaron fuertes dosis de corticoides. Salí del hospital pesando varios kilos menos y comenzó la primavera, sufría la abstinencia de ansiolíticos junto al temor que da la imposibilidad de respirar. Mis percepciones quedaron distorsionadas y me advertía vulnerable. A la vez estaba sintiendo que vivía en lo real. Una madrugada caminé hasta una guardia psicoanalítica y la analista que me atendió me dijo: “Salga de ahí, en lo real no se puede estar, por eso Lacan habló también de lo imaginario y lo simbólico”.


          8 — ¿Y algún apunte sobre otros libros tuyos publicados?

          JG — “Pequeña guía para sobrevivir en las ciudades” es una serie de viñetas o de postales urbanas escritas para un proyecto que luego se cayó. Cuando dejamos de hacer la revista “Vestite y Andate”, el diagramador Gastón Pérsico y yo tomamos ese material y le dimos forma y luego lo editamos en la imprenta de mi padre. Ese libro fue el paso intermedio entre la particular interpretación del periodismo que hacía “Vestite y Andate” y la poesía que uno quisiera dejar como obra.
          “El silencio continente” (“Breviario de texturas neogóticas y neo románticas”) trasluce mi gusto por el género gótico, pero también hay poemas que considero modernos. Mucho trabajo sobre el psicoanálisis. Una parte del libro agota el tema de la disolución. Y en el medio del libro irrumpe el poema “Variaciones sobre el olvido y el perdón”, dedicado a la poeta Silvia Camerotto. Ese poema sincroniza de manera onírica pero despojada la pérdida de un cuerpo amado con los cuerpos desaparecidos de este país. La pregunta que subyace en todo el libro es ¿dónde van los cuerpos del amor?
          En “refracción” intento buscar un lenguaje corporal y salir del Romanticismo. Juego con los refranes y procuro reformularlos, los invierto; la intertextualidad me hace tomar un dicho histórico o psicoanalítico, alguna cita de Freud y ponerlo a jugar en el poema. A la vez, en ese libro me sentí influenciado por la poética de Henri Meschonnic: por lo que interpreté de su idea del ritmo.
          “Lo atenuado” reúne poemas de diferentes épocas. El título se refiere a ese momento en que uno colecta todo lo que ha sembrado en la juventud, y en esa desesperación atenuada viene el tiempo de la cosecha. En una parte del libro que se llama “Tu idioma”, busco caminos para llegar a otra persona, partiendo del presupuesto de que siempre hablamos idiomas diferentes. Yo creo que es un poemario logrado, aclarando que creo más en los caminos que en las obras.
          En “La noche sagrada” compilo algunas de las notas y los ensayos escritos durante varios años. Tomo a Hölderlin, a Rilke, a Paul Celan y a Kafka junto a los personajes de su generación, como Sigmund Freud o Ingeborg Bachmann. Considero que son microensayos; interviene lo narrativo, la escritura fragmentaria, modos laterales de acercarse a autores tan ricos y complejos.

          “Chanson Babel”, al revés que “refracción” busca extender el campo del poema, va a las etimologías y juega a perder el hilo para después volver. El yo está puesto en cuestión todo el tiempo, es un libro que se pregunta quién habla o quién escribe, pero no intenta responder esas preguntas. Incluye los estados de despersonalización y las crisis de extrañeza como temáticas, la memoria y la ceguera.


            9 — Contemos que efectuaste la co-coordinación de tres Ciclos en La Casa de la Lectura.

          JG — Sí, dos en 2009 y 2010, junto a Lilián Cámera: “Los poetas y los mitos” y “Los poetas y el objeto fetiche”. Y en 2010, junto a Lilián y Leonor Silvestri, hicimos una lectura que Leonor llamó “Desmesura”. Ella tiene un pensamiento en movimiento que no deja de inquietar y yo necesito de esa inteligencia que rompe todos los moldes. En eso, no sé si a ella le gustaría, pero se parece a Enrique Symms. Toda la vida está repensada y todas las suposiciones puestas en cuestión. En esos ciclos participaron como invitados Silvia Camerotto, Alejandro Méndez, Griselda García y Miriam Bercovich. El objetivo era analizar la obra de los poetas ante diferentes temáticas, que se conversara y se debatiera. La propuesta base del ciclo no deja de ser un lugar vacante, porque a mí no me convence que un poeta saque su hojita, lea y se vaya; hay que producir reflexión, comunicación, diálogo, fricciones.


          10 — Caen (retornan) sobre vos un par de interrogantes, títulos a su vez de cursos que has dictado: “¿Y para qué poetas?”, “¿Qué significa escribir?”

          JG — Hay un verso de Hölderlin que dice: “¿Y para qué poetas en tiempo de indigencia? Pues ellos son como los sagrados sacerdotes del dios del vino que peregrinaban de una tierra a otra en la noche sagrada”. De este verso, perteneciente a la elegía “Pan y vino”, vienen tanto el nombre del curso como el de mi libro de ensayos: “La noche sagrada”. A la vez, en una célebre conferencia, Heidegger se pregunta “qué significa pensar”. Bueno, preguntarse sobre los poetas y la poesía nos permite hallar respuestas momentáneas, verdades como tiendas de campaña que luego deben hacer lugar a otra cosa. Esto debe ser una búsqueda, porque si nos transformamos en un aforismo quedamos congelados, y el pensamiento y el fluir de la escritura se cancelan. Permanezco en esta búsqueda, pero solo para aumentar la dimensión de las preguntas.


          11 — Recuerdo dos revistas en las que colaboraste: “La Maldita” y “Quesquesé” (presentada esta última en el Ciclo de Poesía y Prosa Breve “Nicolás Olivari” que yo co-coordinaba con Cristian De Nápoli).


          JG — Si, en la época de la “Vestite y Andate” existían muchas revistas alternativas. Con “Quesquesé” hicimos un intercambio de notas. Verónica Pérez Arango, que integraba la “Quesquesé”, organiza ciclos de lectura y publica sus textos, la veo activa. En cambio, no se casi nada de los chicos que integraban “La Maldita”. Con Cristian De Nápoli compartimos hotel y lecturas en un breve viaje a Belo Horizonte organizado por Wilmar Silva y Tropofonia Editorial. La época de las revistas ha dejado su marca. De todas formas, y pese al humor corrosivo de “Vestite y Andate”, yo ya estaba leyendo a Hölderlin y a Rilke, me sentía mucho más cerca de los poetas malditos, existencialistas o videntes que de la poesía que circulaba en los años noventa a través del objetivismo y sus derivados.


          12 — Natalia y vos, conjuntamente, han dictado cursos.

          JG — Si, aún lo hacemos, tenemos un taller presencial en mi casa y realizamos clínica de obra en formato virtual. Después de algunos años sin trabajar en la Fundación Centro Psicoanalítico Argentino, preparé junto a Natalia un curso sobre Paul Celan y la poesía rusa. Quería hablar del acmeísmo, en mi opinión uno de los movimientos poéticos más importantes que haya surgido. Fijate que aquí, cuando se piensa en “depurar” los “excesos” retóricos o sentimentales se apela al objetivismo. Hasta en eso somos norteamericanistas. Pero si leés los manifiestos de Mandelshtam, la apuesta es volver a la sencillez y a lo clásico, a la precisión de la palabra. Junto a Natalia cotejamos versiones de poemas, advertimos que al poema “El siglo” de Mandelshtam le faltan algunos versos en casi todas las traducciones. Analicé cómo tradujo Paul Celan a Mandelshtam y a Serguéi Esenin al alemán. De mi taller han salido muchos libros y con Natalia hemos trabajado en otros tantos, con prólogo incluido. Trabajamos también con gente de España y por segundo año consecutivo somos parte del jurado en el concurso “La Isla de Aklan”, del que nuestra clínica de obra es uno de los auspiciantes.


