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domingo, 23 de diciembre de 2012

Benggi Bedoya Rosales. Lumbra. Lima: Paracaídas editores, 2012, por Paul Guillén


Algunas de las últimas aproximaciones de la poesía latinoamericana inciden en la preponderancia del coloquialismo pop y el experimentalismo, en la poesía peruana una de las experiencias más enriquecedoras en la primera tendencia es Mi niña veneno en el jardín de las baladas del recuerdo de Tilsa Otta y en la segunda instancia podemos citar el libro Los Velos de la derrota de María Miranda. Caso contrario es esta plaquette de Benggi Bedoya Rosales que viene a instalarse en las antípodas de esas formas de poetizar, parece que la autora prefiere virar sus esfuerzos al pasado desde un presente transhistórico. Dicho esto debemos decir que el proyecto de Lumbra se engarza con otros proyectos de la poesía peruana, por ejemplo con los de Jorge Eduardo Eielson o José Watanabe, pensemos en la absorción de la mitología que hace el primero en textos como Antígona o Áyax en el infierno, y el segundo también en una versión libre de la Antígona de Sófocles. Bedoya Rosales entonces se inserta dentro de su promoción poética en esfuerzos como los de Laura Rosales con Von o Denisse Vega Farfán con Una morada tras los reinos, es decir, una poesía de vertiente simbolista que dialoga con autores como Baudelaire, Rimbaud, Válery, Rilke pasando por el surrealismo, pero en Bedoya Rosales antes que imágenes oníricas o irracionales detecto un acendrado motivo de trabajar con símbolos primordiales, esto también nos sirve para decir que el lenguaje que se utiliza nos da la impresión de no ser enjoyado, sino más bien seco, un tanto contemplativo.

Lumbra está compuesto de doce textos. El primero de ellos se titula Creación, de entrada podemos ver algunos símbolos como la piedra, el lenguaje, la sombra y el río. A nivel textual podemos decir que el poema funciona como un arte poética, el poema manifestará el proyecto estético de estos poemas: “Edificamos nuestras hambres / Sobre la piedra fatigada del / Mito, siguiendo la promesa / De un fuego sagrado”, es decir, el hombre primitivo o el hombre de todos los tiempos que está representado por el hambre, fijémonos en la homofonía entre hombre y hambre, este hombre va a erigir su palabra (el fuego sagrado) sobre el Mito. Esto quiere decir que la función de la poesía será recuperar el Mito a través del lenguaje. El segundo poema del conjunto es Sin nombre, aquí aparece por primera vez una mención al cuerpo: “un cuerpo orillado por el tiempo”, el poeta se da cuenta que esta corporalidad y el lenguaje no son suficientes: “Cómo lograr palabras que te alcancen / Y no sean simples hijas del momento”, es así que se quiere una fusión contemplativa con la naturaleza: “Donde nace este intento de volver a ser rama”. El tercer poema es Origen, la idea que recorre sus versos es la idea del tiempo como una flecha inexorable que va del arquero al blanco, primero la estancia de ser niño, luego joven y por último viejo. El origen es el origen personal, pero también del mundo antiguo que se mantiene con sus ecos. El cuarto texto es Apolo, nos hace recordar la tesitura de algunos poetas romanos y establece un soliloquio hacia dios: “¡Oh, dios! ¡Yo te sirvo / Aunque tu médula haya sido trasvasada!”. El quinto poema se titula Dafne (o contra la poética del cuerpo), y nos hace recordar ese apasionamiento de algunos poemas de Safo, aquí debemos mencionar el mito de Apolo y Dafne, mientras que Eros le lanza una flecha de oro a Apolo y lo inflama de amor, Eros a Dafne le da con una flecha de plomo o hierro que incita al odio, si por un lado estarían las pasiones terrenales (Apolo), por el otro lado estaría la virtud (Dafne). El subtítulo del poema nos lo indica así, Dafne antes que ceder a la pasión prefiere convertirse en un elemento natural (un árbol): “tu gran belleza / Fue la comunión entre raíz, hoja, rama, aire”. Estamos a la mitad de la plaquette y hay una fuerte presencia de la mitología, el sexto poema es Dédalo y el séptimo Ícaro, estos poemas se pueden leer en conjunto como los de Apolo y Dafne, son poemas bifrontes. El octavo poema lleva por título Tragedia, aquí encontramos que el poeta quiere convertirse en animal (ave, jirafa, oso, águila) y al final quiere convertirse en hombre: “La piel, los ojos, la conciencia, / Las vísceras, mi muerte”, pero esto no le basta, porque deja como interrogante que estos elementos formen al hombre (el cuerpo, la conciencia, la muerte). ¿Qué es entonces lo que le faltaría para ser hombre? La respuesta podría ser que lo que le falta, y es limitado, es el lenguaje, hacia allí apuntan los esfuerzos de todos estos poemas. El décimo texto es Ariadna, y está relacionado con los poemas Dédalo e Ícaro. Los poemas de Lumbra también pueden leerse como si fueran parte de un laberinto, que es el laberinto del lenguaje. El undécimo poema es Mito, aquí se recupera el lenguaje: “Reescribiremos la antigua lengua / Para llegar al interior de la fuente” y se asume la corporalidad y la naturaleza como máximas del nuevo origen: “Nacer de la prolongación del último fruto / Que cae de tu boca”. El duodécimo poema se titula Orfeo, reconstruye el mito de Orfeo ligado al canto, a la poesía, a la lira, al descenso a los infiernos y el poeta solo puedo concluir así: “Musa, madre mía, detén aquí mi canto”.

Por ahora, este canto del origen que quiere recuperar el Mito se ha detenido. Esperemos una nueva entrega de Bedoya Rosales para ver hacia dónde va ese lenguaje y esos símbolos.         

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