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domingo, 22 de enero de 2012

La mansión de las tinieblas: apuntes sobre La casa amarilla y Casa abandonada de Miguel Ángel Sanz Chung por Moisés Sánchez Franco

La imaginación literaria ha creado casas abominables, verdaderas mansiones de lo abyecto, de la enfermedad, de la impotencia y de lo sórdido. Cortázar nos planteó, en “Casa tomada”, un hogar invadido en breves lapsos por presencias ignominiosas e innombrables. Borges, en El Aleph, gestó el hábitat del bestial y melancólico Asterión, un espacio con corredores ensangrentados, esquinas donde morían los gritos, pasajes iguales e infinitos; un escenario de muerte y redención. En el siglo XIX, Poe ideó la mansión Usher, una casa desvencijada y desolada, erigida sobre un lúgubre paisaje encapotado. Allí, el espantado narrador, amigo de Usher, comprueba la corrupción moral y física que posee a las personas y a la misma casa. El fin de Usher y de su legado implícitamente incestuoso es el fin de una mansión antigua y anacrónica y de un mundo caduco de la sociedad aristócrata norteamericana del XIX. En la tradición clásica, en Odisea, el rapsoda canta la cueva-casa del Polifemo, verdadero símbolo de la barbarie, de la violencia gratuita y caníbal. Polifemo devora sin remilgos a los amigos de Ulises quienes pensaron encontrar en la casa del cíclope un lugar confortable y hospitalario.

Sanz Chung también nos plantea una casa inquietante donde lo que prima es la soledad, el desencuentro, el malestar físico y psicológico a partir de recuerdos tormentosos que agobian al poeta de visiones que se erigen sobre la inefable aridez de una casa vacía. La casa amarilla es un poemario engañosamente sereno. Un poeta controlado, sensible y observador recorre los pasajes, ausculta los rincones polvorosos y registra con ojos, ora de notario, ora de testigo forzado, los espacios aparentemente amigables. El lector podrá comprobar que la hostilidad y reticencia que gobierna los objetos de la casa amarilla es notable. En el poema “El estudio”, por ejemplo, el poeta, melancólico y mortecino, comprueba el recelo de los objetos que pueblan el otrora espacio de lectura y placer intelectual, y ante la hostilidad del espacio, surge la violencia y luego la culpa, el remordimiento, una de las constantes temáticas en los últimos versos de Sanz Chung. Diversos pasajes de violencia extrema, gratuita y enajenante figuran en el libro cuya pulcritud y equilibrio expresivo marcan un claro contraste. Sin embargo, es en el estudio donde la agresión tiene el color de la sangre; así, la sustancia corporal emana de cualquier objeto herido por el ánimo volcánico del poeta, quien juzga a la escritura como un acto criminal: arte y crimen se corresponden diría de Quincey; Sanz Chung precisaría: escribir es una forma de matar, pues en toda creación artística hay una violencia sublimada. Por eso, el estudio es la escena homicida, y los libros y los papeles los cuerpos desvicerados, estrangulados:

Ni los papeles que solían esperarte,
sobreponiéndose a toda medida del tiempo,
ahora pueden soportar tu peso redoblado:
donde debiera correr la tinta de extremo a extremo,
manchas rojas que se multiplican
por el goteo
liberado en la yugular del techo.
Olvídate entonces de buscar
algo que aún se yerga lejos de tu influjo.
Y sobre todo,
cuida de no dar un paso más hacia el escritorio
que de todos los seres desangrados
él es el que lleva
las huellas más flagrantes de tus manos.

Para Sanz Chung, la escritura es un penoso compromiso bélico, una obligación casi penitente, una lucha contra la locura, una prueba de equilibrio. De ahí que en el poema “El escritorio”, este mueble sea retratado como un templo de restricciones, pero también como un abismo de violencia, de verdades sagradas e imposibles de confesar. En este escritorio, toda mirada debe ser parcial; todo ahondamiento, prohibido: la razón de todo ello es acaso una moral vigilante que salve al poeta de un ámbito salvaje e instintivo:

Dentro del abismo
No se mira.
Al borde del precipicio de otra carne
No se ausculta,
Los ojos no se asoman,
El cuerpo no se empina


La casa es también un archipiélago, un espacio de incomunicación y de inmovilidad. En “La silla”, la casa figura como un océano, y la silla como una tabla de náufrago, como un puerto de confort en un mar picado. Debido a la silla, el sujeto lírico ahoga cualquier instinto de rebeldía y se transforma en un animal quieto, sosegado y enraizado a la casa arisca. El descanso está ligado al olvido y el olvido a la calma necesaria para afrontar la soledad:

No importa cuántas veces
Atraviese el océano como un fantasma
Para intentar renacer
Bajo el techo de cualquier habitación abandonada,
Mi cuerpo está aquí,
Ocupando un lugar sobre esta silla,
Apoyando todo su peso
Sobre estas cuatro patas
Que son también mis propios miembros
De animal estacionario.

