lunes, 18 de diciembre de 2017

SURVIVING MR. WALCOTT (SIETE DÍAS CON UN PREMIO NOBEL), por León Félix Batista



Día 1
Cómo imaginar que un simple acto lúdico (la traducción de un texto literario) me proporcionaría, dos décadas después, la experiencia de vivir una semana de intensidad poética junto a su autor. Y todavía no sé si adjudicar el acontecimiento a la teoría del azar (determinismo, caos, incertidumbre) o a la de las catástrofes (“va a llevarme quien me trajo”). Primer trimestre de 2008, Feria Internacional del Libro. José Rafael Lantigua, secretario de Cultura, invitó al poeta y dramaturgo Derek Walcott, Premio Nobel 1992. Y recordó que yo había vertido al castellano algunos de sus poemas en mi época gringa del College, lo que continuaba haciendo. Así que heme aquí ungido como “edecán” del poeta y su señora, Sigrid Naman. Ardieron las cosas pronto, y ya en la noche del 28 de abril cenamos en su hotel, donde se mostró frugal en el consumo y parco en la conversación –circunstancia conveniente para que no se quebrara de inmediato la fina capa de hielo de mi inveterado nerviosismo. 

Día 2
Casi me hundí en aguas heladas el martes 29, durante el primer encuentro con la prensa. Marianne de Tolentino y yo transcribíamos cosas en apariencia distintas del discurso único que daba el muy serio Walcott. Lucíamos enredados en la bola de manigua del lenguaje: ella traduciendo mentalmente a su francés original y devolviendo en castellano galo; yo a mi vez vertiendo el culto inglés de Walcott pasado por el cedazo de mi broken english de Brooklyn mezclado con el ESL de la universidad. Hasta que di con la clave: mejor que sólo tradujera yo, también poeta, caribeño como él, y frente a un público dominicano, cuya jerga yo me sé. Obstáculo vencido, cero malos presagios. Mas faltaba superar la prueba de la noche, nuestra primera juerga, en casa de Soledad Álvarez y Bernardo Vega.

Salimos a las 6, luego de las parrafadas castrenses de los agentes de seguridad, quienes me nombraron “jefe”, dispuestos a mis órdenes. ¡Qué bien se siente subir al cielo civil, mandar gente con rango! Noté que nos desplazábamos franqueados por motocicletas. ¡Qué bien se siente volar por tierra mirando con desdén el tráfago en fragor de los mortales! Finalmente llegamos, subimos y bebimos –para quedarnos en el argot marcial. Por beber, precisamente, de esos líquidos que a cualquiera hacen locuaz, vimos la primera metamorfosis del poeta. Hasta ese momento fue inglés, como en la quintilla de Fray Juan Vásquez, y brotaron sus tambores caribeños. Se desató (“desacató”, que dicen), al encontrarse allí también con Junot Díaz, estrella literaria rutilante que había colocado como epígrafe de su novela premiada con el Pulitzer un poema de Walcott. Esa noche fue larga, plena, solamente superada por el sol casi saliente.

Día 3
El miércoles 30, muy temprano, esperaba a que Walcott bosquejara coralillos y trinitarias del área de piscina, para acercarme. Habría un recorrido por la Ciudad Colonial y almuerzo con Guzmán Ibarra y Patricia Solano en el polígono central. Ese día, caballero británico otra vez, empezó a dar señales de su grandeza humana, al pedir que el personal y agentes del DNI se sentaran a las mesas con nosotros. Luego al hotel, y a casa, porque aquella habría de ser una noche delirante: primera lectura poética, en el Teatro Nacional, que se reveló insuficiente, pues hubo que habilitar pantallas para el público de afuera, igual en cantidad que el de la sala. Una traductora profesional vertía por los audífonos el esplendor oral de aquel mulato de ojos verdes y pelo en olas, atiborrado de ideas libertarias, memoria épica, truenos de tambores, trópico, crepúsculos, océanos, dolor, Antillas... Leímos un par de cantos de “Omeros”, él de su original, yo de la versión al castellano de Rivas, y respondió preguntas profundas e infinitas.

Día 4
La mañana del primero de mayo lo encontré en la misma pose, esta vez frente a un papel. En el silencio mayor que me haya sido dado guardar, me coloqué a su espalda, procurando en modo alguno interrumpir algún poema. Entrevista y almuerzo en Diario Libre, y a las 4 de la tarde recibido por estudiantes de Letras en la UASD, donde se mantuvo circunspecto: había entrado de nuevo en “modo Sir Walcott”. Acaso por el calor reinante, porque no tuvo que leer poesía ni hablar sino limitarse al homenaje o, quizás (es mi teoría), por su pelea con Sigrid: saliendo del hotel le gritó que subiera al otro auto, porque estaba harto de su parloteo: “me voy solo con León”. Yo quise hacerme el loco ante el pugilato y los alemanes ojos anegados de Sigrid, pero Walcott me involucró: “¿Verdad, León, que las mujeres hablan demasiado?”. Y vino la noche a repararlo todo: cenamos en casa de José Mármol y Soraya Lara. Rodeado de conversación muy alta, licor, poetas con sus esposas, el gato Figo y la perrita Lola, Derek Walcott fue, de nuevo, feliz: un isleño rumbero y cultísimo a la vez.

