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lunes, 12 de junio de 2006

UNA TIERNA MALDICIÓN


OSWALDO ROSES. UNA TIERNA MALDICIÓN. BOGOTÁ: EDICIONES ÍNDICE, 2006. 56 PP.

PRÓLOGO

Parafraseando a Homi Bhabha una nación sería una narración, que se constituiría a través del ojo del tiempo, es decir, al hablar de una supuesta identidad, se remitiría a un pasado inmutable y sagrado, esta concepción insustancial e idealista se pierde en la irrealidad de los mitos. Es así, como podemos entender la idea de nación ligada a una fuerza simbólica, en ese sentido, no existe un progreso nacional, una línea sin puntos de corte o quiebres semánticos y estructurales. Por ejemplo: ¿qué diferencia al poblador inglés de nuestro tiempo del poblador australiano, a miles de millas de distancia, pero con una misma realidad globalizada? Las fronteras son vacíos étnicos, espacios desde donde la idea de nación empieza a formularse con sus grandes disyuntivas. Para el contexto del Siglo XIX, Australia era el pueblo colonizado y bárbaro, mientras Inglaterra era la nación civilizadora. Andando el tiempo, lo único que podría diferenciar a los pobladores contemporáneos, es que Australia no es más una colonia penal, donde se envía a los criminales ingleses para que se rehabiliten: “Australia fue fundada como colonia penal a finales del siglo XVIII, sobre todo para que Inglaterra pudiese transportar allí su exceso de población de delincuentes irredimibles e indeseables”1.

Prosiguiendo con esta reflexión Gayatri Spivak sugirió que deconstruir la historiografía significa subvertir las relaciones jerárquicas y prestar más atención a las minorías étnicas, sexuales y políticas. Con la irrupción de varios “post”: post-colonialismo, postmodernismo, post-feminismo, no como secuencialidad (después de) o como polaridad (anti o contra), sino como proyectos distintos, que se engarzan a través de imaginarios compuestos por la cultura, el imperialismo y la persuasión como una forma de manipulación, exclusión y culpa, se hablaría de nuevas realidades híbridas, heterogéneas, periféricas, descentradas, complementarias, que se constituirían como frentes de resistencia contra el imperialismo. El modelo neoliberal y la globalización, que plantean no un mundo ideal para todos, sino la hegemonía de un único mundo, configurado como un imperio de grandes superpotencias, nos hablaría de la supervivencia de esta retórica de la persuasión. En el siglo XIX, este mismo imperio metropolitano, estaba compuesto principalmente por Francia, España (en franco proceso de decadencia) e Inglaterra, que contaban con colonias de ultramar y que desarrollaban, principalmente en sus novelas, miradas sobre el discurso de civilización y barbarie. Las visiones exóticas de Oriente, de la India, del Caribe, de África se desarrollan en la novela histórica decimonónica de Walter Scott, Dickens, Kipling, Conrad, Dumas, Pushkin o Pérez Galdós. Estos intersticios, entre narración y nación imperial, nos informan sobre la configuración geocultural y política de Occidente, desde el Siglo XIV, Europa se habría consolidado con los viajes de ultramar, el comercio y la hegemonía de España y Portugal, en el intervalo, que va del Siglo XVI hasta la primera mitad del Siglo XVII, a este predominio se sumaría Italia, para luego, a inicios del siglo XIX, el poder central recaería en Inglaterra, Francia y Alemania2.

Estas estrategias de configurar la cultura como un proceso conflictivo se encuentran relacionadas con el flujo de la migración y la mixtura de las ‘identidades nacionales imperiales’. De esa manera, entendemos por cultura, no sólo un concepto ligado al archivo de lo mejor de cada sociedad, sino también a todas las prácticas sociales, económicas y políticas, incluidas las del saber popular, y aún es más, la cultura “es una especie de teatro en el cual se enfrentan distintas causas políticas e ideológicas. Lejos de constituir un plácido rincón de convivencia armónica, la cultura puede ser un auténtico campo de batalla”3.

