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domingo, 9 de diciembre de 2007

DÉLIBÁB: EL AUTOR, UN ESPEJISMO DEL LENGUAJE por Maurizio Medo


¡Miren ahora, señores! El sol tiene cinco ángulos. Ahora, subiendo, adopta la forma de un huevo. ¡Ah! Y ahora parece delgado por abajo y como una bóveda por arriba, como un hongo. Miren ahora, que toma la forma de una urna romana. Es absurdo, no puedo pintar eso. ¡Ah! Ahora un jirón delgado de nube pasa por delante del sol, como un amorcillo con una venda sobre los ojos. Y ahora... ahora tiene el aire de un mosquetero barbudo. ¡Ca! Si yo pintase ese sol pentagonal me encerrarían en un manicomio.
Y arrojó el pincel furiosamente contra el suelo.
—Estos húngaros siempre quieren tener algo aparte. Al presente nos muestran una salida del sol, que en realidad existe, y que, sin embargo, es absurda. ¡Esto no es natural!
El veterinario comenzó a explicarme que aquello era una maravilla óptica, que solemos ver con ocasión del espejismo húngaro, el délibáb; es la rotura de los rayos del sol al atravesar las capas de aire desigualmente caldeadas.

Fragmento de La Rosa Amarilla,
de Mór Jókai


No existe viaje o travesía sin espejismos. Si encontráramos los escolios imaginarios en los que Simbad el marino da cuenta de todo cuanto vislumbrara en sus periplos imaginarios, qué duda, en estos se hubiera consignado la aparición de la fata morgana, fenómeno, que si bien es ilusorio, se manifiesta ante la vista de los navegantes, debido a una inversión de la temperatura, mostrando ante sus ojos una serie de objetos (islas, icebergs u otras naves) en el horizonte. “Fata morgana” que quiere decir hada Morgana, es una referencia a la hermanastra del rey Arturo (Morgan le fay) quien, según la leyenda, era un hada que tenía la capacidad de transformarse.

Quizá este ejemplo para explicar la aparición de un fenómeno ilusorio, célebre en las costas meridionales entre Calabria y Sicilia, resulte para nosotros, latinoamericanos de a pie, algo lejano o exótico. Sin embargo, creo que todos, alguna vez, al viajar en bus por la carretera, hemos sido testigos de otro fenómeno similar: el mirage. De pronto, al asomar por la ventana, divisamos, o creemos divisar, una piscina o una charca de agua. Es, pero no está. Fototermia. En el epígrafe de Délibáb: enemigo del viento, que aparece en la última página del libro, Víctor Ruiz cede la voz al narrador húngaro Mór Jókai, autor de más de cien novelas, para que este, a su vez, ceda la voz a los personajes de La rosa amarilla, y nos expliquen qué es concretamente un délibáb , “la rotura de los rayos del sol al atravesar las capas de aire desigualmente caldeadas”. Espejismo.

A diferencia del pintor de La Rosa amarilla, citado en el epígrafe, Víctor Ruiz no arrojó el pincel furiosamente contra el suelo. Decidió contemplarlo y, luego, atravesarlo. Su apuesta nos recuerda a otro pintor. En Infancia, Benjamín nos cuenta que éste, uno chino, mostró a sus amigos su cuadro más reciente: un parque, una senda estrecha cerca del agua que corría a través de una mancha de árboles que llevaba a la pequeña puerta de una casa al fondo de la arboleda. Cuando los amigos se volvieron para felicitar al pintor, éste había desaparecido. Al volverse hacia el cuadro vieron que el pintor iba caminando por la estrecha senda que llevaba a la puerta de la casa: se detuvo, se dio la vuelta, sonrió a sus amigos y desapareció por la puerta entreabierta.

Si bien el paisaje del délibáb ante Ruiz carece de ese aire bucólico, presente en el cuadro del pintor oriental, tampoco tiene retorno. El autor queda del otro lado, ya no éste, sino dentro de ese espejismo infinito y vasto. Lo que queda de él es el lenguaje, como una sucesión de planos e imágenes. Palimpsesto, diría Genet, donde la voz, ¿su voz?, no es simplemente la ecualización de una identidad. Víctor Ruiz no representa el nombre de un ámbito privado (el yo) es un espacio polifónico, una pluralidad. Como la hermanastra de Arturo, Morgan le fay, está en metanoia, como llamaban los griegos a lo que en latín se decía conversio: dar vuelta la cabeza para mirar hacia un lado distinto; para conocer otros puntos de vista, pero en este caso, para asumir la forma de ese lado distinto y de esos puntos de vista.

Lo que nosotros contemplamos, lo que leemos, es la sombra de un hecho: la desaparición del autor. Esa sombra es lenguaje, asumiendo como Heráclito, a la palabra como sombra del hecho. Pero, ¿qué encontramos ahí?

