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martes, 15 de enero de 2013

Theresa Hak Kyung Cha por Cristina Rivera Garza



[para Amaranta y Juan Francisco y Pepe y Tabea y Abraham y todos los integrantes de la Asociación Libre de Pilotos Encendidos de la Frontera Más Izquierda]

Los buenos libros se las arreglan para llegar en el momento justo, a la hora adecuada. No arriban antes de que estemos listos para su lectura, ni después, cuando todo es ya demasiado tarde. Los buenos libros se materializan en nuestras manos sólo cuando uno está en condiciones vivir con ellos, en su sangre. Cuando resultan del todo urgentes. Eso me pasó con Dictee, de la coreana-californiana Theresa Hak Kyung Cha. Me la habían recomendado mucho y muchas veces pero, aunque había estado a punto de la adquisición en varias ocasiones, la había evitado (sin razón aparente, como suelen ser esas cosas). Hace un par de días compré el libro en una de estas librerías privilegiadas de California y, aún entonces, estuve a punto de devolverlo porque el precio era mayor al anunciado en la etiqueta. Lo conservé nada más porque había una larga cola en el mostrador de servicio y hacía calor y tenía hambre. Cuando, horas después, lo abrí y me di cuenta que tenía entre mis manos un libro largamente recomendado todavía lo miré con curiosidad y precaución. Luego vi el mar por la ventana y, más tarde, vino el golpe. Y, de inmediato, las ideas para este texto.

Theresa Hak Kyung Cha nació en Corea y, luego, vivió en California, un estado con el que he desarrollado una profunda relación de encuentros y desencuentros, y que tiene, por eso, el poder de poner en duda todo lo que soy y lo que no soy. La lectura se ha llevado a cabo en un sitio, quiero decir, que es mi casa y mi centro. En ningún otro lugar podría haber leído Dictee, esta biografía dislocada e inquietante que mezcla cuatro voces distintas: esta zaga que viene de Corea y pasa por la imagen y se regresa en la oración entrecortada en dos o tres idiomas distintos y llega por fin al lugar del que se va. En ningún otro lugar todo esto habría tenido el ardiente sentido que, inequívocamente, tiene. Es el sitio de la huida y del regreso. El lugar de la inmigración y del enraizamiento. El paisaje como cerco.

Dijo alguna vez Carole Maso en la revista Spin que Dictee amplía la noción de lo que es un libro porque es efímero, frágil, fiero e indeleble, porque es subversivo, porque grita y es luminoso. Pocas veces he estado más de acuerdo con la descripción de un objeto cultural. Lo que Cha dejó en Dictee (a Cha la mataron en una calle de Nueva York en 1982) es uno de esos pre-testamentos que están destinados a trascender (mejor: a entretener) al tiempo. Una biografía personalísima, sí, pero en cuatro registros: el de Yu Guan Soon, una revolucionaria coreana; el de Juana de Arco; el de Perséfone y Démeter; y el de su propia madre, Hyung Soon Huo. Se trata, claro está, del registro biográfico de un Yo Plural que vive intermitentemente entre fronteras que no ha elegido pero que la componen bien. Fragmentada como su lugar de nacimiento, es decir, fragmentada por obra y gracia y tragedia de la materia misma de su contenido y no por moda o facilismo posmoderno, Dictee se despliega morosa y tentativa y maravillosamente sobre la página. Aquí hay textos que parecen confesiones pero que no lo son; imágenes que parecen ilustrar procesos que no existieron; notas que son, efectivamente, notas al calce; interpretaciones diseminadas; fotos del recuerdo: poesía. Dividido en nueve partes, que corresponden a las nueve musas griegas, Cha se las ingenia para contar una experiencia vital que es a la vez propia y ajena desde puntos de vista no sólo lejanos sino también contradictorios, ficticios y verdaderos al mismo tiempo, vulnerables siempre.

Cha es una inmigrante, claro está, pero se niega a contar su historia (una historia que quiere contar) con las estrategias y los formatos de los relatos didácticos. Cha no quiere ser un modelo a seguir ni una voz representativa de nada. Ésta no es una historia feliz, sino una humana. Al contrario, haciendo corto circuito en cada oración, en cada párrafo, Cha pone en juego su experiencia y la experiencia ajena que, sin embargo, la ha formado, para enunciar un Yo siempre irresuelto, siempre vivo, desencajado. El Yo, parece decir Cha, es un virus. Aquí nada es normal, dice su escritura, aquí nada está en paz. Yo no pertenezco, dice en muchas voces, pero todo me pertenece, dice en otras. Utilizando la estrategia del collage, combinando texto e imagen, escritura y pre-escritura, Cha juega con la forma documental que, en el último momento, niega al referente, fundándolo.

La pregunta fundamental es una pregunta sobre la memoria: dónde se hace, cómo nos conjuga, en qué momento se evapora. Y cuando se trata, como en esta caso, como en todo verdadero caso, de una memoria traumática, ¿quién es la voz que recuerda? ¿cómo se atreve? ¿para qué? Cha increpa al poder, al poder militar y al poder del lenguaje, el poder de quien firma la historia y el poder de quien, titubeo en garganta o mano en arma, lo cuestiona. Empieza en la siguiente línea, escribe. Podría haber sido. Quise verlo./ Podría haber sido. Me hubiera gustado verlo/ pasar me hubiera gustado verlo pasar antes. Todo./ Inesperado y ahí/ en todos lados. Cada parte. Todas las partes. Una/ por una sin perder ninguna. Nada./ Olvidando nada./ Dejando fuera nada./ Pero pretende/ ve a la siguiente línea/ resucítalo una vez más.

Salido a la luz apenas unos días antes de su trágico deceso, Dictee se mantiene fresco así: colindante, atrabancado, irresuelto.

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