Uno de los espacios más complejos de la casa es la habitación. La habitación es un espacio brumoso, un rincón de la confusión y de la ignorancia más desgarradora: en la habitación, acaso la suya, el sujeto lírico no puede conocerse a sí mismo; es en la intimidad donde las grandes preguntas sobre el quién soy, sobre el valor de los actos y sobre el destino se vuelven más enigmáticas y esquivas.

En “Sol”, la habitación es también un estrepitoso crepúsculo, un cementerio de astros, donde la única acción posible es la molicie, la renuncia a cualquier reacción. ¿Por qué el Sol muere en la habitación del poeta de Casa amarilla? Porque la habitación es un territorio sin límites, aunque también parte de un océano, la habitación es algo digno de contemplar pero imposible de habitar. En dicho espacio, toda esperanza muere, todo intento es fallido; toda arbitrariedad, cotidiana; en suma, dicho cuarto es toda soledad, campo de áridas empresas existenciales, territorio de la angustia, la fatiga y la derrota:

A falta de un cielo despejado
Donde hallar su propio espacio
El sol ha venido a morir en este cuarto.
Ha traído consigo el océano entero,
Anegando sin consideración el suelo,
como si el mobiliario de mi dormitorio
no le proporcionase suficiente cobijo.

Pero también la habitación es un bosque que alberga las bestias adormitadas que el poeta conserva en su interior; es también un espacio lóbrego, yermo, donde el viento y el vacío se conjugan para que lo sórdido y la muerte sean parte necesaria de la intimidad. El conformismo y la evocación son las únicas y pálidas características que reconoce como propias:

Nada se conseguirá ya de mí de esta manera,
La puerta puede erigirse ante mis ojos para siempre.
La única madera que abrazaré en el futuro
Será la de estos míseros esqueletos
Que algún día gozaron de hojas sobre sus cuerpos
Entre sus huesos reposaré la espalda,
Junto a sus troncos dormidos
Dejaré sembrado el mío, todavía caliente.

Por último, la habitación es también un espacio donde la verdad fulgura y la ciudad queda desenmascarada como el poeta confiesa en “Las paredes”; es también el lugar del cuerpo, de la carne. Una atalaya desde donde se puede observar sin riesgos la ciudad fantasmagórica:

Ha sido necesario este último gesto:
Cambiar las paredes por columnas de árboles mohosos,
Transformar el cielo raso en ramas torcidas y resecas,
Apisonar el suelo con tierra yerma
Y obligarme a caminar por ese pasadizo moribundo
Hasta detenerme de golpe frente a esta puerta

En todo los textos, un grupo inquietante e inoportuno provoca la histeria, tal como pregona el poeta de “Los papeles”, son los ojos de los fisgones, las miradas foráneas que atormentan hasta la paranoia, que saquean sin remilgos y devoran espíritus. Aquellos seres que parecen indolentes ante el dolor, que no comprenden la desolación, que solo buscan el espectáculo del artista del trapecio, para decirlo apelando a la figura de Kafka. Ante la mirada inescrupulosa e insensible de la gente, la única protección, acaso vana, es la escritura, arma arrojadiza y mortal para quien la esgrime, recurso desesperado con el que el poeta busca impedir el paso de la irracionalidad, las miradas hostiles y reducir la insustancialidad e indiferencia del mundo.

Y sobre esos mismos papeles
He transcrito palabras semejantes a éstas,
He clavado letras semejantes a éstas,
Y sobre ellas he colgado toda clase de vísceras
Como quien cuelga letreros amenazantes
Para ahuyentar a los ojos extraños
Que no respetan las fronteras invisibles.
Pero ni así ha vuelto a ser mío el universo usurpado.