          13 — Es al músico aficionado que tengo entendido que sos a quien le pregunto: ¿por qué tipo de música tenés mayor afición? ¿Por qué compositores e intérpretes? ¿Has hecho música en espacios públicos?

          JG — Me gusta el dream pop y el dream folk, por dar un ejemplo; como verás, está la palabra dream por delante. Las canciones tristes y sutiles me animan a escribir, trasmiten una emoción casi sinestésica, que uno a veces puede decodificar y pasar a palabras. Me gustan Neil Young y Cocteau Twins y los buenos songwriters. En las variantes del folk hay muchos, desde Damien Rice hasta Marissa Nadler. Una vez Cristina Piña me dijo que creía que la antorcha de los poetas malditos estaba pasando al rock, y algo de eso hay. Syd Barrett fue mi primera conexión con los poetas malditos.
          Y sí, he tocado en espacios públicos, tengo bandas desde la adolescencia e interpretar un solo de guitarra es una actividad que me relaja más que el yoga. La vida del músico es diferente a la del escritor. Los escenarios te llenan de adrenalina. La escritura requiere soledad; aun así, la inspiración te puede sorprender en cualquier lado; he escrito en salas de espera de hospital, por ejemplo.
          Rilke decía que si Georg Trakl hubiera pintado no se hubiera suicidado. El poeta al utilizar el lenguaje, al expandir los límites del mundo, corre otros riesgos. Creo que cada artista tiene más de una disciplina que lo acompaña. Para Pizarnik o Miguel Ángel Bustos fue la pintura. Para Mandelshtam o Paul Verlaine es la música.


          14 — Tu “La noche sagrada” (título también de una novela del destacado marroquí Tahar Ben Jelloun) fue publicitada editorialmente como “una reunión cumbre” (Edmond Jabés, Marina Tsvetáyeva, Ósip Mandelshtam, entre otros). ¿Qué otras reuniones cumbres nos propondrías?...


          JG — “Reunión cumbre” es el título del prólogo del libro, hecho por María Malusardi, una gran amiga. Me interesa mucho el encuentro entre los poetas Miguel Ángel Bustos y Jacobo Fijman en el Hospital Borda. El encuentro entre Pizarnik y Bustos. Entre Pizarnik y Susana Thénon. Entre Freud e Hilda Doolittle. Alguna reunión en la casa de Oliverio Girondo donde estuvieran Olga Orozco, Pizarnik, Juan-Jacobo Bajarlía, Edgar Bayley y Norah Lange. Una reunión de redacción de los integrantes de la revista “Poesía Buenos Aires”. Uno tiende a idealizar esos encuentros, creo que entre Proust y James Joyce no hubo más que un “hola”. Para ser sincero, se trata casi de una cuestión de religiosidad. Me gustaría decir: “En este lugar se encontraron Bustos y Fijman” y armar un altar allí. Me fascinan los mitos urbanos, las pintadas de los compañeros de algún pibe que mató la policía o los retablos que la gente levanta en homenaje a personas fallecidas. Que conviertan en una santa a una chica de las bailantas. Son pequeños restos de religiosidad ardiendo como fuegos, alumbran y dan calor a esta noche en la que estamos. 

          15 — Acabo de releer, Javier, del Nº 8 de “Vestite y Andate”, un interesante artículo tuyo sobre Sylvia Plath: “Vestida para la ceremonia”. Ya a más de tres lustros de aquello, ¿qué tanto ha seguido atrayéndote su vida y su escritura?

          JG — Me sigue atrayendo esa estructura de tragedia griega que tiene su vida: de la estudiante brillante al electroshock, de la tapa de “Madeimoselle” a meter la cabeza adentro del horno. Y en medio de todo esto, como Casandra, esa videncia que es la poesía. Estaba casada con otro genio, Ted Hughes, pero en el momento de la separación ella parece decir “yo voy a ser más grande que vos, yo voy a ser un mito”. Quizás sean la pareja perfecta. Desataron fuerzas tan inmensas que los sobrepasaron y les iban a costar la vida. Jugaban a la Guija, leían “La diosa blanca” de Robert Graves, sabían de astrología. ¿Cómo no amar a Sylvia Plath o a Anne Sexton? Redacté esa nota en sintonía con algunas circunstancias que describo en “Diario de abstinencia”. Y cuando escribí sobre Anne Sexton también utilicé material autobiográfico. ¿Será el confesionalismo? Creo que los chicos que hoy se deslumbran con Sharon Olds tendrían que releer todo lo que escribieron Sylvia Plath, Anne Sexton y Adrienne Rich.


          16 — ¿Qué destreza, te parece, es necesaria para deslindar el esto y el eso cuando es aquello lo que deseamos?

          JG — Entender que el deseo existe a condición de no ser satisfecho. Como la escritura, es un juego de tensiones y distensiones que nos agota y silencia, pero siempre puede resurgir. No dejar de buscar aquello, aun sabiendo que habrá desvíos y es probable que nos extraviemos en el camino. Pero en esos desvíos acecha la vida. En palabras de Samuel Beckett: “Fracasá más, fracasá mejor”.


          17 — ¿Zumbido, gorjeo, maullido, gorgorito o aullido?


          JG — Aullido, aún antes de leer a Allen Ginsberg. Ladridos a la luna, la película “The Wall”, el libro “El grito primal” de Arthur Janov o una suelta de lobos hacia las cúspides gélidas de las tierras sin perdón. Es la furia, pero también el andar enfermo de algún animal. El brujo Don Juan le dice a Carlos Castaneda que la muerte nunca se detiene. Como escribió Jorge Leonidas Escudero: “Es un perro en la noche, desde lejos, / que me dice / lo que no acaba nunca de ladrar”.


          18 — De los siguientes satélites, ¿cuáles orbitan más cerca de tu planeta?: Roberto Juarroz: “La poesía es la sinceridad con que habla en nosotros lo que no conocemos. Única vía veraz de aquello que cimenta nuestra ignorancia.” René Char:
“El poeta no tiene sino satisfacciones adoptivas.” Eleonora D’Alvia y Juan Eugenio Rodríguez: “La poesía sería el lugar reservado a lo imposible. La poesía es un decir de lo imposible de ser dicho. El poeta mediante su acto da cuenta de que fue causado. Se vale de su falta.” H. Bloom: “La poesía es la angustia de la influencia, el malentendido, la perversidad disciplinada. La poesía es incomprensión, tergiversación, desacuerdo. Es el romance familiar. Es el encantamiento del incesto, disciplinado por la resistencia a ese encantamiento.”