Día 5
El viernes ocurrió la apoteosis: fuimos inesperadamente invitados a almorzar en Palacio con el presidente de la República, Leonel Fernández. Estarían también Lantigua, Junot Díaz y Alexander Santana, subsecretario de Cultura. El que se suponía fuera día de tregua, a culminar en recepción nocturna, a cuerpo de rey, en el Museo de las Casas Reales (como de hecho sería), se trastocó en el día en que Walcott osciló constantemente entre sus dos personalidades, Hyde y Jekyll simultáneos. Le sorprendió (no me esperaba) que fuera a buscarlo casi al mediodía, aunque aceptó entusiasmado el agasajo del primer mandatario. Pero el diablo no duerme. A distancia de una esquina, en la calle Dr. Delgado, llaman diciendo que el presidente se había complicado y no podría recibirnos sino hasta una hora más tarde. Trágame, tierra. Ordené el retiro de los franqueadores y conducir por las calles de mayor tráfico y embotellamiento. No se me ocurrió mejor manera de retrasar el reloj para el convite. Lo malo fue que Walcott se me volvió de piedra. Enmudeció, asombrado de que ahora sí nos detuviéramos en todos los semáforos posibles. Sudábamos a mares angustia de poetas, pese al aire acondicionado a todo dar. Cuando por fin llamaron: ya nos iba a recibir.

Walcott entonces sufrió un mareo, atribuido a su diabetes. Diligentemente se le atendió en el llamado Salón Verde, todavía con cara pétrea, cuando de repente, todo jarana y joda, entra Junot. El cambio fue brutal: Walcott volvió a ser como por magia afro-caribeño, hombre de azúcar, dialecto y costas. Y nos invitan a pasar. Leonel lo sorprende al conversar, en un perfecto inglés, de los temas más disímiles: antropología, socio-historia, corrientes de ideas, temas europeos. Todos tomamos vino, mucho, a excepción del presidente (nada). Comimos, Walcott se fue achispando, se zampó todo aquel postre pese a las recriminaciones de su mujer. Alguien habla en español con mucho acento: Junot, que dice que se esperen, porque se está meando (sic). Al regreso continúa, en tono de Villa Juana, rememorando el uso que dábamos los vivos al cementerio del barrio (intervine: yo viví en la Paraguay con 23): citas de amor, u horas y horas en las lápidas estudiando para los exámenes o evadiendo algún castigo paternal. Walcott, en las fronteras de un jumo, responde por fin a las advertencias de su mujer: “mejor aún, Sigrid, si me muero, pues mañana dirán los diarios: fallece premio Nobel en el Palacio”. Leonel, a carcajadas, replica: “No, poeta, no te me mueras aquí, tan cerca de las elecciones”. Y así termina todo, o casi, porque bajando las escaleras principales Walcott de pronto se detiene, alza sus brazos ante un público invisible, y vocifera en inglés: “¡Pueblo dominicano, vota por mí, que soy un gran poeta!”. La mirada mortal de los guardias presidenciales nos obligó a bajar de dos en dos los mil peldaños, para llegar lo más rápido posible al auto. Muertos de risa, raudos, felices de travesuras.

Día 6
Al día siguiente, sábado, previo al encuentro con estudiantes y profesores de la PUCMM, se confesó admirado de la brillantez intelectual del presidente, anhelando que todos nuestros países fueran dirigidos por gente así. 

Día 7
El domingo fue más triste. No levantaba la vista del piso en el Salón VIP del aeropuerto. Se iba y, sí: sentíamos congoja, pero sin expresarla. Era la consumación de muchas conversaciones, gestos, conocimiento mutuo y un germen de amistad. Tantas veces demostró la reciedumbre de su personalidad, cambiante por mestiza: era un isleño en contexto archipelágico, formado en lecturas clásicas, hijo de un blanco pintor bohemio, descendiente de esclavos negros, huérfano desde pequeño, hermano gemelo de Roderick, nombrado caballero con el título de Sir, nómada habitante entre El Village de Nueva York y la isla de Santa Lucía. Un coctel de munición emocional que encendía o apagaba su comportamiento, en cualquiera de los casos lúcido, lírico, humanista, magistral.

Ya tenían que abordar. Me pidió cuidar de mi mujer, me dio un par de consejos sobre poesía y editores, algunos libros suyos, un abrazo apretado, y se marchó. Nunca más lo volví a ver. Y ahora ha muerto. Viva siempre Derek Walcott.

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