Casa abandonada posee otro registro: es la voz galopante de la memoria, la voz minuciosa del testigo sensible y observador. El libro es en sí una metáfora de las verdades incómodas del hogar íntimo, es un cúmulo de signos estelares y terrestres. Casa abandonada es, en realidad, el retrato de un espacio liminal donde lo primigenio y lo moderno coexisten en tensa relación. Basta evocar los versos de “Baño”. En dicho espacio, en comunión con el agua, el poeta se transforma en una especie natural más; dicha metamorfosis es aciaga, resistida; el hombre se convierte en bestia y la bestia en hombre. En el baño, el hombre que amanece feral se civiliza, pero antes de la navaja disciplinaria, del perfume consabido y el lavado humanizador, el hombre es bestia, abstracción e incluso paisaje silvestre:

Lo mismo gruño que lloro
Horizontal o vertical soy una esfera un armadillo
Una montaña vacía donde el grito
Retumba dentro de la cueva del oso enfurecido

Un postulado: la casa abandonada es más monstruosa que la casa amarilla. ¿Por qué? Acaso, porque en Casa abandonada el poeta es más perverso en sus recuerdos, contradictorio, acusador, volátil. Sobre el tema de los recuerdos, en Casa abandonada, el poeta evoca juegos infantiles, mundos principescos. Por eso, entre sus versos, se narran batallas con caballos imaginarios y se lucen damas de bucles dorados contemplando desde pedestales majestuosos. Y sin embargo, en este caso, el juego no une; la experiencia lúdica no es una actividad de intersubjetividad, de aprendizaje constructivo, es más bien la prueba de la desunión, de la ruptura, aunque también de la persistencia de la rabia y el desencanto: “mi caballo siempre ha sido caballo/ y yo siempre he tenido rabia de sobra para ambos”. Los juegos del poeta refuerzan el maniqueísmo y las polarizaciones: así, el mundo se divide entre débiles y fuertes; valientes y cobardes; leales y tramposos; amigos y enemigos.

Casa abandonada afecta más al lector porque el autor nos interpela y con ello nos involucra, nos culpa, nos condiciona, como en el poema de la sección “Caída”:

Si decides abandonarme a las puertas de este
Edificio transparente
Has de saber
Que dentro sucumbiré ante las miradas extrañas
Que pigmeos con la misma altura que la mía
No significan mis iguales
Que las palmadas y las canciones repetidas no alegran el corazón de la piedra
Que los tapetes de colores no protegerán mi cuerpo
De la afrenta


Como se puede apreciar, el interpelado será el culpable del daño moral que el poeta padecería. Por eso, el único camino posible que le queda será la venganza. No obstante, el poeta reconoce que el gran culpable y, por ende, el principal objetivo del verdugo debe ser él mismo: “Si hay que comenzar por cortar una cabeza/ esa no es otra que la mía/ nadie como yo ha criado guillotinas en los ojo/ y navajas en los maceteros”. En “Huida”, final del viaje por esta casa de ocultas tinieblas, se puede observar aquello que resulta imperdonable para la moral del poeta: la mentira.

Y al final, sea por horca o por un accidente, el poeta yace en lo que aparentemente es el fondo de un río quieto. Si las aguas del río eran para Heráclito metáfora del tiempo y de la dinámica de la vida, para Sanz Chung son figuras inmencionables de muerte. Por ello, al final, el poeta muere golpeado contra las filosas piedras negras, con la duda de si en realidad merecía dicha oscuridad en la que vivió y en la que perece. Su espíritu contradictorio se manifiesta hasta el último instante:

Y de repente el timón contra el acero,
el cuerpo elevándose sobre el puente,
el vacío consumiendo mi aliento como pólvora
encendida

¿En realidad merezco esta oscuridad?

Las piedras filosas bajo las aguas negras
y el silencio liberado tras el estruendo
devoran las preguntas sin contestar.

Casa abandonada y La casa amarilla son dos obras donde la inquietud es la única sensación posible. La visita a estas mansiones tenebrosas e inestables es en realidad una experiencia de introspección, donde figuras como la familia ausente o destructiva, el hogar hiriente o salvaje y la violencia física o verbal que parece haberse impregnado en las cosas nos permitirá cotejar nuestros recuerdos personales con dichas imágenes y conocer los abismos de la angustia terriblemente familiar, espantosamente cercana.

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