          JG — Creo que esos cuatro satélites merodean de alguna forma mi planeta, pero esta noche estos dos cometas se acercan y fulguran: “La poesía es no tener algo que decir y decirlo; nada poseemos” de John Cage. Y “El poeta es un dios, o el joven poeta es un dios. El poeta viejo es un vagabundo” de Wallace Stevens.



Javier Galarza selecciona poemas de su autoría para acompañar esta entrevista:


FRAGMENTOS DE UN POEMA IMPOSIBLE

                                                       Para Alberto Galarza, en memoria



los ojos encendidos de una orfandad que hoy es la mía

padre estás volviendo a casa
padre estoy volviendo

padre qué nos has traído

de niño me asustaba pensarte solo y perdido
hoy que yo estoy
solo y perdido

quién soy padre rilkean heart san francisco
asís mismo tu hijo de corazón salvaje

debo nombrarte para aprender a perderte
debo nombrarte para aprender a ganarte

sigo buscando mis límites
qué nos cansamos de no decirnos
qué nos cansamos de no hablar

carga en tus brazos al niño que fui
yo sostengo ese cuerpo cansado

desde el hombre que hoy no está
cargo en mis brazos al niño que fuiste

en quién hablo cuando callas
padre color de ojos indescifrable



                                     (de “El silencio continente”)


*

arder (II)


ardo
padre no ves
que ardo?
ves—
la ves a ella
no la ves
estoy
prendido fuego
encendido
recaliente
como si dijera
como si
intentara como
si pudiera
preguntar/le:
cómo tocarte
con manos
de este mundo



* Freud analiza un sueño donde un hombre, velando el cadáver de su hijo, sueña que el cuerpo se incendia con las velas y el chico se le presenta preguntándole: padre, no ves que ardo?


                                          (de “refracción”)



*

leyenda li po


intenta asir el reflejo
de la luna en el agua:
morirá ahogado.
cosas que ocurren
cuando no hay lugar
para la metáfora.

(por qué Eco favorece
al enamorado de sí mismo?)


                      *Leyendas diferentes de dos muertes: las del poeta li po y la de narciso


                                            (de “refracción”)


*

LA HENDIDURA


Algo en la alternancia
entre los colores de la tinta
y la hendidura certera
de la pluma sobre el papel,
lo blanco. Sea la pluma,
el canto o la voz, como el eco
que vuelve con el viento,
y sea esta luz también
que alumbra las aperturas
del mundo, aún en la noche,
el estilo o estilete que rasga
el blanco de la hoja.


                                      (de “Lo atenuado”)


*


DESTIEMPOS


Llego pronto a tu antes,
palpo los nunca de tu respiración agitada.
Cuando callás, algo silencia más allá de vos,
y cuando cerramos los ojos,
todo duerme en algún lugar.
Esto está hecho de gestos desesperados,
de destiempos, no tiene sujeción:
donde vos calculás, yo me deshago,
donde vos te mostrás, yo me desarmo.
Sos la regla que confirma la excepción,
lo espectral. Vivo en un no instante,
entre el ya no de tu partida y el aún no
de quien serás. 
      

                                      (de “Lo atenuado”)


*

SILESIUS


No indagues la naturaleza del vínculo
que como la rosa de Silesius
florece sin porqué,
una pregunta puede permanecer abierta
para evitar la clausura del sentido,
el misterio entonces
aguarda en los signos,
está en ‘lo abierto’,
en el campo de ‘la percepción pura’
(8ª Elegía de Rilke),
‘florece porque florece’,
toca la penumbra del Medioevo
y las visiones de las místicas.
El sentido: eso ‘tapona’, dijo Lacan
pero quien pierde su verdad
aún conserva la chance de hallar algo.
El perfume se creó para tapar
el olor de los cadáveres,
la palabra ‘humo’ está contenida
en su etimología (del latín per, ‘por’
y ‘fumare’, ‘a través del humo’),
lo cinerario es la base de lo que huele bien.
Escribe Silesius que la rosa
no es consciente de su belleza
ni se pregunta si alguien la mira.
Y todo un caudal de mundo
se despliega allí
sin explicaciones.


                                             (de “Chanson Babel”)


*
Entrevista realizada a través del correo electrónico: en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Javier Galarza y Rolando Revagliatti, junio 2017.


sábado, 24 de junio de 2017

POEMAS DE LA ARGENTINA ANA ROMANO


Tunante

¿Qué sojuzga
narcótico?:
la inobservancia
¿Qué rebana
el sopapo?:
un eclipse
Y en el resoplido
el agravio
cala

¿En qué otra cosa
que en la clarividencia
el imaginario
dormita?
Y es en el trueque
donde el bribón
cercena
¿Fusiona
el desprestigio?




Variaciones

¿Qué cambia
si escala la fortaleza?

¿Qué queda
donde rige lo aciago?

Propongo
o no propongo
mendrugos
al costado.




Veamos


Veamos
qué acontece
enrolada
en la maternidad
Instantáneas
guarecidas en los hollejos
despuntan motines

¿Y dónde acunan
las voces
cuando timbrean?

Yuxtapuesta
la estocada
sospecha
Y orgasmos
profetizó

¿Quién enjauló
al incesto?




Verecundia


El pavoneo
quebranta
el choque
estigmatiza
y desenfunda
torniquetes

Arponeados
vientres
exorcizan
el oráculo
y rebobinan
el maleficio

La noche de los cuerpos languidece
y es la quietud.




Vocales


Mientras que
en su desencadenamiento las ideas
resbalan en la mesa
las palabras prefijan
el desliz

Mostacillas
engalanan los bordes

Las notas vaporizan
la escritura

¿Zozobran
los signos de puntuación?





Zarzal


Es
en el autoritarismo
que la coraza
tirita
Las palabras
orinan
las rendijas que chirrean

¿Y la réplica
dónde copula?

Masculla
la cautela
y deshilachada
recapacita

Aletarga
el maquillaje mortecino
la hembra.


Ana Romano nació el 1 de febrero de 1944 en la capital de la provincia de Córdoba, la Argentina y reside desde la infancia en la ciudad de Buenos Aires. Además de obtener varios premios y menciones e integrar antologías, desde hace seis años se difunde su quehacer tanto en revistas de soporte papel como electrónicas y en numerosos blogs. Poemas suyos han sido traducidos al portugués, italiano, francés, húngaro y catalán. Es profesora de francés. Tradujo a dicho idioma el volumen “Breve Anthologie” de Luis Raúl Calvo (Ediciones L’Harmattan, París, Francia, 2012), el poemario “Behering y Otros Poemas” de Luis Benítez y textos del libro “Tomavistas” de Rolando Revagliatti (difundidos en la Red).  Poemarios publicados: “De los insolentes fantasmas” (Ediciones Vela al Viento, 2010) y “Expiación del Antifaz” (Ediciones La Luna Que, 2014). Mail de contacto de Ana Romano: romano.ana2010@gmail.com

viernes, 23 de junio de 2017

Cuatro textos del argentino Federico Luis Baggini


Qué más da

Al desamparo de la tierra solamente habrá parecer
nada desliza vagamundos rana o punzón
todo robustece ansiedad o sed despistan
la parte desfallece a tientas no obstante
del inminente acontecer.

Retroceder retroceder
no convicto
de cierto viento pegadizo cercena
dialéctica y sinrazón
oscilan relieves
caen al mar
para saltar
saltar en demasía y echarse
ventrílocuo del enfundado del presente que
al desamparo de la tierra solamente habrá perecer.

