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domingo, 8 de abril de 2007

MAURIZIO MEDO: POETA DE MANICOMIO POR HAROLD ALVA


Nació en Lima en 1965. en 1986 ganó el Premio Nacional de Poesía Martín Adán, el 2004 el José María Eguren del Instituto Peruano de Cultura de Nueva York, y este año, su libro MANICOMIO, ha sido nominado al galardón Festival de la Lira, de Ecuador. Son 10 los libros finalistas han participado poetas de todo el mundo.

Sobre MANICOMIO el poeta chileno Raúl Zurita ha dicho: “es una de las mayores conquistas que la poesía en nuestro idioma puede exhibir de aquellas zonas que, anidadas en el fondo de lo humano, no habían encontrado una lengua que las expresara”; “es la contraépica del desastre” señala Héctor Hernández Montecinos y, “El Manicomio de Medo es su versión o su respuesta a este tiempo en que se repite que no es posible nada nuevo” nos afirma el peruano Luis Fernando Chueca.

Maurizio Medo, constituido como un referente indispensable de la novísima poesía latinoamericana; a su regreso del controvertido Chile Poesía, el poeta ecuatoriano Ernesto Carrión le comunica vía email que era uno de los finalistas del Festival de la Lira. Sobre esta nueva nominación, su poética, sobre el polémico encuentro en Chile y de poesía peruana y latinoamericana última, platicamos en la siguiente entrevista.


- Estamos en el año 2007 y creo que a estas alturas resultaría interesante reflexionar juntos sobre la existencia – o no- de una nueva poesía peruana, ¿qué piensas al respecto?

- Debemos de ser cuidadosos. Existen términos que traen consigo una problematización, que a la larga podría convertirse en un callejón sin salida. Resulta imposible solo pensar en la existencia de una nueva poesía peruana, es decir una que nos reinvente con relación al presente, sin revisitar esa otra, a la que podríamos denominar como el epílogo de las escrituras en el Siglo XX. Esto sería referirse a unas poesías escritas desde una crisis política, social (por la presencia del movimiento genocida Sendero Luminoso, cuyas acciones armadas, de acuerdo con las cifras de la CVR(1), dejó alrededor de setenta mil muertos y desaparecidos), desde una crisis del lenguaje poético (con el desgaste del modo coloquial canónico, el que heredamos de Los Rupturistas del 68) y una crisis de los estamentos críticos (quienes observaron con desconfianza la heterogeneidad discursiva que empezó a gestarse en las poéticas de aquel momento) A finales del Siglo XX, aparecen poetas como Róger Santiváñez, José Antonio Mazzotti, Eduardo Chirinos o Rossella Di Paolo, a quienes se denominó como de los 80.

- Pero cuando hablamos de los 80 nos referimos solamente a una referencialidad para ubicarlos, ¿no?

- Eso es cierto. Pero más que por una aparición estadística yo creo que habría que replantear el mapa de la poesía peruana. Más allá de las simplificaciones generacionalistas a ellos podríamos ubicarlos, junto con otros autores de anterior aparición, como Carmen Ollé, Mario Montalbetti o Carlos López Degregori, dentro de lo que Octavio Paz denominó como tradición de la ruptura. Pero entendamos ruptura, de acuerdo con Derrida, como la aceptación de la ausencia de un centro. En la poesía peruana ese centro se rompió merced a los contrastes planteados en la heterogeneidad discursiva de, entre otros, los poetas que cito, quienes fueron desplazando los discursos del coloquialismo heredado, el del británico modo, hacia una serie de variantes y reescrituras.

- ¿Y desde tu perspectiva que trajo consigo esa rotura de un centro?