Este poder de narrar o impedir, que otros relatos emerjan hacia la superficie pública, es decisivo para la cultura y para el imperialismo. En ese sentido, dentro del panorama de la segunda mitad de poesía española del Siglo XX, destaca la antología, Nueve novísimos poetas españoles (1970), de José María Castellet, que a pesar de no incluir a Antonio Colinas, Jorge Justo Padrón, Luis Antonio de Villena o José Miguel Ullán se constituyó como el referente hegemónico de la llamada última promoción de posguerra. En ese contexto, y luego de la irrupción de los postnovísimos, Oswaldo Roses, poeta y pensador malagueño, con tres poemarios publicados, nos propone un estro a la vez arcaizante y moderno, primitivo y tecnológico, prístino y neurasténico, que nos recuerda, en algunos trazos, la aventura poética de León Felipe, León de Greiff, Gabriel Celaya, José Hierro o Jaime Gil de Biedma, poetas que desde la reformulación de lo coloquial y la alienación trabajan el lenguaje no como un simple vehículo de comunicación, sino como un espacio inarmónico y discontinuo para la existencia del hombre. Esas “pasiones” o tensiones significativas trabajadas en el texto a través de los temas del amor, el exilio, la muerte, la orfandad nos indican una preponderancia y apego a un imaginario romántico, complementado desde la modernidad, en el sentido, de reasignar a la poesía la función de ser un lenguaje primordial, original y lleno de verdad. Por eso, su cuarto poemario, Una tierna maldición, se constituye como uno de los puntales de la nueva poesía española contemporánea, una poesía diversa en sus variaciones como puede ser Jordi Royo, Vicente Valero, Andrés Sánchez Robayna, Luis García Montero o Blanca Andreu.

Una tierna maldición, desde el punto de vista de su construcción estructural está conformado por 30 poemas repartidos en tres secciones: 1. Un oasis de corazón en el viento, 2. Una tierna maldición y 3. El tiempo virgen. En uno de los poemas de la primera parte “Siempre la envoltura” se cuestiona, siguiendo a Gracián, el tópico barroco de la apariencia: “Siempre la envoltura glorifican aquí, / el perfume del desprecio”. El ser y la apariencia, en nuestro tiempo, también es un tema de vital importancia, porque el sujeto moderno se encuentra más preocupado en su propia glorificación, que en la de los demás sujetos a los cuales tipifica de objetos e instaura una relación dual, y por ello dolorosa y autista, una relación de sujeto-objeto, en ese sentido, el libro de Oswaldo Roses es un libro de matriz neorromántica, porque tiende a lo interior, a los sentimientos, a las pasiones, a lo individual, a lo nacional, a lo subjetivo, a la idealización de la naturaleza, a lo cósmico, y, además, expresa su desconfianza ante la modernidad y su proyecto universalista:

“Enferma, pues, está la planeación
del desvelo,
la ventana ésa que abre el niño,
el dibujo de la sonrisa nueva,
la fábula de otrora selva,
la música a todo correr, como plazca”.

Otro de los rasgos neorrománticos de la poesía de Roses es su pasión por lo exótico: “pórticos incas que lucen / como lloros de Cristo” y otro ejemplo lo encontramos en: “hacia la mimbre de los tiemblos araucanos”. Para terminar podríamos englobar, que la única razón que mueve la poesía de Oswaldo Roses es la emoción y el amor: “escribes lentamente una razón: amor”.


Paul Guillén
Ciudad de Lima, abril, 2006.

NOTAS

1. Said, Edward. Cultura e imperialismo. Barcelona: Anagrama, 1990. p. 16

2. Mignolo, Walter. “Herencias coloniales y teorías postcoloniales”. En: Beatriz Gonzáles Stephan. Cultura y Tercer Mundo. Caracas: Nueva Sociedad, 1996.

3. Bhabha, Homi. El lugar de la cultura. Buenos Aires: Manantial, 2002. p. 14

2 comentarios:

Anónimo dijo...

MUY BUENO

Anónimo dijo...

muy bueno

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