Paul Guillén, en el estupendo ensayo La oscuridad transparente, Délibáb: enemigo del viento, señala algunas de las características del lenguaje que nos dejó Ruiz, en el contexto de la última poesía peruana. Añadiría a éstas, con las que concuerdo totalmente, una conciencia del propio descentramiento (semántico, referencial, intertextual, sintáctico, eufónico, espacial, visual, etc.) y el de una audacia para llevar al extremo una aventura que podría ubicarse dentro de la órbita cultista. Todas estas características, éstas y las anotadas por Guillén, confluyen en una “construcción arquitectónica que diseña un recorrido”, (Chueca). No sé, si como dice Lucho Chueca, esta propuesta haya surgido o no en una generación de los 90, valga la oportunidad, una vez más, para decir que dudo de la existencia de esta generación (y por ende de la que correspondería a Ruiz, Guillén, Yrigoyen, Huapaya, Infantas y Núñez) Personalmente situaría el lenguaje de Ruiz en una fisura entre aquello llamado novela y eso otro llamado poesía.

En aquella fisura escriben Héctor Hernández Montecinos (no creo casual su presencia prologal), Pedro Montealegre, Jorge Solís Arenazas o Dolores Dorantes. Por ello me atrevo a decir que Délibab: enemigo del viento, es un libro y un síntoma de este instante en la poesía latinoamericana. Pero, al mismo tiempo, luego de haber leído esta escritura y de haber dialogado con su autor, me asaltan algunas preguntas. La primera: ¿La novela, tal como lo sugería Blanchot, es una invención de la poesía? Otra, ¿las últimas escrituras reifican topografías luego de vislumbrar cómo “los dioses bajaron del Olimpo”? En Délibáb: enemigo del viento ni la poesía, ni la antipoesía pretenden constituir un discurso totalizador, sí la escritura, y ésta, insisto, se zambulle en un espacio (esa fisura) que rompe con los géneros tradicionales y que, tal vez en búsqueda de esa totalidad, construye una otra topografía, como lo hicieran Wilson Bueno, Marosa di Giorgio o Paulo de Jolly.

Acierta también Guillén al señalar que, en la escritura que deja Ruiz, encontramos resonancias de la poesía francesa, italiana y anglosajona. Pero conviene aclarar que el autor que existe como un délibáb no es epígono de estas, ni tampoco de los diadocos Hinostroza, Eielson, Pound o Walcott. Su poesía (y toda la poesía latinoamericana) no constituye una prolongación, sinuosa, exótica, abigarrada, pero prolongación, de lo occidental, a través del y de lo español (como sí ocurre en la apuesta que hiciera Mutis con Mallroq el gaviero, como nos lo explica Eduardo Milán) Es más bien un cuestionamiento (rompiendo con el concepto de lo poético) y como una reinterpretación de los viejos maestros no desde un lugar, recordemos: délibáb es ilusión, espejismo, sino desde un desplazamiento con la sensación de que la totalidad de la literatura, tal como lo reclamaba Eliot, tiene una existencia simultánea y compone un orden simultáneo. We must be still and still moving.

Creo que en esta inversión de temperatura, en esta fototermia, en este délibáb la idea de la poesía emerge con la voz del sufí Ibn Harabi, traducida por Henry Corbin como: " Un lugar que no tiene donde, el cual transcurre en un tiempo que no tiene cuando pero, que en revancha contiene todos los lugares y todos los tiempos" (haciendo referencia al plano mesocósmico) Si bien Délibáb: Enemigo del viento es el recuento de un periplo (y a la vez una densa transfiguración simbólica), si bien consigue extenderse con soltura sobre un vasto territorio metafórico, entre la destrucción y la reificación, es también la primicia de un arribo, ¿Adónde? Al propio délibáb, esa “tierra que no está en ninguna parte” y que no obstante pudiera constituirse en “la verdadera patria”, de acuerdo con los conceptos de los gnósticos de Oriente.

En la escritura que sombra la desaparición del nombre Víctor Ruiz, en el rastro que nos deja, encontraremos algunos lugares, tanto físicos como arquetípicos: Laussane, Rapa Nui, Avallon (que puede interpretarse tanto como una alusión a la comuna francesa, situada en la provincia de Borgoña o como, según Geoffrey de Monmouth, en la “isla de las manzanas” donde mora Arturo), Assuan, Emaús, el alto Egipto y personajes como Ozymandias (Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes:/ ¡Contemplad mis obras, Poderosos, y perded la esperanza!"/ Nada más queda. Alrededor de la decadencia, lo hizo hablar Shelley en 1818), Marianne (quien es la representación simbólica de la madre patria fogosa, guerrera, pacífica, alimentadora y protectora, por ende, otra vez “la tierra que no está en ninguna parte”) Lo que me pregunto es ¿cuánto hay de emboscada en estos personajes? ¿Son operadores de un drama (en el sentido teatral) o más bien son representaciones y configuraciones de una geografía imaginaria? ¿Las voces, sus nombres, las fechas no podrían constituirse, simultáneamente, en comunas y referencialidades (históricas no, sí míticas) ¿Y la voz de Ruiz Velazco? Aquella reverbera ya desde el délibáb, por ende es también ilusoria. Víctor Ruiz es en Délibáb: enemigo del viento lo que Honoré de Balzac es en Sarrasine: un síntoma del derrumbamiento del concepto tradicional del autor, su muerte, diría Barthes. Pero “eso” que queda, el lenguaje:

Define, por lo menos, algunas de mis principales búsquedas. En el libro, quiero que “eso que está ahí” hable, por esa razón la idea de texto polifónico está enraizada totalmente. Es decir, está dada desde la génesis misma del libro (...) Sin embargo, hay ocasiones en las que, a pesar que creo que el poema debe decir lo que es (Víctor Ruiz).