- Una serie de nuevos desplazamientos. Desde las márgenes se rescató el pensamiento de las zonas relegadas, se redefinió al autor como una “localización” dentro del texto – entendido, tal como lo decía Quijano, como una suma de oralidades. Se dio una ruptura en las dicotomías cultura-contracultura, lenguaje-habla y los primeros trazados que empezaron a diferenciar al propio lenguaje del discurso -en paralelo al descentramiento del sujeto poético. Todo esto, más otros flujos propios de la migrancia, del discurso de género y del replanteo de lo “cultural” fueron abriendo los nuevos espacios sin clausurar aún el proyecto de las vanguardias históricas, con quienes se sigue el diálogo. Si hubiera una nueva poesía esta sería hija de la crisis.

- ¿Hasta qué punto esta idea es compartida por otros escritores de tu promoción? ¿Te reconoces en alguna o eres más bien un poeta inclasificable?

- Creo que hay una nueva reflexión crítica sobre el significado real, por años sobrevaluado, de las generaciones. Aportes como los de Luis Fernando Chueca o Paul Guillén nos demuestran que éstas han sido conceptuadas casi como una parodización orteguiana. El poeta José Carlos Yrigoyen me recordó durante nuestra estancia en Santiago sobre una publicación en la revista Lienzo. Era una muestra de poesía, reunida por Alfonso Cisneros Cox, a la que se denominó Novísimos en la poesía peruana, aunque ninguna de las escrituras reunidas aquí tenía un carácter expósito o inaugurador, lo que relativiza el título de la misma. En ella aparecí, entre otros, junto a dos viejos amigos: Jorge Frisancho y Rodrigo Quijano. Ellos, junto con Luis Chueca, Montserrat Álvarez y Willy Gómez Migliaro son quienes a través de sus escrituras me hacen sentir parte de una promoción. Aquel criterio de “poeta inclasificable”, al que te refieres, más que legitimarme en las márgenes estadísticas lo que hace es relativizar más aún los criterios utilizados para concebir “lo generacional”. No creo ser un avis rara, hay casos semejantes como los de José Pancorvo, Rafael Espinoza, o Frido Martin. Todos pertenecemos a una vasta tradición, aquella de la poesía peruana, pero no tiene por qué haber un carné de una membresía generacional que legitime esa pertenencia. Considero que ese criterio hoy, en el año 2007, ya expiró. ¿Podríamos decir que Yrigoyen es un poeta del 2000 en tanto Cabel es una poeta del 2010? Son las propias escrituras y sus desplazamientos las que nos obligan a replantear las pautas en el análisis. Los 80s y 90s peruanos tienen una relación muy semejante a la que se da en Chile entre los poetas de los 90s y los de la Novísima – snobísima, diría Héctor Hernández Montesinos. Pienso que son parcelas separadas por fronteras imaginarias. Pero al respecto puedes encontrar luces en trabajos de gente mucho más preparada que yo en este tema. Están Poéticas del flujo. Migración y violencia en el Perú de los 80, de José Antonio Mazzotti; Consagración de lo diverso: Una lectura de la poesía peruana de los noventa, de Luis Fernando Chueca, o Un espejo convexo: dos imágenes alternas en la poesía peruana de la década del 70 y 80 de Paul Guillén.

- Paul Guillén asocia el Manicomio con el período de Róger Santiváñez que va de Symbol a Eucaristía, así como con otros títulos como Sobre vivir de Mirko Lauer o con Book de Laetitia Casta de Rafael Espinosa. En El hábito elemental publicaste el poema a Santivañez y ambos compartieron el Premio de Poesía Eguren ¿cuál es tu relación con Róger Santiváñez?