La muerte
otorga una inicial
a lo que ya no se es.

En las desapariciones mora nuestro espectro
Desfigura
Río arriba, el cielo,
Río abajo, el suelo.
El horizonte averigua en el cimiento la conclusión: La utopía final.

Adentrarse,
adentrarse hechos un nudo en la primera madrugada del aire leal.

Desgraciados entonces aquellos que no ensanchen
y en medio del vendaval no se rieguen, adentrarse, adentrarse
venir a tierra como por última vez.

Medianoche de toda complexión
abandona el fresco para el verano devenir
atraviesa hasta el reflejo, aguarda
en el espanto que entorpece la corriente
ofrenda ademán y quizá la reconciliación.

Allí, en la plaza de los tributos, unas pocas manos
tantean las astillas que florecen cuando en rigor de la pausa
las multiplicadas palabras se alcanzan apenas para sobrevivir.



Aprontarse

Nada puede decirse de las espaldas,
Las revueltas, desnudas,
Apoyadas las manos,
Ancha la sangre un poco más allá.

Cerca del pie, otro pie.
El anterior precipicio tendido,
Vertido lo sólido, trémulo,
Ya se hubiera dado eso cuajado.

Por ese entonces orinan las palabras,
Alguna vez se suda el destierro,
La ceniza resignada ya, se resigna;
Tantos otros lugares contra el reverdecer.

Las plumas no regresan por sus carnes,
Las carnes no vuelven por sus huesos,
Los huesos no son una probabilidad,
La muerte tal vez, quién sabe, lo sea.

Hacia arriba un puente,
y unos cuantos rostros,
Ciénaga, una tibieza en los contornos,
Se enredan las cegueras entre el vacío.



El cielo que sobra

Los pájaros se duelen, me anochecen.
El debajo se recrudece, se entrevera.
Los puñados se hieren, me apesumbran.
Los ausentes se reclaman, se rematan.
Los vientos se llueven, me alargan.
Las revueltas se recogen, se asemejan.
Los pliegues se nublan, me enderezan.
Lo apagado se desapega, se atraviesa.
El adentro se encarniza, me aploma (o desploma).
Los ríos se presienten, se lloran.
La demasia se renombra, me canciona.
Los costados se taxonomizan, se ontologan.
El zumbido se embiste, me sucumbe.
Los impedidos se reclinan, se joroban.
El polvo se acompaña, me descalza.
Los alrededores se encogen, se intiman.
La mayéutica se embebe, me relumbra.
El procústeo se denota, se ergonomiza.
Lo servil se procede, me remonta.
Lo suspendido se atasca, se atraganta.
La apetencia se genitaliza, me saliva.
La mitad se apiada, se concede.
Más allá, se coagula la muerte.



Declaración jurada

Aquí andan,
Aquí andaban
Las trasañejas alambradas,
La trasbocada figura del río,
La trascendencia de la madera,
El transcurrir de los maizales,
El trasfondo delicado de una lealtad.

Aquí el algodón,
El método de las algas.
El rítmico ensueño de las cigarras,
El espasmo de las nebulosas,
De los alerces,
El sol serpenteante sobre los espejos,
La utopía embravecida,
¡La utopía!
Con sus pujantes escoltas por el viento.

¡Y es que no…!
Nos persuadió lo fétido
El criterio bullicioso de los resumideros,
Los ondulantes gemidos de poca monta,
La vehemente masilla,
La saliva castrada del asfalto,
La literatura de endeble entraña,
Las perfecciones,
El espectro sin remiendos.

Y allí estamos:
Exhaustos,
Más flácidos que siempre,
Con la tenue carne infecta,
Por tanto tratante y crujido sin vida,
Como inevitables sortilegios machacados,
Por la ansiedad y la jaqueca.
Como el alarido de las cloacas,
Que viajan en colectivo,
Y se quejan,
Y se aprietan
Sobre el óxido de las axilas y las lagañas;
Como tiesa nariz
Que destierra sobre otros y se disculpa,
Bajo la bovedilla
Y los timbres
Y la súplica de los espejos.

Y allí estamos:
Rebosantes de infamia y de baba,
Rebosantes de bilis y desacuerdos preacordados,
De sorna bobina,
Araña,
Mosquitos desechos;
Con el casco colmado de viruta regurgitada,
Con las arterias hinchadas de escorpiones exudados,
Con las orejas acordonadas de empantanadas orillas,
Y campos de sal,
Nada más que sal.

Residuo adormecido de abultadas perturbaciones,
Y excitables lenguas,
Que extravía el erotismo en cualquier parte,
Que equivoca el querer con el abrazo,
La rima con la fatiga fermentada,
El breviario con los inventarios en serie.

Devastados autómatas del acaso y el tedio,
Con el musculo comprimido,
Por los muros de yeso y entrañas de plata,
Por las yemas recubiertas de ávido vacío,
Por decrepitas flemas de corbatas tiesas,
Por cuantos urinarios con cortes de servicialidad
Estallan las penumbras,
Esquilan las cataratas,
El edulcorado cálamo,
El flujo untuoso de los adulterados corceles,
Sin cuartillas,
Sin crines,
Ni brotado orbicular de opio,
Que los lleva a la apetencia,
A empeñar la promesa,
A subastar el vientre,
A amputar en trozos sus veneradas raíces,
A engullir las patrañas que divulgan los faroles,
Los filamentos tuertos,
Los empalagosos pescuezos que ostentan el lenguaje,
Y recitan,
Y afirman,
Y proclaman,
Ante grises montaraces de latón que no orinan,
Ante la muchedumbre,
Que desde una distancia prudente
Podrá aparentar amapola virgen,
Aunque de cerca apesta:
A transpiración oprimida,
A llanura velada,
A martirio estéril,
A rabia atorada,
A excremento confinado,
A cuervo muerto.



Federico Luis Baggini, nací el 01 de agosto de 1987 en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Actualmente resido en el barrio de Villa Tesei, Provincia de Buenos Aires, Argentina. En cuanto a lo académico, cursé hasta el año 2012 de la licenciatura en Bibliotecología, impartida en el Instituto de Formación Técnica Superior n° 13, Buenos Aires.
Desde hace algunos años tomó talleres de escritura con diferentes escritores y persona de oficio en la materia, como así también dicto talleres para personas que desean iniciar en la escritura. He participado y participo como colaborador de revistas y periódicos, como así también de portales y medios virtuales vinculados a la material literaria.
Trabajo como bibliotecario en la Biblioteca Popular de la Asociación Cultural y social "Helena Larroque de Roffo", situada en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
En Agosto de 2012 publiqué mi primero libro de cuentos titulado “Acariciapajaros y otros cuentos”, editado e impreso de forma independiente, autogestiva y sin marca editorial, con prólogo de Carolina Quirós, reseña de Sebastián Pujol y arte y diseño de tapa de Melina Godoy. En Mayo de 2016 fueron presentados mi segundo y tercer libro, publicado con las mismas condiciones: de forma independiente, autogestiva y sin marca editorial. “Repeticiones, reiteraciones” cuenta con prólogo de Dora Berdugo, Reseña de Liliana Enriotti, arte de tapa de Agustina Niño-Seeber y diseño por parte de Sabrina Zanzi. El tercer libro, titulado “Agonías” cuenta con prólogo de Luis Autalán, reseña de Alejandro Bisignano Burgos, imagen de tapa y contratapa y diseño por parte de Melina Godoy.
Para el presente 2017 tengo proyecto publicar dos libros inéditos hasta el momento: uno que consta de diez cuentos de mi autoría, y el otro que compilara textos en prosa-poética también de mi entera autoría.