Si bien el contexto en el que se forja Délibáb: enemigo del viento es el de la agonía del lenguaje, obra también la conciencia de la autoría no sólo como emisión, sino, simultáneamente, como una recepción de lo ya dicho, desde el tiempo de la pintura rupestre hasta el de Horoskop.

Guillén notaba cómo en la penúltima sección “Tres poemas finales a ella” el texto “Otra vez el sol” juega claramente con otro titulado de la misma forma por José Carlos Yrigoyen. El tono de la primera sección “Nostos” pudiera remitirnos también al poema de Renato Sandoval que, como su libro, tiene un título similar, “Nostos”: Porque he visto en tus ojos el collar del tiempo/ agitándose compacto en la sustancia febril de la memoria.

Pero en el tramado de Délibáb la referencialidad constituye también una ética y una estética. Conforme asomamos iremos descubriendo un sinnúmero de voces que marchan al encuentro del autor “cargando sus poemas muertos” (Zurita).

De acuerdo con Ruiz, en Llegando a Laussane, el hablante es el propio Tomas Stearn Eliot narrando la génesis de The Waste Land. El epígrafe del poema (de Dickens) es el epígrafe que Eliot inicialmente había considerado como título para su primera versión, antes de la revisión y supresión de más de la mitad del texto inicial por parte de Pound. El inicio del poema no empezaba con el memorable: Abril es el mes más cruel / hace brotar lilas en tierra muerta / mezcla memoria y deseo con lluvia fresca primaveral. Si no, como cuenta Ruiz, con este menos feliz verso: Entonces nos pusimos un par de cosas donde Tom. Tom (diminutivo de Thomas, nombre de pila de Eliot), es el nombre con el que conocían al autor de los Cuatro Cuartetos en el círculo de Virginia Woolf. Possum (zarigüeya) el sobrenombre con el que Pound bautizó a Eliot.

En Isla de pascua y Jonás: aparece un ave (la golondrina de mar) iniciando una travesía que recorrerá hasta el final del libro, es el ave que Ulises y sus hombres observan en el cielo en el poema inicial (Nostos) y es el ave que recuerda Pound en el poema final (El pozo del infierno). Como lo explica el autor: Es, finalmente la premonición del desastre, que siendo su sello no es otra cosa que la esperanza.

La Farmacia del ángel es el nombre de la farmacia donde Georg Trakl, uno de los poetas más apreciados por Ruiz, se habituó al cloroformo. De acuerdo con su información la fecha citada (Grodek, 1914) corresponde al año en que Trakl murió de una aparente sobredosis.

Mito de Psiquis es una reconstrucción del cuento de Apuleyo Eros y Psique, que aparece en El Asno de Oro.

El pozo del infierno es el lugar donde Herodes mantuvo encerrado a Juan antes de decapitarlo. Por alguna razón –señala Ruiz- pienso, que ese lugar no era tan distinto del que fuera confinado Ezra Pound durante 12 años, después del término de la II Guerra Mundial, acusado de traición a la patria.

Estos comentarios, que consignan parcialmente lo registrado por el autor en el libro de notas sobre Délibáb: enemigo del viento, que, entiendo, dejara inédito (me disculpará no lo consigne en su totalidad, debido a su extensión) sirven para echar algunas luces sobre la punta del iceberg de eso que emerge, parcialmente“oculto”, bajo las aguas de Délibáb... y, al mismo tiempo, para destacar la importancia de esta otra parte en el quehacer autoral, la que podríamos denominar como una poética de lector: que va desde los centones latinos, y pasa por Melville, para llegar hasta el registro de una poética colectiva, consignada en la edición mexicana del libro Litane de Alejandro Tarrab, mostrándonos la historia de la Literatura como una enorme escritura rubricada tanto por Gilgamesh, Valmiki, Pound, Eliot, Orozco, Martínez, Hinostroza o Ruiz.

Creo, como Paul Guillén, que el 2007 será recordado como el año en que la última (no la nueva) poesía peruana entró en su etapa de madurez. Horoskop, Polisexual y, muy especialmente, Délibáb: enemigo del viento nos lo demuestran silenciosamente.

Pero esto no es un big-bang, no es un de pronto. Ya se insinuaba silenciosamente con otros libros de anterior aparición como Piel de arcano, de Nacho Infantas, o Ideograma, de Robert Baca, desconocidos por la mayoría en la capital, y otros, ya más conocidos, como La transformación de los metales, del propio Guillén. Agradezco profundamente a Víctor Ruiz por demostrarnos que esta idea no es un délibáb, y sí, una muy grata realidad.

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