- Ya he hablado al respecto. ¿Aún es posible hablar de originalidad? Guillén también asocia el Manicomio con Hospital Británico de Héctor Viel Temperley, con Carta al Señor Legislador de la Ley sobre Estupefacientes y El ombligo de los limbos de Antonin Artaud o con algunos poemas sueltos de Martín Adán como Esquizofrenia o Litoral. Róger es amigo mío desde 1987 y es probable que tengamos más de un vaso comunicante en nuestras escrituras. Como lo declaré al ecuatoriano Ángel Emilio Hidalgo(2), su libro Symbol para mí resultó fundamental pues da cuenta de una nueva sensibilidad de la poesía, escrita en peruano. Lo que me alucina de su poética es su interpretación de diversas tonalidades desde el callejeo (Rosa Roja de mi pukto corazón álzate calata) para arrastrarlas hacia la glosolalia novobarroca (wayno awayta aguanta tu angustia observa la luna) y de ahí a una escritura que bordea la mística (Vía sacra es esta hendidura/ Que toco roco de tu película) La aventura poética de Santiváñez emprende una vía ascensional. Esta es va desde el habla lumpen hacia un sentido religioso. Su escritura simboliza la purificación del hombre a través del lenguaje y por sobre el lenguaje. Mi caso es opuesto. Desde lo metafísico (con En la edad de la memoria) fui descendiendo hacia los territorios de la exclusión poética (con Manicomio) y de ahí hacia la articulación de un habla a través de formas marginales (con Dekorruptus tour). Hablo de una marginalidad en la expresión (donde el guaraní puede coexistir con el resve y el habla de los chalacos y expresiones mapuches) Definitivamente estos desplazamientos, uno de ascenso y el otro de descenso, poseen esas zonas intermedias que permiten nos encontremos tanto en el descentramiento como en la corrupción de los conceptos tradicionales de lenguaje (prueba de ello, como decías, está en el poema San tivañez(3): Noches melopéikas/ de puro vaho sideral/ acosados por el ansia de la Poetry) Pero esto no es algo nuevo. En la poesía peruana esta aventura está presente desde la publicación de Trilce. Luego de Trilce somos varios los poetas peruanos que nos encontramos en la rotura de las convenciones del idioma en búsqueda de la posibilidad de un nuevo decir. Esto implica tanto a poetas como Carlos Germán Belli, Juan Ramírez Ruiz o Andrea Cabel. Esto demuestra que los poetas, más que ser agrupados de acuerdo a períodos históricos (promoción o generación) o nacionalidades, deberían reunirse de acuerdo a sus escrituras.

-¿Desde esa perspectiva habría alguna relación entre tu obra y la de Raúl Zurita? Sobre Zurita tienes un ensayo, La constelación de las otredades, y en Santiago de Chile presentaste una lectura sobre su obra más reciente, No nos hemos perdido? ¿Podrías definirte como un especialista en la obra de Zurita?

- Raúl Zurita es para mí el autor de una escritura cuyo trazado delineó el mapa de la poesía latinoamericana actual. Libros suyos, por ejemplo Purgatorio, representó para nosotros una vía de acceso a una sensibilidad que rompía con la apoetización coloquialista. Cada texto de Zurita (para mí rompen con el “formato” poema) pareciera situarse dentro de lo que es y significa el propio lenguaje entre el ámbito público y la dimensión íntima. Cada texto encarna múltiples conciencias y la anulación temporal originada por el encuentro del tiempo poético con el tiempo real. Ahora, yo no soy un “especialista” en Zurita, para nada. Si hubiera uno este sería el mexicano Alejandro Tarrab, cuya antología Mi mejilla es el cielo estrellado es realmente extraordinaria. Con Raúl tenemos una amistad devota y fraterna – que trasvasa aquella cojudez de “amistad literaria”- libros como No nos hemos perdido, prólogos, como el que escribí para la edición mexicana de La Vida Nueva, o como el que Raúl escribió sobre el Manicomio, trabajos como La letra en que nació la pena, son consecuencias naturales que dan cuenta de esa enorme amistad. Te digo una cosa: no hay que ser especialistas en Zurita para saber que estamos ante un autor que no ha sido leído en su real magnitud. Ojalá que con Héctor Hernández Montesinos demos la talla y seamos capaces de editar el libro Zurita. Te decía que los autores debiéramos de ser agrupados por nuestras escrituras y en ese sentido, sí, me parece que con Raúl podríamos estar dentro de manera similar de asumir la poesía, dentro de una misma familia.