Para ponerse en contacto pueden contactarse por alguno de los siguientes medios:
Facebook: Facebook.com/fede.baggini / E-mail: fedebaggini@hotmail.com / Web: www.federicobaggini.com.ar



lunes, 19 de junio de 2017

ELOGIO DE LO MÚLTIPLE. AGUAS MÓVILES. ANTOLOGÍA DE LA POESÍA PERUANA 1978-2006 (PERRO DE AMBIENTE, EDITOR), por Lisandro Gómez

Cada antología es, de alguna manera, un instante para reflexionar sobre el canon y su relación con el corpus, siempre virtual, siempre en movimiento de las obras producidas. En efecto, esta reflexión supone el cuestionamiento o la ratificación de una sensibilidad, una manera de comprender el fenómeno poético y de acercarse a él. Más aún, el espacio textual de la antología, por su misma constitución, es una manera de interactuar con la tradición, de plantearle nuevas interrogantes y demandarle soluciones inéditas. El siglo pasado ha permitido observar que, en algunas oportunidades, fueron los poetas mismos quienes, en un intento por definir la personalidad de su escritura, emprendieron esta tarea. Tal es el caso de la famosa colección que prepararon Sebastián Salazar Bondy, Jorge Eduardo Eielson y Javier Sologuren, La poesía contemporánea del Perú (1946), o aquella no menos insigne que estuvo a cargo de José Antonio Mazzotti, César Ángeles y Rafael Dávila Franco, La última cena. Poesía peruana actual (1987).

No obstante, a pesar de la presencia (persistencia) de estas colecciones en el derrotero de la poesía peruana, resulta insólito que las perspectivas del estudioso y del poeta se conjuguen con provecho en un mismo individuo. Es una fortuna, por ende, que el día de hoy aparezca en nuestro medio una antología que rompe con esta constante: Paul Guillén (Ica, 1976) acaba de presentar Aguas móviles. Antología de la poesía peruana 1978-2006, una colección que nos lleva a meditar sobre la forma de organizar y entender la poesía peruana gestada desde las últimas décadas del siglo pasado. Asimismo, el texto introductorio que ha preparado Guillén para su antología supera las expectativas habituales a las que nos tienen acostumbrados publicaciones de este tipo en nuestro medio. Más allá de la estupenda colección de poetas y poemas, escogidos la mayoría de veces con discernimiento y sabiduría, el texto compuesto por Guillén tiene el mérito de proponer, ante todo, una forma alternativa de concebir la historia de la poesía peruana.

En primer lugar, para calibrar el aporte de esta antología, debe evaluarse la propuesta presentada en el conciso estudio que abre el conjunto. Precisamente, es en este prólogo donde plantea una singular manera de organizar la poesía escrita en las últimas décadas. Como es de conocimiento público, por más que la pertinencia teórica del concepto de «generación» para el estudio del devenir histórico de la lírica en el Perú se ha visto mermado en las últimas décadas, pocas veces los antologadores de turno han prescindido de este concepto o, menos aún, han emprendido la tarea de elaborar una noción que pueda sustituirla eficazmente. Guillén ha tenido el valor de abandonar esta categoría y atreverse a una organización que ya no depende de la enumeración de los autores más reconocidos de cada década: «Mi planteamiento» —afirma el antologador— «obviará la categoría de “generación” y planteará de una manera secuencial una lectura de los flujos, variables y constantes de la poesía peruana. Además, no asumir la idea de “generación” me permitirá prestar importancia a los sistemas de la poesía peruana» (8, cursivas nuestras).

Si bien es cierto la noción de «sistema», para el caso de nuestra literatura, fue esbozada por Antonio Cornejo Polar, en su célebre La formación de la tradición literaria en el Perú (1989), hasta el momento no se había intentado trasladarla hacia la producción poética. Asimismo, Guillén se esfuerza por establecer un diálogo entre la categoría de «sistema» y el concepto de «copresencia de lo diferente», propuesto por José Morales Saravia —poeta que aún no recibe la atención que merece—. Para este último, comprender la historia de la literatura significa asumir que en un momento específico coexisten siempre tradiciones diferentes, distintas variantes de concebir y ejercer la poesía (13).

No obstante, Guillén no brinda una definición clara de su categoría. ¿A qué se refiere con sistema? ¿Cómo debemos entender esta noción?  ¿Debemos comprenderla según la pauta de Cornejo Polar? ¿Puede ser equiparable a algún otro concepto previo? En realidad, no sabemos con certeza a qué alude específicamente con esta idea. De ahí parte una duda fundamental que empaña, solo en parte, su planteamiento: ¿cuál es la diferencia entre un sistema y una tradición? ¿No es más sencillo (o preciso) hablar de tradiciones en la poesía peruana? Dicho de otra forma, no puede divisarse con nitidez por qué razón Guillén apuesta por «sistemas» y no por el término «tradiciones» (en plural), que es una noción más familiar al lenguaje crítico, que permite definir un corpus a lo largo del tiempo y no niega la posibilidad de interacción, y que guarda en sí misma una enorme complejidad. ¿Acaso al hablar de sistemas se está refiriendo a las tradiciones que pueblan nuestra poesía? En algunos pasajes de su estudio, parece que no hubiera una diferencia sustancial entre ambos conceptos, lo cual, tal vez, podría poner en duda la pertinencia de su enfoque.

A pesar de estos reparos, el empleo de esta categoría le ha permitido al antologador formular una descripción muy sugestiva de los avatares de la poesía actual. Así, en su lectura, debemos entender que existen seis sistemas definidos: «1) sistema coloquial; 2) sistema del lirismo, lenguaje de imágenes irracionales y surrealistas; 3) sistema neobarroco; 4) sistema del concretismo y post-concretismo; 5) sistema de la poesía escrita en lenguas aborígenes y [SIC] 6) sistema de poesía del lenguaje» (8).

De todos estos, el cuarto solo es descrito en el prólogo y no tiene presencia en el cuerpo de la antología. No está de más señalar que, incluso considerando los libros mencionados en la introducción, resulta complicado asumir que este tipo de poesía constituya propiamente «un» sistema, con cierta autonomía y una historia propia, como sí sucede con los otros, dentro de la poesía peruana. Habría que calibrar hasta qué punto no estamos solo ante experiencias estéticas que, en el peor de los casos, podrían ser tildadas de anecdóticas. También, sucede lo mismo con el sistema de la poesía del lenguaje que, por momentos, parece que no contara con un corpus importante para reclamar su independencia. Asimismo, en el caso del segundo sistema, cabe preguntarse por la pertinencia del encabezado, ya que, en esencia, se refiere específicamente a los residuos de las herencias simbolista y surrealista, que aún puede rastrearse en algunos autores en pleno ejercicio de la palabra. Para el prologuista, ambos legados son decisivos en los poetas inscritos en este sistema.

