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lunes, 15 de octubre de 2012

ANTONIO CISNEROS: PORQUE FUI MUERTO Y SOY RESUCITADO Por Hildebrando Pérez Grande

La muerte es un escándalo. Más aun cuando nos parte el alma de un hachazo feroz. Y más aun cuando se trata de alguien que, desde diversos códigos y banderas y quehaceres comunes, forma parte de nuestras vidas. Es el caso del poeta y amigo Antonio Cisneros (Lima, 1942 -2012). Como él lo diría con su inconfundible tono burlón: no sé cuanto marca en el debe o el haber de mi vida, pues, desde los inicios de la década del 60’, tuvimos la dicha de conocerlo en las aulas sanmarquinas. Qué se perdió o ganó entre estas aguas. / Acuérdate, Hermelinda, acuérdate de mí.

Desde Destierro (1961) hasta Un crucero a las islas Galápagos (2005), pasando por libros memorables como Canto ceremonial contra un oso hormiguero (1968), que fue celebrado en todo el ámbito hispanoamericano y que aun mantiene su predicamento poético y Como higuera en un campo de golf (1972), acaso su libro más entrañable, sin postergar ese notable cambio de registro que hace gala en Las inmensas preguntas celestes (1992), la poesía de Antonio Cisneros ha sido una fiesta de la palabra, la inteligencia, el humor, la ironía y de una mirada impecable y redentora de la exaltante realidad que nos rodea, con el toque de una irreverencia saludable.

Desde la década de los 70’, la obra lírica de Antonio Cisneros lo perfila como uno de los mayores poetas en lengua española y uno de los más traducidos a otros idiomas modernos,  hecho que lo distingue visiblemente dentro de su marco generacional. Los estudiosos, desde diversas perspectivas críticas, coinciden en alabar el virtuosismo de su escritura, su temprana maestría con el lenguaje poético contemporáneo, el atinado uso del distanciamiento brechtiano y el rigor crítico con el que rechaza el facilismo, el panfleto, el tono dulzón y melodramático y ejerce más bien la mirada interdisciplinaria, la actitud dialógica, la crítica  puntual de los desmanes de la alienación contemporánea, y la manera cómo verbaliza estremecedoramente –con el lenguaje culto o el vitalísimo lenguaje de la calle–, su sincera reconversión, esa suerte de dar la palabra al hijo pródigo, quien, con la magia de un nuevo lenguaje, distante ya del versículo y la vana actitud iconoclasta, expresa una visión ecuménica con una nueva y espléndida  dicción. Por todo ello, nuestro poeta mereció las más altas distinciones y reconocimientos tanto en el plano nacional como el internacional.

La obra lírica de Antonio Cisneros no sólo honra a la poesía hispanoamericana sino que también es un discurso ejemplar que desde hace ya medio siglo batalla de manera transparente por nuestra planetaria condición humana. Es verdad que ahora estamos tristes, consternados,  más despoblados que nunca, pero por siempre escucharemos su tambor.

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