- Leía que justamente con Zurita y Pablo Paredes estuvieron en un programa de radio de la USACH. Aprovecho esto para hacerte algunas preguntas sobre tu visita a Chile. Por tu cercanía con la organización del Poquita Fe, ¿cómo definir el proceso poético que se vive hoy en Latinoamérica?. Y como peruano ¿ qué podrías comentar acerca de esta versión del Chilepoesía?
- Desde la caída del bono “canon” en Latinoamérica se asiste a lo que denominaría como una reconstrucción del legado vanguardista a través de reescrituras y travestidas, Alejandro Tarrab dixit, una reescritura que es al mismo tiempo su babelización, lo que hace mantenga su espíritu heteróclito y plural, ahora desde las exigencias del presente. Estas escrituras poderosas, reunidas en muestras como El decir y el vértigo, Zur dos, y presentes tanto en los encuentros Poquita Fe, Salida al mar y Estoy afuera como en esa nueva Biblioteca de Alejandría llamada Google, transcurren en el presente como devenir. Su espacio parece desplazarse del lugar asignado por la historia para reconstituirse a la margen del especulum literario, en otro campo, agonal y rizomático. Hoy en Latinoamérica contamos con títulos que han sabido ir más allá de sus fronteras. Este es el tiempo de libros como Litane, Coma, Síncopes o el de Caín. Es el tiempo de las editoriales jóvenes y autogestionarias, de Invisible, de las Mantra, de las Casa de las Iguanas, de los esfuerzos que haces frente a Zignos. En lo que respecta al Chilepoesía hay muchísimas cosas que son de lamentar y no precisamente en quienes estuvimos allí. No diré nada sobre el Huáscar, me parece que se ha convertido en algo poco original. Cuando nos dijeron que los peruanos estaríamos todos en un mismo hotel llegué a pensar, lo confieso, en que llegaríamos a arrojarnos tomatazos fratricidas. Pero la convivencia, pese a los inconvenientes como la ausencia de viáticos – lo que es de prever en este tipo de eventos, y más con todas las polémicas originadas - no pudo ser mejor. Hubo mucha solidaridad entre todos y se inició un diálogo que, ojalá, prosiga ya en nuestros territorios. Dejamos una gran impresión. Yo me felicito de haber sido parte de la delegación peruana.

- ¿Fue en Chile que te llega la noticia de estar entre los finalistas para el Premio de poesía hispanoamericana del Festival Lira?

- Eso fue al regresar. Un email de Ernesto Carrión me dio la noticia. Me honra estar junto a poetas (y amigos) de la talla de Carlos Germán Belli, Mario Campaña o Rafael Courtosie. Esperemos, ¿no? Me alegra muchísimo que una editorial peruana, como la que diriges, y una colección como la que concebimos, saque la cara por nuestro paisito. Pero creo que lo fundamental es continuar, ¿no te parece? Hay libros como los que aparecerán este año: Síncopes, de Alan Mills, Niño Dios, de Pablo Paredes, Democracia, de José Manuel Barrios, La trágica historia de la truchísima del cuarteto mexicano Tarrab-Solís-Peralta-Flores, que requieren urgentemente de un espacio, tal como ocurrió con Manicomio. Estos libros dan cuenta de que hay un nuevo mapa latinoamericano que se viene dibujando merced a estas escrituras.

* * *

NOTAS

(1) Comisión de la verdad y la Reconcilación
(2) Hidalgo, Ángel Emilio: Entrevista a Maurizio Medo. www.casa-delasiguanas.blogspot.com
(3) Fue publicado en El hábito elemental, Latino Press, Nueva York, 2004.

1 comentario:

la cueva de los pájaros dijo...

Muchas gracias Paul por la difusión, nos vemos en la Alianza.
Un abrazo.