Sin duda, en estos casos la brevedad del estudio introductorio es un factor en contra. Incluso, puede afirmarse que este inconveniente se extiende al cuerpo mismo de la muestra. En efecto, todo el conjunto, prólogo y selección, dejan la sensación de que requieren de más espacio. En este caso, se trata de una decisión editorial poco afortunada: un proyecto de este tipo demandaba una cantidad mayor de páginas o, caso contrario, la reducción del número de autores de la antología, para repotenciar el ensayo introductorio, que, como se ha visto, es una pieza clave, y la cantidad de poemas por cada uno de ellos.

Sin embargo, uno de los mayores logros del empleo de la noción de sistema radica en su capacidad para, prácticamente, disolver la aparente encrucijada que provocó un debate iniciado hace unos años entre Luis Fernando Chueca (2001) y José Carlos Yrigoyen (2008). Aunque ambos emprendieron una empresa similar, que tenía como propósito último definir los rasgos característicos de la poesía reciente, como resultado de sus pesquisas, terminaron ofreciendo soluciones antagónicas. En su intento de comprender la composición de la poesía peruana actual, Guillén señala que «la concepción de la diversidad (Chueca, 2001) se torna muy abierta, modulable y permeable, en tanto, la noción de hegemonía de lo conversacional (Yrigoyen, 2008) justamente oculta las disidencias textuales o la copresencia de lo diferente» (13).

En el caso de Yrigoyen, su tesis obedece más a una convicción estética: dicho de una manera distinta, su defensa de la poesía conversacional es una manifestación de principios. Se comprende el énfasis en su postura, ya que su producción lírica adquiere sentido y mayor brillo puesta en relación, precisamente, con el sistema coloquial, del cual sin duda es epígono y superación. Sin embargo, asumir sus ideas genera demasiadas restricciones a un corpus que, abiertamente, muestra una mayor variedad, capacidad de exploración y riqueza formal. En el caso de Chueca, aunque no lo señala de manera explícita, Guillén sugiere que el principal inconveniente de su postura radica en su énfasis en el aspecto temático. Al hacer hincapié en los temas de la poesía escrita en los noventa, Chueca soslaya que es, finalmente, la forma expresiva empleada para forjar el poema la que lo define. Así, el lenguaje precisa la identidad del texto poético. Ni hegemonía, ni diversidad. El enfoque de Guillén, en este aspecto, es una manera inteligente de salir de un aparente atolladero.

 En segundo lugar, aunque, el antologador afirma que «la elección de estos nombres es simplemente […] provisional y transitoria» (25), la colección que presenta es, en la mayoría de casos, un ejemplo de lectura exigente y perspicaz, donde impera el buen tino. En este sentido, a diferencia de otros autores, Guillén ha sabido aprovechar sagazmente su faceta creativa. Esta, lejos de ser un obstáculo (una poética rígida que sesga su visión y su juicio), es utilizada como un «observatorio» que le permite atisbar un conjunto surtido de poéticas muchas veces disímiles e, incluso, exagerando un poco, hostiles (pensemos solamente en el contrate abrupto entre la poética coloquial y la del neobarroco). Incluso, puede decirse que la lista presentada constituye un espacio de reivindicación y rescate de algunos autores poco conocidos en el medio. Más aún, el hecho mismo de evidenciar que el neobarroco es dueño de un espacio expresivo propio e importante en la poesía peruana es, por sí mismo, un logro. En este sentido, no es errado caracterizar el conjunto propuesto en Aguas móviles como un acceso válido al corpus poético contemporáneo, que brinda luces sobre la práctica poética en nuestro país. Guillén explota acertadamente su lugar como poeta: las redes que ha establecido, en su ejercicio con la palabra, le permiten identificar, a veces, poéticas marginas por la crítica en boga.

Sucede, por ejemplo, con el poeta Javier Gálvez, quien hasta el momento solo tiene un poemario, Libro de Daniel (Jaime Campodónico, 1995) y un ensayo editado a cuenta del autor, Javier Heraud y la nueva Eurídice (2011). Este compromiso con la búsqueda de fuentes es el indicio de un trabajo sesudo, que, tal vez, solo sea el preámbulo de un proyecto mayor. Asimismo, un caso similar es la recuperación de la poesía escrita en lengua quechua, representada en la antología de forma notable por Dida Aguirre y Odi Gonzales. También, en esta línea, destaca el caso de Iván Suárez Morales, poeta que conjuga milenarismo y política con un espléndido trabajo del ritmo.

No obstante, existen dos inconvenientes que atraviesan la selección de poetas. El primero radica en la organización. En vista de que el planteamiento central del prólogo consiste en una comprensión alternativa de la lírica peruana como un corpus sectorizado por «sistemas poéticos», resulta contradictorio que al momento de proponer un orden se haya recurrido a la cronología. Hubiera sido conveniente aprovechar la noción de sistema y graficarla en el cuerpo de la antología. Es decir, presentar juntos los poemas que corresponden a un mismo sistema, para establecer de esta forma variantes, continuidades y procesos que permitan apreciar, precisamente, en la propia escritura poética su «sistematicidad». El prólogo y la selección, entonces, habrían adquirido la necesaria complementariedad que exigen proyectos de este tipo.

Definitivamente, esta decisión conllevaba, aparentemente, el riesgo de soslayar casos donde un mismo autor puede ser exponente de varios sistemas. Sin embargo, esto no habría sido un problema, si se hubiera aprovechado consecuentemente la noción de sistema. En otras palabras, habría sido interesante colocar la noción de sistema por encima a la de autor. Nos referimos a la posibilidad de que un mismo poeta pudiera aparecer dos o más veces en diferentes secciones de la antología, debido a que, como se señala en el prólogo, un mismo autor puede inscribirse en varios sistemas a lo largo del tiempo. Casos paradigmáticos de este fenómeno podrían ser los poetas Roger Santiváñez o Mario Montalbetti, quienes partieron del sistema coloquial al neobarroco y a la poesía del lenguaje, respectivamente. Una distribución de los espacios textuales de la antología definida por la noción de sistema hubiera sido la manera más rotunda de materializar la propuesta detrás de este proyecto.

Un segundo inconveniente, aunque en menor escala, se desprende de la funcionalidad del concepto de sistema. Como habíamos mencionado, el uso de esta categoría se justifica, en parte, por su capacidad para iluminar sectores de la poesía poco conocidos por el público lector o atendidos por la crítica oficial. Por tal motivo, después de una lectura general, resulta paradójico que los poemas que más destaquen correspondan a los poetas consagrados por la crítica. No siempre los exponentes «menos reconocidos»  permiten apreciar la riqueza del sistema que representan. Es lo que ocurre con los textos de Yulino Dávila o de Giancarlo Huapaya, cuya radicalidad formal pocas veces consigue dar buen fruto. La experimentación no supone, necesariamente, en esos casos, resultados importantes. A esto debemos agregar que el número de autores va en desmedro de la cantidad de poemas por cada uno de ellos. En algunos casos, esto tiene como consecuencia que, debido a la extensión de sus textos, solo se puedan incluir uno o dos poemas representativos por autor. Un caso emblemático puede ser el de José Morales Saravia, cuya obra está resumida en un solo poema («La mar» que comprende seis carillas). Esto nos lleva a pensar que, por momentos, debido a la tensión entre el proyecto que la guía y el número de páginas que, finalmente, posee, esta edición no logra definir con claridad si es una antología o una muestra (entendida como un ejercicio de difusión bajo el criterio de concisión y esencialidad).

