miércoles, 22 de febrero de 2012

VALLEJO DOLOR, por Paul Guillén

“El tratamiento que hace Vallejo del dolor, reúne tres niveles: el dolor inagotable mestizo, el dolor cósmico de la tradición nativa y la moderna visión de un futuro que abolirá el sufrimiento innecesario. En esta intersección, cuya complejidad es la historia del Perú, Vallejo agrega un elemento nuevo: un dolor cósmico cuyo efecto resiste cualquier localización y cuya causa no puede ser identificada”.
William Rowe

Vallejo utiliza el juego de los opuestos y podemos ligar esta utilización por una conexión con la poesía de Francisco de Quevedo, rica en oxímorones, quiasmos y antítesis, como él mismo había apuntado en “Himno a los voluntarios de la República”: “Quevedo, ese abuelo instantáneo de los dinamiteros”. Todo esto para decir que Vallejo propone una poesía que reflexiona sobre sus propios límites y contenidos, esto es claro en un verso de “Intensidad y altura”, cuando dice: “Quiero escribir / pero me sale espuma”. Esta figura del salir de la espuma podemos relacionarla con la simbología de la cuchara que se despliega a lo largo de toda su obra poética, esto quiere decir que esta simbología expresa el hambre, pero también el dolor de sentirse humano, la inadecuación de sentirse en el mundo. Una poesía que interpela al otro desde su transindividualidad lo cual lo torna en una experiencia colectiva, con las reminiscencias tanto cristianas o marxistas que eso conlleva, por ejemplo la utilización de elementos sagrados como el cáliz, los arzobispos, la pila bautismal, etc. y la teleología de la solidaridad como bien común lo cual puede comprobarse en el poema “Masa”.

Por otra parte, el desarraigo que siente Vallejo se da a dos niveles, un primer nivel sería un desarraigo lingüístico y en el segundo nivel se trataría de un desarraigo físico o corporal. En la primera instancia podemos vincular esta empresa con la imposibilidad de decirlo todo a través de las palabras, la poesía en tanto circuito de comunicación –para Vallejo– estaría regida por la emoción de la expresión, esto da como resultado que la lengua no puede expresar los sentimientos cabalmente y, por ello, en Vallejo asistimos al resquebrajamiento de esa lengua, de su capacidad de comunicar. En la segunda instancia de los desarraigos podemos decir que Vallejo desarrolla a través de las sinécdoques y las metonimias la cartografía de un cuerpo disgregado, él asume el cuerpo no como una totalidad sino como una fragmentación de sus partes (camisa, codo, corbata, etc.), su cuerpo además busca la otredad, por ello es una poesía dialógica, que busca la solidaridad y la complicidad con el lector.

El dolor en Vallejo es universal. Universal porque parte de una experiencia personal mediada a través del lenguaje por una experiencia colectiva, que es en suma el laberinto del lenguaje. Pero en los poemas de “Sermón de la barbarie” y de “Nómina de huesos” este laberinto del lenguaje no tiende hacia lo hermético como en la poesía simbolista, sino que desarrolla sus capacidades comunicativas con el lector. Los mecanismos de producción estética del texto si son variados y complejos, pero la concreción comunicativa de los poemas está del lado de utilizar las palabras llanas, chirriantes, onomatopéyicas, cacofónicas para crear una nueva música o magma verbal. El dolor es un sentimiento que se sufre o se goza estando vivo o muerto, siendo de cualquier religión e incluso tal vez fuera de la condición humana como ocurre en el poema “Voy a hablar de la esperanza”, en una nota Vallejo responde a André Gide sobre una propuesta que él tenía respecto de la asunción del realismo socialista, el escritor francés pensaba que cuando se asumiera plenamente esos postulados se pasaría a un estado donde la literatura describiría y mostraría solo sentimientos de alegría, a lo que el autor de Trilce respondía que una cosa semejante sería mutilar de su condición al corazón del hombre, esto es, el dolor es parte consustancial del hombre, querer desterrar al dolor de la literatura significaría cercenar una parte del corazón del hombre. Como apunta el crítico inglés William Rowe en Vallejo el dolor se despliega a tres niveles básicos: 1) el dolor de su condición de ser mestizo, no olvidemos que en muchos poemas se da cuenta de este trauma que supone la conquista española del pueblo indígena; 2) el dolor de la tradición nativa, esto quiere decir que el dolor característico de la poesía quechua (dominio interior y contemplación exterior) se despliega en Vallejo a través de la asimilación de un español andino, pleno de regionalismos y 3) la moderna visión de un futuro que abolirá el sufrimiento innecesario, esto quiere decir que Vallejo asume el credo socialista como una posibilidad en medio de la debacle social y económica de los años 30, como hemos apuntado anteriormente esto se puede analizar a través de la máxima de la solidaridad. Finalmente, Rowe apunta que además de estos tres niveles de dolor se daría un dolor cósmico, de carácter metafísico: “Yo no sufro este dolor como César Vallejo (…) hoy sufro solamente”, la condición del dolor no solo está expresada en lo humano, sino en todo el cosmos. La característica del cosmos es el dolor. Incluso cuando Vallejo recurre al tópico del doble (hay otro que es igual a él) lo hace como una característica del dolor, ese otro también se duele por habitar el mundo en una casa, ser rutinario y vivir dentro de una multitud que lo cosifica y enajena, por eso, podemos afirmar que el dolor cósmico de Vallejo es una vía punitiva pero también de liberación de las potencias humanas y del mundo. El dolor es de todo el cosmos y al hombre solo le queda seguir sufriendo con su pequeño y pobre corazón.

Imagen: César Vallejo, creación de Yamileth Latorre.

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