No obstante, a pesar de estos problemas, es necesario recalcar que Aguas móviles sí cumple con su propósito de recuperar voces importantes de la poesía peruana. Es el caso de Dida Aguirre, exponente de la poesía escrita en quechua, dueña de un lirismo singular que se apropia de su tradición, y de Javier Gálvez, vate poco conocido, poseedor de una aguda sensibilidad para forjar el ritmo en sus poemas. También, es necesario destacar el acierto de recuperar algunos nombre conocidos pero con escaza difusión, debido principalmente a su breve paso por la poesía. En ese rubro entran los trabajos poéticos de Xavier Echarri, una de las voces más interesantes de la lírica escrita en los años noventa, y de Patricia Alba, notable exponente de la poesía escrita por mujeres en la década del ochenta.

En síntesis, podemos afirmar que Aguas móviles. Antología de la poesía peruana 1978-2006 constituye una apuesta oportuna en el intento de renovación de los estudios de la poesía en nuestro país. El conjunto tiene dos méritos principalmente. En primer lugar, expone una concepción alternativa sobre la producción poética. No se trata de una colección arbitraria. La lista final de autores seleccionados obedece a una perspectiva crítica que pretende articular una comprensión sobre el fenómeno poético. Por más que la noción de «sistema», axial en su enfoque, necesite un esclarecimiento mayor, creemos que la decisión de analizar el corpus seleccionado en segmentos es realmente pertinente (sino urgente). Aunque es necesario que esta propuesta se materialice en la composición de la antología. En segundo lugar, la mayoría de veces, consigue rescatar las voces de algunos de los representantes menos difundidos de la poesía peruana. Incluso, en el caso del neobarroco, define un área específica del corpus poco valorada. Estas operaciones son vitales para tener una percepción cabal de los senderos que recorre la lírica peruana en la actualidad. Creemos que esta colección exige una segunda edición que afronte consecuentemente los postulados de su prólogo y que solucione algunas de los traspiés o confusiones que han surgido en esta primera entrega. Consideramos que esta colección es, desde ya, un aporte valioso para los estudios literarios y  para los lectores interesados, siempre atentos al devenir de la lírica.

UNA RESPUESTA / UN POEMA DE MI AMIGA MONTSERRAT ALVAREZ, por Willy Gómez Migliaro



La siguiente entrevista a mi amiga Montserrat Álvarez, que inicialmente iba a salir en el Clarín de Argentina, fue boicoteada por el mismo entrevistador que tuvo miedo de publicarla. Imagino otros intereses, pero siempre hay miedo a esa lucidez y fuerza con que la poeta suele responder. Pedí a la autora de Zona Dark, darme la exclusiva para difundirla. Previa conversa siempre placentera, la presento junto a un poema inédito y potente que ha tenido a bien cederme.
Willy Gómez Migliaro
Centro de Lima, junio de 2017.


MONTSERRAT ALVAREZ
(Zaragoza, España, 1969)
Premio de poesía en los Juegos Florales de la Pontificia Universidad Católica del Perú, 1990, y Premio Poeta Joven del Perú, 1990-1995. Estudios de filología inglesa en la Universidad de Zaragoza y de filosofía en la Pontificia Universidad Católica del Perú, en la Universidad Católica de Asunción, Paraguay, y en el Instituto Superior de Estudios Humanísticos y Filosóficos (ISEHF), Asunción. Correctora para diversas editoriales y diarios en Paraguay. Ha publicado Zona Dark (poemas), Lima, 1991, Doce esbozos haitianos y un cuento andino (cuentos), Asunción, 1994, Espero mi turno (¿nouvelle?), Editorial El Augur, Asunción, 1996, El Poema del Vampiro ("diálogo platónico-gótico"), Editorial Arandurá, Asunción, 1999, Underground (poemas), Arandurá, Asunción, 2000, Alta suciedad (poemas), Bala perdida, Ediciones El Billar de Lucrecia (México, 2007) Es una de las voces más interesantes de la poesía peruana e hispanoamericana. Actualmente vive en Paraguay.


1) ¿Cuál es la situación de la literatura paraguaya actual?

Antes de dar mi testimonio, debo indicar mis flaquezas: vine a Paraguay muy joven, he vivido aquí desde entonces y no puedo comparar el mundo cultural y literario paraguayo con otros; y vine en parte huyendo de –sé que esto dará pie a burlas, pero es verdad y es un dato que influye en ese testimonio– la fama, muy precoz en mi caso: no solo no me interesa el renombre, sino que mi ideal –quizá tímido o cobarde; quizá, posibilidad más oscura, meramente misántropo– es el anonimato –de hecho, escribo, pero hace años que no publico (salvo artículos, porque vivo de ellos)–. Lo primero me impide exponer mis observaciones como un «caso», dado que ignoro si se trata de una ley; lo segundo, por falta de empatía con ambiciones que no entiendo, puede dar a tales observaciones cierta dureza. Dicho esto, Paraguay fue para mí –pero tal vez cualquier país lo hubiera sido; por la primera flaqueza dicha, no puedo saberlo– el lugar del desengaño y del hallazgo: desengaño del mundo literario y cultural, hallazgo de mi modo de hacer literatura, que solo puede ser al margen de ese mundo. Actualmente soy una escritora, por decisión propia, absolutamente marginal.
No veo, francamente, talentos ocultos en la, para mí, predominantemente cuantiosa e insípida producción literaria de Paraguay (quizá sea así en todas partes); sí un constante reclamo de visibilidad y una abundancia de quejas, siempre imprecisas –de hecho, mendaces– por su falta. Falta que no existe: por el contrario, la promoción de escritores de todo género (literario), edad y sexo, de parte de sus grupos y amigos –con reciprocidad: promoción mutua–, y de parte de los medios en general y de los centros culturales, academias o asociaciones –como el Centro Juan de Salazar o la Sociedad de Escritores, que exaltan y publicitan a varios, por ejemplo–, para mí la resume bien el dicho: «Mucho ruido, pocas nueces».
La política paraguaya es tradicionalmente clientelista y mafiosa, estructurada como un sistema de alianzas para beneficio mutuo y de lealtades y compromisos basados en el intercambio de respaldos y favores, y esto incluye la política cultural: amigos o aliados se aplauden entre sí frente a un público que no tiene acceso a otras visiones y reciben el refuerzo de una prensa y unas instituciones movidas por los mismos mecanismos. Las redes sociales, como en todas partes, para la mayoría solo potencian los espejismos; las alternativas que podrían brindarles a los espectadores y lectores son percibidas por muy pocos, y precisamente por los que ya tienen de por sí suficiente lucidez como para sospechar o saber que lo que se presenta como literatura paraguaya no necesariamente es tan interesante como se cree.
Hace unos años, el Correo Semanal, suplemento del diario paraguayo Última Hora, publicó una serie de reportajes a diversos escritores; no conservo esas hojas, por desgracia, pues eran un penoso ejemplo de estas imposturas: afirmaciones sin sustento, acusaciones no verificables contra enemigos nunca nombrados –acusaciones vacías, pues, pero que, por ello mismo, nadie podía desmentir– que supuestamente habrían excluido a esas personas, según ellas mismas, de algún espacio, y toda clase de infundios emitidos para crear una ilusión de heroísmo sobre sí mismos por los propios escritores y supuestas víctimas; algo por demás indigno, y, sobre todo, ridículo. Sin datos, sin investigaciones, sin nada. Pero el sistema descrito funciona tan bien que muy pocos –incluyéndome, tal vez cinco personas– nos reímos aquella vez de esos reportajes –que, sin embargo, eran y siguen siendo muy cómicos–. Este es un ejemplo de las manipulaciones procedentes de los escritores considerados «emergentes» –los presentó así el redactor de aquel diario–. Cuando tomé hace tres años la posta de la dirección del Suplemento Cultural del diario Abc Color, este suplemento formaba parte de ese sistema –era, en realidad, vocero suyo–, del cual yo no formo ni formaré parte nunca; mi posición es extraña, por absolutamente marginal; por eso, al asumir yo este puesto laboral, naturalmente, cundió la alarma y los señores de la Sociedad de Escritores, la Academia Paraguaya de la Lengua, etcétera, utilizando todos los contactos, poderes y recursos, formales e informales, a su alcance presionaron a los directivos y dueños del diario para que me sacaran del puesto. Este es un ejemplo de las manipulaciones procedentes de los escritores considerados «consagrados».
En realidad, no son dos bandos opuestos: unos fueron lo que son los otros, que serán en breve lo que estos ya son. No hay renovación, sino continuidad: son todos, para mí, en suma, la misma cosa.
Cuando hablamos del golpe de Estado que derrocó a Stroessner en 1989 decimos golpe y no revolución: de una revolución se espera que no deje en pie la estructura de poder sobre la que se basa el régimen que derroca. El golpe que derrocó ese régimen la dejó en pie con sus herramientas de legitimación, osamenta de la sociedad local. La prensa, la educación, el estado, la cultura tienen la marca de hábitos heredados que son parte de las estructuras del poder en Paraguay, donde la censura ya no es ante todo estatal, sino social. Los grupos literarios «oficiales» y los «emergentes» buscan lo mismo: acaparar espacios, visibilidad, premios, viajes, etcétera; no hay entre ellos una diferencia estructural, sino mercadotécnica. Bajo las aparentes oposiciones del mundo literario, mero juego de superficies, los diversos grupos –con los muy promocionados pero que se autoproclaman excluidos a la cabeza– son iguales. Nadie desea ser dueño solitario pero absoluto de sus ideas. No entrar en grupos que respalden y excluyan en Paraguay es ser un outsider. A un muerto que haya vivido así se lo homenajea, pero a un vivo se lo descalifica, y nadie ve los mecanismos por los cuales cabe hacerlo sin que parezca indigno. Así fue con Rafael Barret, que ensalzan paradójicamente aquellos cuyas políticas de grupo, sean parte de grupos con poder, lo sean de grupos movidos por la ambición de tenerlo, favorecen y excluyen por conveniencia. El mundo cultural paraguayo es un sistema gregario de favores mutuos. Pero el precio de la libertad, publique uno en la prensa, hable en los bares o alce en la web sus ideas, es no aceptar más respaldo para ellas que su nombre. Por eso elijo la marginalidad. Elegir la marginalidad es vivir en oposición al sistema político, artístico, intelectual y al tipo de relaciones sociales que marcan históricamente la cultura local. Es duro. En Paraguay, pensar y opinar de manera individual se percibe como una insolencia.
Esto es lo que puedo decir acerca de lo más visible –que no «invisibilizado», como se pretende– de la literatura paraguaya. Hace poco, aprovechando el tema en auge del centenario de Roa Bastos, hubo un congreso de literatura paraguaya en Buenos Aires. Por cierto, un modo que tienen muchos escritores paraguayos de fomentar el odio del público contra personas como yo es atribuirles posturas inexistentes; así, por ejemplo, a propósito de este centenario parece que en mi caso muchos escritores paraguayos se dedicaron a decir que yo detesto a Roa Bastos. No hay hecho ni dicho mío que permita afirmarlo (lógicamente, porque no es cierto; y si lo fuera me encantaría decirlo), y, sin embargo, mentiras como esa son sostenidas y promovidas por el sistema literario y cultural de Paraguay. Los escritores paraguayos son, en general, menores e irrelevantes (repito: tal vez esa sea la mayoría en cualquier parte), y su medianía termina por envilecerlos mucho. Volviendo a ese congreso porteño, como siempre, lo organizó un grupo de aliados para presentarse en el exterior y hablar de sí mismos y de los suyos. Y, también como siempre, el público no tenía información alguna a su alcance para poder comparar esa versión con otras y, cuando menos, relativizarla, con lo que habrá pasado por verdad absoluta. Sin embargo, para hacer una melancólica confesión, el público es (para mí) decepcionante también: tendría, creo yo, que darse cuenta de la pobre calidad de lo que en general es tan celebrado de esta manera. Algunos lo hacen, pero, como los que escribimos (y quizá aquí tendría que sentirme culpable por no publicar, al cabo) al margen del sistema (solo conozco otro caso, actualmente, de un individuo así, aparte de mí; y es amigo mío), son una excepción muy rara. Supongo que tal vez sea natural; quizá siempre y en todo lugar las cosas hayan sido así. Quizá otros antes que yo se han visto en situaciones de marginalidad necesaria, sea forzosa o deseada, sea ambas cosas. Quizá el grueso de los escritores de todo tiempo y lugar ha sido, en general, menor e irrelevante; quizá a esa mayoría también su medianía habrá terminado por envilecerla. Quizá lo que sucede es que no recordamos, al pasar las décadas y los siglos, a todas las personas que se habrán comportado de esa manera.




AMOUR FOU

Cada uno en su asiento
o de pie en su lugar
la ciudad recorremos
deseando llegar pronto
ligeramente incómodos
entre extraños molestos

En el fondo
tenemos mucho miedo
de sabernos
reunidos aquí
en esta humilde luz
contra la noche
En el fondo
tenemos mucho miedo de sabernos
como grandes amantes reunidos

Como grandes amantes reunidos
en el pliegue del manto de un dios ciego
Como polvo de estrellas reunidos
bajo esta luz fugaz nos desconocemos
Porque es muy breve el tiempo concedido,
evitamos mirarnos
Porque es muy breve el tiempo concedido,
amor tal en los ojos
sería sangre

Podría destruirnos
Así que vamos graves
como veinte astronautas que se encuentran
en extraño planeta
y de amor tal
que todo desintegra
no se miran siquiera
Y surcamos las calles
deseando no llegar
no tener que perdernos
tan fuera de la luz del colectivo
que nos congregó a todos,
pasajeros,

boleto en el bolsillo
El módico milagro
que pronto quedará
para siempre perdido
No tocar ese timbre no tener que bajarnos
–hasta nunca–
en nuestros respectivos paraderos

Inédito
Paraguay, junio de 2017

Cinco poemas de Odette Amaranta Vélez Valcárcel

  Fuente: Andina                                 al borde la arcilla                                 hurgas humedad                         ...